|
Blog -
Educación
|
|
Escrito por IF...
|
|
Viernes, 03 de Febrero de 2012 18:37 |
Como profesor de Educación para la Ciudadanía este curso académico y en anteriores, no me veo seriamente afectado por el cambio de nombre de la citada asignatura. La actual Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, por mucho que se diga, no es una asignatura ideologizada y espero, sinceramente, que tampoco lo sea la futura Educación Cívica y Constitucional. Los ejes vertebradores de la materia, tal y como se imparten en la mayoría de los centros, son la explicación de los derechos humanos y la reflexión del alumno sobre temas de actualidad que les afecten de manera más o menos directa. En ningún caso tengo constancia que estas clases se transformen en una apología del aborto, la eutanasia u otros males que nos acechan, mucho más preocupantes, por supuesto, que la tasa de paro o la falta de recursos de algunos de los mismos alumnos. Esas clases podrían estar ideologizadas en la misma medida que lo puede estar una clase de Historia de España en el que un profesor explique el franquismo, pero la inmensa mayoría no lo están, ni en Ciudadanía ni en Historia de España. En primer lugar, porque los funcionarios públicos que nos dedicamos a la docencia, hoy por hoy, convivimos en una sociedad plural con modos de pensar y sentir diferentes y asumimos que nuestra labor es educativa, no ideológica. Triste figura la del profesor que no tiene nada mejor que hacer que soltar su arenga política a unos chicos deseosos de que suene el timbre liberador. Además, afortunadamente, nuestros alumnos tienen mayor capacidad crítica de la que imaginamos. No están dispuestos a escuchar un discurso político sin contradecir, sobre todo cuando tienen la posibilidad de contradecir al profesor. Y me parece bien. Así las cosas, no creo que el cambio de nombre transforme mucho la actual asignatura. Me he pasado el último mes leyendo la Constitución, explicando, sopesando su cumplimiento, debatiendo y buscando noticias relacionadas, entre otras cosas porque eso es lo que contempla el actual curriculum. El hecho de que la nueva asignatura tenga la coletilla de “Constitucional” ¿va a cambiar lo que doy en el aula? ¿Qué aporta la nueva asignatura? El otro día le pedí a un curso que explicase qué era la familia y los tipos que había. Para fomentar el debate les sugerí que eligiesen el tipo de familia que considerasen idóneo para el desarrollo de los menores. Unos optaron por una familia que cuidase con cariño al menor, otros por un matrimonio entre hombre y mujer, otros por una con mucho dinero, etc. Se expresaron opiniones diversas y yo moderé el debate. Nada más, no dije si una u otra opinión me parecía bien. Porque los padres de esos alumnos, sean de la ideología que sean, llevan a sus hijos al instituto para que yo les enseñe, no para que los adoctrine. Y ese comportamiento del profesor no es una excepción, es la norma. Por todo esto y dando por supuesto que las razones por las que se le cambia el nombre a esta materia es para satisfacer las reclamaciones de una minoría de la población (minoría muy respetable, por supuesto) y no criterios objetivos, creo que en esta asignatura se seguirá hablando de convivencia, el sistema asistencial, los derechos humanos, los derechos de minoría, la relación entre libertad y responsabilidad, etc., exactamente igual como hasta ahora. Lo que no va a seguir igual son los libros de texto. Eso seguro. Por cada leve cambio en el curriculum hay que cambiar los libros de texto, lo que va a suponer un nuevo gasto superfluo a la dañada economía de los españoles. Personalmente doy apuntes para evitar este gasto; pero eso no siempre es así. ¿Qué sentido tiene cambiar meramente el nombre de una asignatura? ¿Dar la impresión de que se ha cumplido una promesa electoral? Necia promesa sería si suponía un simple cambio de nombre. ¿A quién beneficia y perjudica, por lo tanto, esta medida? A los profesores ni una cosa ni otra, dudo que sea benéfico para el alumno un sencillo cambio de nombre aunque tampoco perjudicial. Los realmente perjudicados son los padres que el próximo año estarán obligados a comprar libros de texto “nuevos” cuya mayor innovación será poner un título ligeramente diferente en el lomo y la portada. Y, para que todo encaje, mientras que los perjudicados son los de siempre, i. e., la clase media trabajadora, ¿o debería decir ya la clase baja?, los únicos beneficiarios de esta medida son las editoriales que publican libros de texto que el próximo año harán caja inesperadamente o no. Más allá de especulaciones, es innegable que este supuesto cambio no supone la desaparición de una asignatura que trata los valores cívicos fundamentales, como nos quieren hacer creer; y sí un desembolso económico que calificaría, cuanto menos, de superfluo para la mayoría de las familias.
|
|
Última actualización el Viernes, 03 de Febrero de 2012 18:39 |
|
Análisis del actual sistema educativo -
Análisis del actual sistema educativo
|
|
Escrito por IF...
|
|
Martes, 31 de Enero de 2012 00:00 |
|
Si en un artículo anterior traté del menosprecio de las habilidades manuales en nuestro sistema educativo, en el de hoy quiero analizar ese mismo menosprecio que sufren habilidades artísticas. En un primer momento podríamos pensar que las asignaturas optativas de plástica o música que puntualmente pueden cursar los alumnos de secundaria son una prueba de que el actual sistema educativo apuesta por la diversidad curricular y, en concreto, por las enseñanzas artísticas. Un análisis más atento, sin embargo, nos muestra otro panorama en el que esas asignaturas no llegan ni al 10% del curriculum de la enseñanza secundaria obligatoria y, por si fuera poco, cuando se imparten se desarrollan en pocas horas y con materiales insuficientes. El panorama del bachillerato es clarividente: mientras que se entienden como obligatorias ciertas asignaturas como Filosofía, Ciencias para el Mundo Contemporáneo o Lengua y Literatura nadie plantea la posibilidad de que las asignaturas artísticas tengan ese importante estatus. ¿Por qué? En cierta medida la deformación artística que sufren los alumnos en nuestro actual sistema con asignaturas exiguas en horas lleva a que esos conocimientos sean vistos como anecdóticos, prescindibles y meros adornos de la “verdadera educación” que es, como ya he explicado, eminentemente intelectualista. Conociendo un poco de historia de la educación entenderemos hasta que punto la perspectiva intelectualista de nuestro actual sistema es un modo de conceptualizar la educación, particular de nuestra época. En la Grecia antigua, en el Renacimiento Europeo e incluso en la educación ilustrada pre-industrial saber tocar un instrumento era algo que toda persona formada podía hacer. Ese aprendizaje se consideraba esencial junto con otros conocimientos en artes plásticas. Hoy nos preocupa el nivel en lengua y matemáticas, asignaturas importantes sin duda, pero la formación de la sensibilidad y del gusto se deja en manos del azar. Para comprender las consecuencias de esta pérdida del gusto por el arte basta con encender el televisor unos instantes. El desprecio que sufre la enseñanza musical, por ejemplo, no solo tiene consecuencias en la formación de la sensibilidad sino que el aprendizaje en el canto, la danza o en un instrumento provee al niño, desde pequeño, de pautas de conductas disciplinadas que serán imprescindibles en la edad adulta. Si el menor aprende música desde muy pequeño lo hace casi sin darse cuenta como un juego o una exploración, pero poco a poco se percata de que para mejorar en ese divertimento necesita dedicar cada vez más tiempo, dedicación lúdica que en la edad adulta se convertirá en disciplina. En vez de esto, educamos a nuestros menores en una disciplina externa a ellos mismos, impuesta por el miedo al fracaso, pero no en una disciplina que surja espontáneamente en el placer y la curiosidad, como sería si dotásemos de mayor importancia a la educación musical en las enseñanzas infantiles y primarias. Lo anterior es aplicable al aprendizaje de otras disciplinas artísticas como la habilidad para dibujar, pintar, tallar, etc. Porque aquellos alumnos con poca inclinación hacia la música o aquellos que quieran complementar su formación musical con la plástica ¿acaso no podrían encontrar el mismo placer concentrado y atento en la realización de un dibujo que en la lectura de una partitura? Numerosos estudios avalan la influencia positiva del aprendizaje musical en las calificaciones académicas de los jóvenes; algunos de esos resultados son contundentes pero, aún así, la enseñanza musical no tiene apenas espacio en la educación primaria. Sospecho que el aprendizaje en habilidades plásticas potenciaría igualmente la inteligencia de los alumnos, pero el desconocimiento y la falta de interés en los avances didácticos en la enseñanza plástica no promueve investigaciones en este sentido. Porque ¿acaso el niño que se fija atentamente en un jarrón para reproducirlo en un papel o que mezcla colores y formas hasta obtener un resultado satisfactorio no desarrollará las habilidades de concentración y valorará el trabajo introspectivo que le permitirá adquirir otras habilidades artísticas o de cualquier otro tipo? Llegado a este punto y teniendo en cuenta que en el artículo anterior traté de la necesidad de educar a los menores en el trabajo manual no alienante, alguien puede preguntarse si es posible una educación tan plural que llegue a formar al menor en todos los campos del conocimiento. Este tema lo trataré más adelante pero es preciso evidenciar que tal y como se entiende nuestro actual modelo, en donde el aprendizaje se basa en numerosas asignaturas-estancos, una educación plural y diversificada no es posible. Es inviable hoy en día, bajo el dogma intelectualista, no lo sería, tampoco, bajo un paradigma más abierto a la diversidad de las habilidades humanas si la enseñanza mantuviese esa estructura curricular tan rígida. Aquellos que piensan que no podemos dedicar más horas a las bellas artes en la educación de los menores porque eso impediría que los alumnos aprendiesen lo “verdaderamente importante” siguen anclados en el dogma intelectualista que al ser el único paradigma educativo que conocemos es especialmente cautivador para las personalidades reaccionarias formadas en él. Los defensores del actual paradigma podrían sostener que el tiempo dedicado a las bellas artes sería tiempo sustraído a las materias academicistas, materias imprescindibles para el mantenimiento de nuestra sociedad. Bien, si alguien sabe del nivel de conocimiento de nuestros alumnos al acabar la enseñanza obligatoria, ya sea de primera mano o a través de informes como el famoso P.I.S.A., se preguntará si nuestros alumnos han aprendido realmente algo. En el actual sistema no diversificado los que no quieren aprender no aprenden porque no quieren y los que quieren no pueden porque los que no quieren lo evitan; la heterogeneidad de niveles e intereses en nuestras clases lleva aparejado que no aprendan ni unos ni otros. Cambiar esto sería fundamental y el tiempo de clase podría ser verdaderamente aprovechado en enseñar y aprender y no, como ahora, en mandar guardar silencio, rellenar partes de disciplina o repetir docenas de veces los mismos contenidos para los que andan descolgados. Si se cambia eso ¿cuantas horas de clase nos ahorraríamos? ¿qué calidad podría alcanzar la educación? ¿no habría en este sistema integral tiempo para el desarrollo de la sensibilidad? Pero el rechazo a la propuesta de valorar más la educación de la sensibilidad basado en que los conocimientos que se adquieren con esta formación no son “útiles”, falla doblemente. Falla, ante todo, porque no se plantea si todos los contenidos y materias que cursan nuestros alumnos hoy son verdaderamente útiles: muchos que estudian medicina tienen que estudiar historia y muchos que cursarán estudios superiores de historia han estudiado física en la secundaria obligatoria. Se me responderá que eso hace que el alumno adquiera cultura tanto científica como humanística, y es cierto, me parece que viviríamos en un país más pobre si un médico no supiera cuando ocurrió la guerra civil o si un historiador no supiese que la materia está compuesta de átomos; pero, cuando se dice que las bellas artes no aportan conocimientos útiles ¿por qué no aplican la misma argumentación? Ya que es evidente que formarse, verdaderamente y no con la desatención curricular con la que se hace hoy, en las bellas artes es otra forma de adquirir lo que se llama cultura tan fundamental, al menos, como formarse en filosofía, historia o cultura científica. Los que afirman que la formación artística no es de utilidad fallan porque asumen una idea muy restrictiva de la utilidad pero también porque el árbol no les permite ver el bosque. Pues aunque asumo como cierto que la mayoría de los alumnos que aprendan música o plástica no se ganarán la vida como músicos ni como artistas (lo mismo pasa con la mayoría de alumnos que aprenden matemáticas o historia, por cierto) creo, al mismo tiempo, que estas materias pueden ser medios y no solo fines, i. e., las enseñanzas artísticas no solo fomenta el aprendizaje de técnicas y disciplinas sino que permite al niño desarrollar su creatividad. El niño que desarrolla su sensibilidad en el aprendizaje artístico, se acostumbra a indagar y jugar con la forma, a confiar en su posibilidad de crear algo nuevo y, sobre todo, a ejercitar esa capacidad que nos permite encontrar algo diferente en donde otros ven lo banal. Y ahora pregunto ¿acaso esta no es una capacidad que necesiten nuestros científicos, empresarios, políticos, educadores y, en general, todo aquel que desarrolle una actividad con un mínimo de responsabilidad social? ¿No es el arte, según muchos antropólogos, la línea que separa al homínido del hombre? ¿Y esto no es así porque fomentando el arte desde nuestros más remotos orígenes hemos fomentado la creatividad, el juego y la experimentación? ¿No son estas virtudes suficientemente importantes para pensemos que su promoción propiciará un futuro mejor a nuestra sociedad? Por último, la educación artística del niño serviría para alimentar vocaciones y desarrollar individuos más plenos, que habrían crecido en el amor a la belleza, la armonía y en los que la concentración y el trabajo no serían tan distinguibles del juego y la risa como, desgraciadamente, lo son hoy. Otros artículos en los que reflexiono sobre el actual sistema eduactivo
|
|
Última actualización el Jueves, 19 de Enero de 2012 18:24 |
|
Blog -
Política y actualidad
|
|
Escrito por IF...
|
|
Jueves, 26 de Enero de 2012 00:00 |
 En su conferencia de 1919 “La política como vocación”, Max Weber analiza algunos elementos fundamentales de la vida política de su tiempo: la definición de Estado, la partidocracia, los modos de legitimación de poder, etc. Entre estos elementos imprescindibles, según el alemán, para entender la política del momento está el periodismo. Para el autor, la aparición del estado constitucional y de la democracia en Occidente conllevaron que la jefatura política del estado fuera, y sea, habitualmente detentada por un “demagogo”. Weber utiliza esta palabra sin matiz peyorativo, demagogo fueron tanto Cleón como Pericles; fueron ellos, en la asamblea, los que dirigieron al pueblo. El demagogo utiliza el discurso para convencer y guiar al pueblo, sin embargo, hoy en día, aunque se sigue usando el discurso como herramienta política, es más frecuente el uso de la palabra escrita para dirigir a la masa de seguidores. Pero ¿quién es el que escribe la palabra impresa que posteriormente moldea los actos de los seguidores de los líderes políticos (jefes de partidos)? El periodista y, en menor término, el publicista político (asesores). El periodista representaba, en el momento en el que se impartió la conferencia que comentamos, la figura más notable del demagogo, sin embargo, rara vez el demagogo-periodista se convierte en jefe de partido, como era natural anteriormente, ¿por qué? En primer lugar porque el periodista, como el abogado y el artista, pertenece a una especie de casta social “paria” que los miembros “respetables” de la sociedad considera moralmente peor. Hoy en día, sobre todo en EE.UU., la figura del abogado sigue siendo denostada; la del artista también en casi todo occidente: unos y otros adoptan, en el imaginario colectivo, modos de vida y de moralidad “distintos” cuando no peores. El periodista también y aunque quizás esa imagen no sobreviva entre nuestros tópicos sociales con tanta fuerza como a principios del XX, sigue manteniéndose un cierto desprecio, entre algunas capas de la población, hacia la figura y la profesión periodística. A pesar de esto, Weber defiende esta figura, ya que aunque se subraye en nuestra memoria la obra periodística irresponsable o complaciente con los intereses creados; la labor del periodista es un trabajo plagado de peligros, como por ejemplo la redacción por encargo, y de dificultades materiales.
“Como lo que se recuerda es, naturalmente, la obra periodística irresponsable, a causa de sus funestas consecuencias, pocas gentes saben apreciar que la responsabilidad del periodista es mucho mayor que la del sabio y que, por término medio, el sentido de la responsabilidad del periodista honrado en nada le cede al de cualquier otro intelectual. Nadie quiere creer que, por lo general, la discreción de un buen periodista es mucho mayor que la de las demás personas, y sin embargo así es.”
Weber, Max; La política como vocación; Alianza Editorial 2009, trad. Francisco Rubio Llorente; p. 118.
Además el periodista encuentra otra dificultad para llegar a ser jefe de partido y es la falta de libertad ya que al ser un trabajador remunerado que necesita trabajar para subsistir, la mayoría de los periodistas se encuentran en esta situación, su actividad como articulista tendrá que satisfacer las exigencias de sus patronos antes que las necesidades propias como intelectual. Por eso llega afirmar Weber que la influencia política que pierde paulatinamente el periodista es adquirida por los magnates de la industria editorial, el sociólogo pone el ejemplo concreto de Alfred Harmsworth, lord Northcliffe. Por estos peligros la profesión de periodista es un medio importante para llegar a la “política profesional”, aunque no para alcanzar la jefatura. El periodista puede convertirse en los estados democráticos constitucionales en un elemento activo del discurso político, aunque esa posibilidad no esté al alcance de todos y menos aún de “los caracteres débiles” (Ibíd., p. 121) ya que, los peligros internos a los que no puede sustraerse ningún periodista con amplitud de mirada y las necesidades materiales hacen complicado un trabajo periodístico que vaya más allá de repetir tópicos o que evite la eventualidad de convertirse en mera propaganda.
El análisis de Weber me resulta acertado. En tiempos como los actuales, de profunda crisis, es necesario un periodismo comprometido. Lleva siendo necesario hace mucho tiempo pero la pérdida de independencia de los periodistas, que están, muchas veces, supeditados a los partidos y a los Alfred Harmsworth actuales, ha promovido que estemos en la actual situación. No solo está en crisis la economía y los valores sino la libertad de pensamiento. Internet ha supuesto la ruptura del monopolio de la información, el articulismo, la palabra escrita (ya no impresa) parece, poco a poco, erosionar terreno al periodismo de la imagen y recuperar su antiguo papel. Si el periodista a principios del XX corría el riesgo de vender su alma al mejor postor, el periodista del XXI, convertido en bloguero, se enfrenta al ruido de la red si quiere ser escuchado e influyente. El debilitamiento de la televisión como medio de dirigir a la masa, fruto del nacimiento de otros modos de comunicación más directos pero igualmente masivos, nos lleva a una esperanzadora situación similar, pero a la inversa, a la que constató Weber: el bloguero gana cada vez más influencia como constructor de opinión en detrimento de los grandes grupos de capital que monopolizaron la construcción de la opinión pública hasta no hace mucho.
sé feliz
|
|
Última actualización el Jueves, 26 de Enero de 2012 19:27 |
|
Análisis del actual sistema educativo -
Análisis del actual sistema educativo
|
|
Escrito por IF...
|
|
Sábado, 21 de Enero de 2012 00:00 |
Creo que puedo partir de la tesis según la cual para que un individuo que desarrolla una labor sienta satisfacción en su ejecución, es preciso que la dificultad específica de ese desempeño esté adaptada, en mayor o menor grado, a las habilidades y capacidades del sujeto. En el actual sistema educativo, sin embargo, los alumnos son forzados a desarrollar unilateralmente ciertas facultades intelectuales en detrimento de otras facultades intelectuales y la mayoría, si no todas, de las facultades manuales, artísticas o morales. Esta educación parcial, por lo tanto, condena a la insatisfacción vital a buena parte de la población que no posee las capacidades o intereses que según los ideólogos educativos de nuestro sistema deben poseer todos los sujetos que integran la sociedad. Por otro lado, el hecho de que nuestra educación fomente ciertas capacidades y olvide otras, lleva a que muchos alumnos no descubran jamás una verdadera vocación o labor en donde desarrollar sus habilidades. Irónicamente, es posible que muchos estudiantes universitarios estén en esta situación: han estudiado lo que se suponía que debían estudiar, sin tener acceso a otras actividades que, quizás, les hubieran aportado mayores satisfacciones que la intelectual. Peor aún es la situación de aquellos alumnos con capacidades en ciertos ámbitos no valorados por nuestro sistema de formación, estos chicos lucharán por encontrar un lugar en la sociedad y cuando lo encuentren pueden sentirse infravalorados ya que la labor en la que muestran mayor habilidad podría ser una habilidad no académica y por lo tanto de menos valor subjetivo. La razón por la que se valora menos la mayoría de las habilidades manuales frente a las intelectuales es compleja y merece una reflexión antropológica y sociológica profunda; pero es evidente que el nulo o ínfimo espacio que tienen en nuestras escuelas e institutos de educación secundaria obligatoria las competencias propias de un carpintero, mecánico o agricultor, por ejemplo, ayuda mucho a que estas profesiones no tengan un estatus social tan privilegiado como otras que precisan de una formación más intelectual. La aspiración de la mayoría de los progenitores es que sus hijos lleguen alto dentro del sistema de formación académica intelectualista que sufrimos, la mayoría de los padres prefieren neciamente que sus hijos sean abogados en vez de carpinteros, profesores en vez de mecánicos o arquitectos en vez de agricultores. Esa cruel mentalidad, que condena a miles de jóvenes por imposición parental a estar dentro de un sistema de formación que no cumple con sus expectativas, es parte de nuestra secular estupidez, no cabe duda, pero también es explícitamente fomentado por nuestro intelectualismo pedagógico. Es triste tener que argumentar lo obvio, así que de momento me voy a eximir de explicar por qué tal mentalidad sobre lo que “deben” ser nuestros hijos es una idiotez; lo importante es subrayar que esta mentalidad y el sistema educativo que la mantiene condenan a la frustración a muchos alumnos que no ven potenciadas sus capacidades propias ni atendidos sus intereses legítimos y que son, desde muy pequeños, clasificados y orientados según su “validez” dentro de un sistema estandarizado no atento a la realidad social ni humana. También conviene sacar otra de las consecuencias de esta mentalidad y es que mientras que se incrementa el número de personas con estudios superiores, cada vez es más difícil encontrar a alguien que sepa cultivar la tierra, hacer una instalación eléctrica o reparar electrodomésticos. Esta mentalidad también fomenta, en último término, una fractura social entre los que trabajan manualmente y los que trabajan prioritariamente con el intelecto. Aún así lo anterior no es lo peor a nivel social. A nivel social este modelo educativo corta las alas a un nuevo sistema de producción en donde el pleno empleo sea una meta realista y posible y no la utopía que es a día de hoy. Efectivamente, creamos a jóvenes con títulos académicos de escaso valor y exiliamos a una masa ingente de fuerza productiva de nuestra educación. Pues es claro que aún cuando no sepamos a donde nos lleva la crisis económica, el sistema económico nuevo o reformado que sustituya al actual, valorará al trabajador especializado tanto como al que posea múltiples habilidades y quizás a este último antes que al primero, y es igualmente claro que nuestro actual sistema de educación no forma a los jóvenes ni de un modo ni de otro. Además, la desatención de la formación profesional que se produce por las razones antes aducidas, condena a ciertas áreas de producción a la subcualificación, lo que potencia el estatus social irracionalmente degradado que pesa sobre algunas profesiones o tareas. Que todo estos factores debilitan nuestro sistema productivo es algo que se concluye fácilmente de lo anterior, aunque no podemos olvidar que para el mantenimiento de muchas democracias capitalistas la existencia de amplias capas de población insatisfechas y frustradas es una necesidad vital. Es difícil imaginar que una población formada integralmente y en donde la mayoría han podido desarrollar sus habilidades específicas en libertad asista al expolio económico, asistencial y ecológico de su país con la pasividad que demuestran muchos de nuestros conciudadanos y vecinos. Pero eso es otra cuestión. Lo que me interesa aquí es mostrar que el intelectualismo que domina la educación de la siguiente generación, condena a esta misma juventud a vivir en una sociedad fracturada y con un dudoso porvenir.
Este artículo forma parte de un conjunto en el que analizo el actual sistema educativo.
|
|
Última actualización el Miércoles, 11 de Enero de 2012 19:08 |
|
Blog -
Fragmentos
|
|
Escrito por IF...
|
|
Lunes, 16 de Enero de 2012 00:00 |
|
Hoy quiero compartir con los lectores del blog un fragmento de la obra de Tito Livio en la que narra como la generosidad de un general romano puso fin a un enfrentamiento armado. He puesto en negritas en el texto aquellas reflexiones del general Camilo en donde pondera más alto el respeto a los derechos naturales entre los hombres que la victoria militar. Que existe un derecho de gentes y un derecho de guerra, parecen invenciones novedosas pero el pueblo romano se nos adelantó más de dos mil años en esa consideración. Quizás, triste es decirlo, aún estén en esto, como en tantas otras cosas, muy por delante de nosotros, que pertetramos y consentimos contínuos crímenes de lesa humanidad. ``Tenían por costumbre los faliscos encargar a una misma persona el magisterio y la custodia de sus hijos, y eran confiados muchos niños a la vez al cuidado de un solo maestro, lo cual aun en nuestros días sigue dándose en Grecia. Los hijos de los notables, como casi siempre, eran instruidos por quien parecía sobresalir por su saber. Tenía éste por costumbre, en tiempo de paz, sacar a los muchachos a jugar y hacer ejercicio fuera de la ciudad, y no habiendo interrumpido tal práctica durante la guerra, a base de tiempo los fue alejando de la puerta a distancias primero más cortas y, luego, más largas con juegos y charlas diversas; cuando se presentó la ocasión, se alejó más de lo acostumbrado y los llevó por entre los puestos de guardia enemigos y de allí al campamento romano hasta el pretorio, a presencia de Camilo. Allí su acción infame añadió unas palabras más infames aún, diciendo que entregaba Falerios en manos de los romanos, al poner en su poder a aquellos muchachos cuyos padres estaban en la ciudad al frente del gobierno. Cuando Camilo oyó esto, dijo: “Infame, tanto tú como tu oferta, no has acudido ni a un pueblo ni a un general semejante a ti. No nos unen con los faliscos las relaciones que establecen con un pacto los hombres, pero las que genera la naturaleza las hay y las habrá entre ellos y nosotros. Existe también un derecho de guerra, lo mismo que de paz, y hemos aprendido a respetarlo tan justa como valerosamente. Tenemos armas no para dirigirlas contra una edad a la que se respeta incluso en la toma de las ciudades, sino contra unos hombres armados a su vez, que sin haber recibido daño ni provocación por nuestra parte, atacaron el campamento romano en Veyos. A esos, tú los has vencido, en cuanto a ti dependía con una infamia sin precedentes; yo los venceré al estilo romano, a base de valor, trabajo y armas, como a Veyos.” A continuación, se lo entregó a los muchachos desnudo, con las manos atadas a la espalda, para que lo llevaran de nuevo a Falerios, y les dio varas para azotar al traidor mientras lo llevaban a la ciudad. Ante este espectáculo, primero se formó una aglomeración de gente, luego los magistrados convocaron al senado para tratar del extraño asunto, y los ánimos experimentaron un cambio tal de actitud que la población, que, momentos antes, presa de un odio y una cólera feroz, casi prefería un final como el de Veyos a una paz como la de Capena, pedía unánimemente la paz. La lealtad romana, la equidad del general eran comentados en el foro y en la curia; por acuerdo general, parte una embajada a presencia de Camilo al campamento y, desde allí, con el consentimiento de Camilo, hacia Roma a presencia del senado para entregar Falerios. Introducidos ante el senado hablaron, dicen, en estos términos, “Padres conscritos: vencidos por vosotros y vuestro general con una victoria que no puede provocar resentimiento de ningún dios ni de ningún hombre, nos entregamos a vosotros, convencidos, y esto es lo más hermoso para un vencedor, de que viviremos mejor bajo vuestra autoridad que bajo nuestras leyes. El desenlace de esta guerra proporciona dos saludables ejemplos al género humano: vosotros habéis preferido la lealtad en la guerra a una victoria inmediata; nosotros, movidos por vuestra lealtad, os hemos dado la victoria espontáneamente. Estamos en vuestro poder; enviada a alguien a hacerse cargo de las armas, los rehenes, la ciudad; las puertas están abiertas. Ni vosotros vais a tener queja de nuestra lealtad, ni nosotros de vuestra autoridad.” A Camilo le dieron las gracias tanto los enemigos como sus conciudadanos. A los faliscos se les exigió dinero para pagar a los soldados aquel año, a fin de que el pueblo romano quedase exento del impuesto. Ajustada la paz, el ejército volvió a Roma.´´ Tito Livio; Historia de Roma desde su fundación; Editorial Gredos 1990; traducción de José Antonio Villar Vidal; lib. V, cap. 27 sé feliz
|
|