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El desierto de los tártaros de Dino Buzzati PDF Imprimir E-mail
Blog - Libros
Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 24 de Diciembre de 2008 22:59

    El oficial Giovanni Drogo recién salido de la academia militar es destinado a la inhóspita fortaleza Bastiani, alejada de la civilización y sólo rodeada de ásperas montañas; sin embargo domina la visión de un desierto sobre el que pesa la amenaza, siempre inminente, de los tártaros. Los extraños ritos, costumbres y sueños de unos hombres exiliados de la vida común encadenan al joven oficial poco a poco y la esperanza de una batalla que nunca llega va llenando la vida de Drogo junto con monotonías acumuladas durante años de vida marcial.

    Al leer esta obra maestra me pregunté como ha sido posible ignorar esta novela durante tanto tiempo; existen obras maestras siempre a la espera de cualquier lector, que ha oído hablar de ellas y posterga su lectura de año en año pero encontrar joyas clásicas desconocidas como “El desierto de los tártaros” de Dino Buzzati (1906-1972) es un placer que me recuerda a mis primeros años de lector en donde sin saber a lo que me enfrentaba descubría a Borges o a Márquez.

    La obra de Buzzati tiene un ritmo lento pero es el ritmo preciso para la acción que narra: una vida desperdiciada, un joven que deja ir la vida, el tiempo de cada día como se deja ir el agua por el desagüe de la ducha, sin mostrar condescendencia ni cuidado. Frente a interpretaciones más profundas mi visión de la novela es la que he dicho: una narración de una vida perdida. La fortaleza con su mecánica precisa y sus sueños baldíos van atrapando a Drogo pero ¿acaso no hemos quedado atrapados nosotros también entre esperanzas muertas y seguridades paralizantes? El trabajo de toda la vida, la mujer que amaremos hasta la muerte, la ideología de la que ya no dudamos... ¿no forman aquí y ahora las fortalezas Bastianis en que nos hemos atrapado nosotros mismos?

    Al iniciar la novela uno ya sabe que Drogo será seducido por el canto de sirena del fuerte, es obvio, y esa obviedad no puede dejar de producir angustia en el lector que quería avisar al oficial, que quería decirle que queda mucha vida por vivir y que merece la pena vivirla lejos de la seguridad que domará nuestra alma... pero ¿es a Drogo a quien queremos advertir o es a nosotros mismos?

    Fuertemente influenciado por Kafka Buzzati narra también la degradación de las relaciones humanas cuando el orden riguroso, la jerarquía y la frialdad sustituyen las relaciones espontáneas de los hombres entre sí. La rígida vida en la fortaleza convierte a los hombres en engranajes ordenados de un todo cuyo fin se nos escapa, la racionalidad que impera en la fortaleza al carecer de un fin definido se torna irracionalidad... quizás sea también una correcta metáfora de la degeneración de las relaciones humanas en la sociedad tecnológica burocratizada. Pego aquí un fragmento de la obra que muestra con la parquedad de palabras propia del autor esta subordinación deshumanizante de lo humano a lo normativo.

Un centinela montaba guardia precisamente sobre la puerta de entrada. En la penumbra vio dos figuras negras que se adelantaban por la grava. Estarían a unos doscientos metros. No hizo mucho caso, pensó que sufría una alucinación; muchas veces, en los lugares desiertos, tras estar mucho tiempo a la espera, se acaba descubriendo, incluso en pleno día, perfiles humanos que se deslizan entre las matas y las rocas, se tiene la impresión de que alguien nos está espiando, y después se va a ver que no hay nadie. El centinela, para distraerse, miró a su alrededor, hizo, un ademán de saludo a un compañero, de centinela a unos treinta metros más a la derecha, se ajustó el pesado gorro que le apretaba en la frente, después volvió los ojos a la izquierda y vio al sargento primero Tronk, inmóvil, que lo miraba severamente.


El centinela se recobró, miró ante sí, vio que las dos sombras no eran un sueño, ya se encontraban próximas, estarían apenas a unos sesenta metros: un soldado y un caballo, concretamente. Entonces embrazó el fusil, preparó el gatillo para disparar, se atiesó en el gesto repetido cientos de veces en la instrucción. Después gritó:


—¿Quién va? ¿Quién va?


Lazzari era soldado desde hacía poco tiempo, ni remotamente pensaba en que sin la contraseña no habría podido volver. A lo sumo temía un castigo por haberse alejado sin permiso; aunque, quién sabe, quizá el coronel le perdonase por obra del caballo recuperado: era un animal bellísimo, un caballo de general. Sólo faltaban unos cuarenta metros. Las herraduras del cuadrúpedo resonaban en las piedras, era casi noche cerrada, se oyó un lejano sonido de corneta.

—¿Quién va? ¿Quién va? —repitió el centinela. Una vez más, y después tendría que disparar. Un repentino malestar había asaltado a Lazzari ante la primera llamada del centinela. Le parecía muy raro, ahora que se encontraba personalmente metido, oírse interpelar de ese modo por un compañero, pero se tranquilizó con el segundo «¿quién va?», porque reconoció la voz de un amigo, precisamente de su misma compañía, a quien llamaban en
confianza el Moreno.

—¡Soy yo, Lazzari! —gritó—. ¡Manda al jefe del piquete que me abra! ¡He cogido el caballo! Y que no se den cuenta, ¡porque me meten un puro!


El centinela no se movió. Con el fusil embrazado, estaba inmóvil, tratando de retrasar lo más posible el tercer «¿quién va?» Quizá Lazzari se daría cuenta por sí solo del peligro, retrocedería, quizá podría sumarse al día siguiente a la guardia del Reducto Nuevo. Pero Tronk, a pocos metros, lo miraba severamente. Tronk no decía ni una palabra. Ora miraba al centinela, ora a Lazzari, por culpa del cual probablemente le castigarían. ¿Qué significaban sus miradas? El soldado y el caballo ya no distaban más de treinta metros; esperar aún habría sido imprudente. Cuanto más se acercaba Lazzari, más fácil sería acertarle.


—¿Quién va? ¿Quién va? —gritó por tercera vez el centinela.


Y en su voz subyacía como una advertencia privada y antirreglamentaria. Quería decir: «Retrocede mientras estás a tiempo. ¿Quieres que te maten?»
Y finalmente Lazzari comprendió, recordó como en un relámpago las duras leyes de la Fortaleza, se sintió perdido. Pero en lugar de huir, quién sabe por qué, soltó las riendas del caballo y se adelantó solo, invocando con voz aguda:


—¡Soy yo, Lazzari! ¿No me ves? ¡Moreno, eh, Moreno! ¡Soy yo! Pero ¿qué haces con el fusil? ¿Estás loco, Moreno?


Pero el centinela ya no era el Moreno, era simplemente un soldado de cara adusta que ahora alzaba lentamente el fusil, apuntando a su amigo. Había apoyado el arma en el hombro y con el rabillo del ojo echó un vistazo al sargento primero, invocando silenciosamente un gesto de que lo dejara. Pero Tronk seguía inmóvil y lo miraba severamente.


Lazzari, sin volverse, retrocedió unos pasos tropezando con las piedras.
—¡Soy yo, Lazzari! —gritaba—. ¿No ves que soy yo? ¡No dispares, Moreno!


Pero el centinela ya no era el Moreno, con quien todos sus camaradas bromeaban libremente, era sólo un centinela de la Fortaleza, con uniforme de paño azul oscuro con banderola de cuero, absolutamente idéntico a todos los demás de la noche, un centinela cualquiera que había apuntado y ahora apretaba el gatillo. Sentía en los oídos un estruendo y le pareció oír la voz ronca de Tronk: «¡Apunta bien!», aunque Tronk no había resollado.


El fusil lanzó un pequeño relámpago, una minúscula nubécula de humo, incluso el disparo no pareció gran cosa en el primer momento, pero después fue multiplicado por los ecos, rebotó de muralla en muralla, se quedó mucho tiempo en el aire, muriendo en un lejano murmullo como de trueno. Ahora que había cumplido con su deber, el centinela dejó el fusil en el suelo, se asomó por el parapeto, miró hacia abajo esperando no haber acertado. Y en la oscuridad le pareció, en efecto, que Lazzari no había caído.


No, Lazzari estaba aún de pie, y el caballo se le había acercado. Después, en el silencio dejado por el disparo, se oyó su voz, y con qué desesperado sonido:


—¡Oh, Moreno! ¡Me has matado!


Eso dijo Lazzari, y se dobló lentamente hacia adelante. Tronk, con rostro impenetrable, aún no se había movido, mientras una confusión bélica se propagaba por los meandros de la Fortaleza.”

Dino Buzzati; El desierto de los tártaros; Alianza Editorial 2007, pp. 103-107
 

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Como hacer castillos de arena PDF Imprimir E-mail
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Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 24 de Diciembre de 2008 22:57

Como hacer castillos de arena se me antoja la vida. Los haces y mientras tanto eres feliz en el esfuerzo pero ¿acaso no sabes que cuando suba la marea la arena de tu castillo se desperdigará en el olvido infinito del mar? ¿acaso no sabes, mientras construyes orgulloso el torreón más alto o haces ventanitas con conchas de la playa, que construyes para la Nada?

¿Qué te impulsa a obrar si no has olvidado que la marea debe subir? ¿es el loco sueño de que cuando suba respetará tu torpe castillo de arena?

Ahora aquí, frente a mi escritorio, en esta hora en donde el día agoniza tengo miedo de que la marea haya subido ya... y yo no lo sepa... y que el castillo que construyo sólo sea una ilusión de agua salada.

 

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El peligro de los baobabs PDF Imprimir E-mail
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Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 24 de Diciembre de 2008 17:54

Desde que lo leí hace ya más de diez años me intrigó este fragmento de “El principito” de Saint-Exupéri... y durante mucho tiempo me pregunté cuál era el peligro de los baobabs. Aún hoy no estoy seguro de cual es este peligro del que nos intentaba avisar Saint-Exupéri. Quizás ya me haya convertido en una persona mayor pero, a pesar de esta contrariedad, he intentado averiguarlo mirando si en mi planeta han crecido esas malas hierbas que al principio son indistinguibles de los rosales pero que si las dejas crecer, sus raíces hacen que el planeta explote en mil pedazos.

He de confesar que a poco que lo pensé me di cuenta que inadvertidamente he dejado crecer algún baobab en mi planeta; me di cuenta a tiempo y, aunque ya había crecido bastante, con ahínco y mucho trabajo logré casi deshacerme de él... pero me temo que sus raíces están enterradas profundamente en la tierra y hayan hecho un daño irreparable a mi planeta. Así estoy ahora agobiado por los baobabs que dejé crecer y que sólo con mucha fatiga conseguí talar no hace tanto tiempo. Fui un perezoso durante demasiados años pero creo que ahora he aprendido la lección, estoy atento a los brotes que nacen en mi corazón, los miro con mucho cuidado y nunca olvido revisarlos dos o tres veces al día. Algunas veces las malas hierbas son bonitas y piensas que no importan... grabe error. Al crecer lenta e inexorablemente los baobabs no tienen corazón ¿sabías que están huecos por dentro? y acaban por romper tu vida en mil pedazos.

Yo no fui muy listo nunca, ni muy atento, ya te he dicho que fui demasiado perezoso durante algunos años pero ahora de verdad te digo que nunca olvides de deshacerte de las semillas de los baobabs nada más que las reconozcas. Si no lo haces un día te levantarás de la cama y escucharás un crujido; será tu corazón estallando por las raíces de los baobabs.

Por favor amigo, ten mucho cuidado... es sólo cuestión de disciplina.

"En efecto, en el planeta del principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Por consiguiente, de buenas semillas salían buenas hierbas y de las semillas malas, hierbas malas. Pero las semillas son invisibles; duermen en el secreto de la tierra, hasta que un buen día una de ellas tiene la fantasía de despertarse. Entonces se alarga extendiendo hacia el sol, primero tímidamente, una encantadora ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar que crezca como quiera. Pero si se trata de una mala hierba, es preciso arrancarla inmediatamente en cuanto uno ha sabido reconocerla. En el planeta del principito había semillas terribles… como las semillas del baobab. El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo hacen estallar.
"Es una cuestión de disciplina, me decía más tarde el principito. Cuando por la mañana uno termina de arreglarse, hay que hacer cuidadosamente la limpieza del planeta. Hay que dedicarse regularmente a arrancar los baobabs, cuando se les distingue de los rosales, a los cuales se parecen mucho cuando son pequeñitos. Es un trabajo muy fastidioso pero muy fácil".

Y un día me aconsejó que me dedicara a realizar un hermoso dibujo, que hiciera comprender a los niños de la tierra estas ideas. "Si alguna vez viajan, me decía, esto podrá servirles mucho. A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo que se ha de hacer; pero tratándose de baobabs, el retraso es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso que descuidó tres arbustos…"

Siguiendo las indicaciones del principito, dibujé dicho planeta. Aunque no me gusta el papel de moralista, el peligro de los baobabs es tan desconocido y los peligros que puede correr quien llegue a perderse en un asteroide son tan grandes, que no vacilo en hacer una excepción y exclamar: "¡Niños, atención a los baobabs!" Y sólo con el fin de advertir a mis amigos de estos peligros a que se exponen desde hace ya tiempo sin saberlo, es por lo que trabajé y puse tanto empeño en realizar este dibujo. La lección que con él podía dar, valía la pena. Es muy posible que alguien me pregunte por qué no hay en este libro otros dibujos tan grandiosos como el dibujo de los baobabs. La respuesta es muy sencilla: he tratado de hacerlos, pero no lo he logrado. Cuando dibujé los baobabs estaba animado por un sentimiento de urgencia."


Antoine de Saint-Exupéry; El principito
 
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Última actualización el Jueves, 25 de Diciembre de 2008 10:48
 
¿El velo islámico? PDF Imprimir E-mail
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Blog - Reflexiones
Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 24 de Diciembre de 2008 17:46

    “Pero toda mujer que ora o profetiza con la cabeza descubierta, afrenta su cabeza; porque lo mismo es que si se hubiese rapado.  Porque si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra.  Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón.  Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón,  y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón. Por lo cual la mujer debe tener señal de autoridad sobre su cabeza, por causa de los ángeles”.


    Mucha gente se pregunta el sentido del velo islámico. ¡He aquí! El velo, indica la sumisión de la mujer no sólo a Dios sino también al varón... Su estatus ontológico es inferior al del hombre y esa inferioridad en su propio ser es necesario que quede plasmada en su vestimenta. Esa plasmación es el velo sobre su cabeza. Subrayo: “Porque el varón no debe cubrirse la cabeza, pues él es imagen y gloria de Dios, pero la mujer es gloria del varón”.


    Pero ¿de dónde crees que he sacado esta cita? ¿Del Corán? No. Esta cita está sacada de un libro considerado revelado por los cristianos... y no es el Antiguo Testamento que quedó “derogado” con la venida del Cristo. Esta cita pertenece al Nuevo Testamento, 1 Corintios 11, 5-10. Pero ¿no eran los musulmanes los machistas que imponían el velo? ¿Te han contado esto en la escuela dominical? ¿Te han contado esto en los telediarios? 

    El fanatismo no está en la letra de unos libros está en los corazones que leen esos libros y en la fuerza que intenta imponer su particular interpretación de los mismos. Pretender una criminalización del Islam es tan absurda como hacer una beatificación de él, lo mismo es aplicable al cristianismo o ¿te sientes identificado con la Inquisición, las Cruzadas o con Su Santidad? Me gustan muchas partes del Corán y me gustan muchas partes de los Evangelios, hoy me quedo con una frase de estos últimos:


     “¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?  ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano. (Lc 6, 41-42)”

      Pues eso.

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El antidemócrata PDF Imprimir E-mail
Blog - Política y actualidad
Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 24 de Diciembre de 2008 08:09

En el post anterior expusimos que toda realidad política  conocida se formaba  no como una identidad que se autodefinía sino como una contra-identidad que se definía en oposición a otra identidad política que era entendida como opuesta, contraria y enemiga. En este post, dijimos, trataríamos de como este proceso de contra-identidad se manifestaba en las democracias representativas actuales.
    
En un primer momento nos puede costar creer que un sistema tan aparentemente desarrollado como es el de las democracias occidentales se construya con directrices tan rudas y primarias como las propias de las sociedades tribales pero, un análisis de nuestros más íntimos mitos nos hace ver hasta que punto esto es así. Pensemos por un instante cuál sería nuestra sensación al saber que nuestro vecino de arriba es un “antidemócrata” (concepto del enemigo por antonomasia en las sociedades del desarrollo); a no ser que hayamos sufrido un sano proceso de autodesprogramación la idea que construiremos de nuestro vecino será la de una persona totalitaria, dada a la intolerancia y eventualmente incluso violenta. Intolerancia, violencia, fanatismo, principios primitivos como el racismo o el machismo adornan a esa construcción mitológica que es el “antidemócrata”. Esta construcción mitológica del enemigo sustituye a antiguos conceptos que vimos en el post anterior como el bárbaro o el negro inculto como continente de todo mal y del que proviene todo peligro para nuestra convivencia.

 La idea “antidemócrata” es, una vez analizada, tan vacía como las que hemos citado del bárbaro, del indígena inculto, del rojo, del judeomasón etc. y llevando la comparación al plano religioso tan vacía es la idea del “antidemócrata” como la idea de Lucifer el rey de las Tinieblas, el enemigo del hombre. Estos conceptos son en realidad contraconceptos que adquieren identidad y homogeneidad solo en cuanto se oponen a lo establecido como Bueno, Bello y Verdadero pero que por si mismos no tienen sentido. ¿Qué sentido de unidad tiene el concepto “bárbaro”? Ninguno, es un cajón de sastre que engloba a todo-lo-otro pero este todo-lo-otro es completamente heterogéneo y complejo; definir a los individuos entre demócratas y antidemócratas sería tan absurdo como definir el universo en dos categorías: las cosas redondas y las que no lo son... Realmente sabemos qué es el adjetivo “redondo” pero la categoría de lo “no redondo” es tan plural y diversa que la categorización de la realidad con esa dicotomía se vuelve absurda e inoperante: un sacapuntas, un ordenador, una mano o un plátano entrarían dentro de esa absurda categoría de lo “no redondo” pero, entre si nada tienen en común sino su oposición a un rasgo arbitrariamente elegido como prioritario, en este ejemplo lo “redondo”.

Exactamente lo mismo pasa con la categoría del antidemócrata: un sujeto que entre en esta categoría puede ser desde una persona que plantee la regresión a posiciones políticas periclitadas y reaccionarias (fascismo, nazismo, estalinismo, integrismo religioso) hasta el individuo que apueste por una verdadera integración de lo humano en lo social, para lo que sería imprescindible la ruptura con la mitología democrática. El concepto antidemócrata se nos manifiesta así como la actual encarnación del mal, como el nuevo “hombre del saco” o la última versión del “coco”... que, desgraciadamente, no solo asusta a los niños. Mientras confunden los totalitarismos con la libertad las democracias posindustriales mantienen su hegemonía en la economía global acallando la disensión bajo el rótulo de lo “no democrático” ¿Hasta cuando?

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Última actualización el Miércoles, 24 de Diciembre de 2008 17:46
 
Cita con Rama PDF Imprimir E-mail
Blog - Libros
Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 24 de Diciembre de 2008 07:27

Mi primer acercamiento a la obra de Arthur Clarke fue bastante fallido de mano de “2001 una odisea en el espacio” pero la reciente muerte del autor y los comentarios elogiosos sobre dos de sus libros me han animado y me he vuelto a acercar a la literatura de ciencia ficción que tantas tarde ocupó de mi adolescencia.

El libro “Cita con Rama” no es una obra filosófica ni explora los entresijos de la naturaleza humana ni nada por el estilo, pertenece a ese tipo de libros que están hechos para hipnotizar la atención del lector y estimular su imaginación; sobra decir que consigue ambos objetivos sobradamente.

A mediados del siglo XXII un asteroide aparece en los telescopios de la Tierra, parece que se acerca a una velocidad y con unas propiedades inusitadas. Miles de hipótesis se construyen para encontrar una explicación y se le da un nombre: Rama. El nuevo asteroide, de cincuenta kilómetros de largo y veinte de alto, guarda una sorpresa: es una inmensa nave espacial que rota sobre sí misma para crear dentro de ella la sensación de gravedad. A partir del momento en que se descubre que Rama es una construcción artificial la acción se precipita vertiginosamente: dentro de Rama el comandante Norton inicia la exploración de la nave alienígena; y en la Luna y Mercurio tiene lugar la toma de decisiones arriesgadas y los debates burocráticos sobre como actuar en relación a la nave extrasolar.

El miedo a lo desconocido, el afán de descubrir algo nuevo o los peligros constantes son los hilos conductores de esta extraordinaria novela de ciencia ficción que recrea una sociedad y unas situaciones insospechadas a la vez que perfectamente creíbles.


Recomendable para aquellos aficionados a la ciencia ficción, la aventura o la literatura formalmente poco exigente pero nutritiva para la imaginación.

Última actualización el Jueves, 25 de Diciembre de 2008 10:47
 
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