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Confesiones de un andaluz fumador de marihuana (II) PDF Imprimir E-mail
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Blog - Reflexiones
Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 03 de Marzo de 2010 00:00
    Contexto del consumo:    
    Es sábado 9 de enero del 2010 cuando tomo el primer cigarrillo de marihuana. Son las 18:55 aproximadamente. He comido copiosamente para evitar efectos excesivos o un mal viaje. Tomo un primer cigarrillo de solo marihuana muy corto y fino. La variedad es Indica Afghani y los cogollos tenían un grado alto de maduración, es fruto de mi propio autocultivo. De fondo escucho el disco Songbird de Eva Cassidy y, más tarde, una recopilación de La Monja Enana, jazz y tecnopop respectivamente. Mi último consumo de marihuana fue el 29 de noviembre del 2009.

    Descripción de los efectos alteradores de la conciencia ordinaria:    
    El cigarrillo se me apaga en las primeras tomas, para evitar el continuo apagado lo fumo con rapidez, quizás excesiva. Me hace toser mucho, la marihuana me rasca la garganta y tiene un sabor fuerte aunque no desagradable.
    A los pocos minutos siento adormecimiento e hipersensibilidad en las manos. Poco después, tumbado, tengo una sensación de total placidez. Siento como me disuelvo como una aspirina, una paz absoluta domina todo mi cuerpo. Me disuelvo en colores rojos, amarillos y naranjas de tonos pasteles. La sensación de paz y felicidad es indescriptible.
    Tras este shock maravilloso,  que no sé cuanto dura pero no más de diez minútos, empiezo a escribir en el cuaderno para narrar mis experiencias y llevar cierto control de la hora que es. La música que escucho la dibujo con las manos, es como si la melodía saliese de mis dedos. La primera media hora casi se pierde en esta sensación de placidez musical. Escribo y dejo de escribir intermitentemente. A las 19:30 empiezo a escribir-dibujar con mayor coherencia. El olor es grato, llega y va durante toda la experiencia.
    Los procesos de pensamiento se suceden, parecen que pugnan en mi mente para abrirse paso pero la lucha es dulce, fluyen sin violencia. Río bastante. Parezco capaz de verme a mi mismo desde fuera, me veo tumbado sonriendo bobalicón, eso me resulta gracioso y me río.
    Desdoblo mi personalidad. Hay un yo que se aferra a la lucidez y otro que quiere dejarse llevar. Es una danza de personalidades no una lucha. Al escribir mi yo lúcido toma el control aunque el otro yo se manifiesta con frecuencia en esa pugna.
    Me cuesta mantener la verticalidad cuando voy al baño. Sin embargo, voy a orinar sin tropezar ni sentir dificultad. Bebo copiosamente, llega una sed intensa. Mis ojos están algo enrojecidos.
    El gorro de lana que llevo me aprieta, adquiere mucha sensibilidad en la cabeza. Aún así me lo quito. La presión del gorro no es dolorosa.
    El control moral de mis actos lo percibo como absoluto. Persiste cierta discreción por parte de mi yo lúcido pero el yo loco se impone y escribe sobre sus sentimientos de modo muy explícito. Un motivo recurrente de mis estados anímicos son mis diferentes afectos; los sentimientos de amor sexual son bellos y no tienen ningún tinte obsceno, aunque sí erótico.
    Siento frío en el tórax y el brazo izquierdo. Esta sensación física la convierto en motivo de teorización y concluyo que una parte de mi yo se siente oprimida y lo manifiesta con este frío. Creo que es mi parte racional, pero después desdeño esta idea.
    A las 20:00 empiezo a rememorar la experiencia del shock de los primeros instantes y escribo sobre ella. Escribo retrospectivamente sobre mis experiencias desde el inicio del consumo.
    Siento que se me pasan los efectos y me comprometo (mi “yo lúcido”) a no fumar otro cigarrillo más. Al poco de comprometerme me termino el tercio del cigarrillo que me quedaba, entiendo que será lo último que fume ese día.
    Escribo “esas chispitas son las que me hacen reír” pero no recuerdo ver luminiscencias.
    Vuelvo al baño y mordisqueo una manzana. Intento focalizar mi visión en la fruta pero eso no produce ninguna percepción reseñable.
    A las 20:30, mientras escribo siento el tiempo ralentizado, en la siguiente frase, no obstante, lo siento acelerarse. No siento ninguna angustia, todo es paz pero siento que he perdido la capacidad de iniciativa. Tengo una leve irritación en los ojos.
    Tengo otra visión con los ojos cerrados. Veo a una niña en el suelo jugando. No sé donde está, de repente alza la vista y me mira; entonces sé que es nuestra hija (no tengo ni hija ni pareja siquiera). Escribo que la manzana que tomo está deliciosa.
    Tengo la duda de si espero a que suenen las 21:00 o las 21:30. Eso me hace reír y sentirme deliciosamente frágil. Aún toso algo por la irritación.
    Pienso lúcidamente que el cuaderno influye en mis sensaciones y llego a la conclusión de que instalar un vídeo estaría muy bien para observar mis movimientos. Por primera vez siento cansancio, vuelve la sed.
    Los ojos me pesan. Escribo “la luz contra el pudor”. Mis manos no tocan sino que acarician y todas las cosas me acarician a mi.
    A las 21:00 el cansancio se hace muy intenso pero lucho contra él. No quiero dormir y parar el enorme placer que siento. Me entra hambre. El chocolate se disuelve en mi boca, no es un deleite que se pueda describir. Es lo más dulce que he tomado nunca. Cojo jamón y pan que se me muestran como manjares de dioses, el pan tiene un tacto arenoso en la boca pero no es desagradable. Es maravilloso el sabor. Al beber agua siento el volumen del líquido en mi lengua, es denso y frío, muy agradable.
    A las 21:30 sigo comiendo y decido ver un capítulo de Bob Esponja. Invierto mucho tiempo en comer. Voy a la cocina a por soja para ver los dibujos animados.
    A las 22:00 empiezo a ver el capítulo 2x03 de Bob Esponja “El gran fracaso rosa. El amigo Pompa”. Los efectos son ahora más suaves. Me río mucho, siento el dramatismo de la acción pero no pierdo el hilo. Es un capítulo que me hace reír y pensar al mismo tiempo. Escribo en el cuaderno cosas inconexas sobre la acción del capítulo. Al terminar de ver el vídeo siento que el hambre ya se me ha pasado.
    A las 22:30 vuelvo a ver el capítulo otra vez. Descubro que la primera vez lo entendí y lo memoricé con acierto.
    Me lío otro cigarrillo con mucho tabaco y algo de la misma marihuana que el primero. Vuelve la sed.
    Sigo la música con la danza de mis manos que muevo al ritmo de las canciones de La Monja Enana, que acabo de poner en el reproductor. Las letras me resultan de una profundidad inesperada.
    Empiezo a estar muy cansado. Parece que el cansancio atenúe los efectos de la droga que ya son débiles. El sentido del tacto sigue muy desarrollado.
    Desde las 23:30 a las 00:30 escucho música y danzo con las manos. Apenas escribo. Existe una laguna temporal. ¿Me dormí? Quizás dormito pero he escuchado claramente las campanadas de las 23:30, las 00:00 y las 00:30.
    Aproximadamente a las 01:00 me meto en la cama y duermo plácidamente. Me despierto por la noche en ocasiones excitado por la suavidad de las sábanas en la piel y me río. Vuelvo en esos leves instantes a la dicha extrema.
    Por la mañana persiste el estado de felicidad. Los ojos están irritados y la garganta carraspea. Me río de cualquier cosa. La memoria me falla pero en pequeñas cosas, a lo largo del día la memoria a corto plazo (los “pequeños olvidos”) se recupera.
    La próxima experiencia será con una planta híbrida Ice Kush. Espero con ansiedad la semana que decido dejar entre experiencia y experiencia. Siento un leve temor a la adicción, la felicidad que me proporciona la marihuana es extrema, sin embargo, durante la semana no siento ninguna fuerte tentación de volver a fumar.
 
Marxista o marxiano PDF Imprimir E-mail
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Blog - Píldoras de Filosofía
Escrito por FulgencioRobledero   
Viernes, 26 de Febrero de 2010 00:00

           

Leyendo a Marx el año pasado me encontré con la palabra “marxiano” en la bibliografía secundaria sobre autor. En un principio entendí que era una especie de sinónimo cultureta de marxista. Cuando encontré en alguna obra el uso de marxista y marxiano en el mismo texto, comprendí lo desacertado de mi hipótesis y me puse a investigar el significado de ambos términos. Para mi sorpresa no existe uniformidad en español para la definición de estos conceptos, así que expondré aquí los tres modos más usuales de definir estos términos.

           1. La interpretación más “oficial” de estos conceptos viene a decir que marxiano se refiere a las conclusiones e ideas que Marx expresa en sus obras, mientras que marxista serían las teorías derivadas por otros autores que se consideran dentro de la tradición ideológica iniciada por el autor alemán. Autores tan dispares como Lenin o Marcuse serían considerados marxistas. El problema de esta definición es que algunas obras Marx las escribió conjuntamente con Engels por lo que distinguir los conceptos puramentes marxianos de los de Engels sería una labor compleja cuando se tratase en detalle.

        Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=39201

            2. Otra interpretación, considera que marxiano es el autor que asume algunos presupuestos teóricos de Marx sin asumir la praxis política ni, mucho menos, la militancia comunista. Por ejemplo, podemos estar de acuerdo con la teoría de la plusvalía pero considerar que el sistema capitalista es un sistema correcto y justo. Por contra, el marxista no solo asume la teoría sino también las conclusiones prácticas de la filosofía de Marx.
        
        Fuente: http://www.egelforum.net/forum/cronicas-marxianas-169/65570-marxiano-y-marxista.html


        3. La última interpretación es la menos intelectual y, precisamente por ello, la más popular para ciertas personas. Marxista sería aquellas teorías, ideologías y prácticas políticas que derivan de Karl Marx y sus sucesores, mientras que marxiano haría referencia a la obra cinematográfica y escrita de los hermanos Marx.


         En cualquier caso, para el uso habitual creo que la palabra marxista es suficiente, aunque a un nivel más técnico sí podamos necesitar el concepto marxiano cuando se puede inducir a confusión.

sé feliz

 
"Es mejor ser temido que amado" PDF Imprimir E-mail
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Blog - Píldoras de Filosofía
Escrito por FulgencioRobledero   
Domingo, 21 de Febrero de 2010 00:00

    Esta frase es una de las más famosas de Maquiavelo quien en el capítulo XVII de “El príncipe” dice:

    “De aquí surge una controversia: si es mejor ser amado que temido o viceversa. Se contesta que correspondería ser lo uno y lo otro, pero como resulta difícil combinar ambas cosas, es mucho más seguro ser temido que amado.” [traducción de Roberto Raschella para la editorial Losada]

    Maquiavelo empieza este capítulo de “El príncipe” diciendo que todo príncipe debe aparecer, que es diferente a ser, clemente ante sus súbditos, aunque sin olvidar prevenirse contra los usos torcidos de esta clemencia; en ocasiones, la crueldad del príncipe salva el reino mientras que la clemencia puede fomentar sediciones y desprecio hacia el poder. Por eso afirma Maquiavelo que un exceso de clemencia, a veces, fomenta más sufrimiento para el pueblo y el príncipe que la crueldad desnuda. Por esta razón, cuando se trate de mantener la unidad y lealtad del reino el príncipe no debe preocuparse por ser tachado de cruel, ya que haciendo un buen uso de la crueldad hacia los líderes sediciosos o los que los apoyan evitará una mayor crueldad como son la continuidad de luchas intestinas, desórdenes y rapiña. Los príncipes nuevos, por la debilidad de su posición, no pueden escapar a la fama de crueles si quieren conservar sus reinos.
    La crueldad, no obstante, no debe carecer de prudencia. Si el príncipe alimenta temores imaginarios o procede con brutalidad su poder se vuelve intolerable y el mismo príncipe fomenta la rebelión con su conducta inhumana.
    Aunque lo deseable es que el príncipe sea amado y temido, que estos dos sentimientos vayan unidos no es fácil. Por esta razón el príncipe debe procurar primero ser amado y temido, porque el temor no se opone al amor sino al desprecio, pero si esto no es posible debe intentar ser antes temido que amado. Esto es así porque los hombres son volubles: si les beneficias te amarán y cuando no necesites nada te lo ofrecerán todo; cuando no puedas beneficiarles y necesites su apoyo, no te conocerán. Porque los hombres son fieles en la abundancia y egoístas en la necesidad. Los hombres son perversos y rompen fácilmente los vínculos de gratitud, sin embargo el miedo al castigo nunca los abandona del todo.
    Como ya dije, para Maquiavelo no son lo mismo temor y odio. De hecho, si el príncipe no puede ser amado y temido al mismo tiempo, debe intentar, al menos, ser temido pero no odiado. Se fomenta el odio actuando de manera despótica, ejecutando sin justificación, robando las mujeres ajenas y rapiñando la riqueza de los súbditos. Recordamos que para Maquiavelo el odio es el semillero de rebeliones, por lo que el príncipe para evitarlas debe actuar lo más humanitariamente posible sabiendo, también, mostrar firmeza y crueldad en los momentos precisos y puntuales.
    En las operaciones militares, dice Maquiavelo, el príncipe no debe temer la fama de cruel. El miedo a la muerte en la batalla acompaña a la tropa, solo el temor al príncipe puede compensar ese temor y hacerlo fiel.
    En definitiva:

    “como los hombres aman según su voluntad y temen según la voluntad del príncipe, un príncipe prudente debe apoyarse en lo que es suyo y no en lo que es de otro.” [trad. cit.]

    Admiro el pensamiento del florentino como crítica del poder político, expone las miserias de los poderosos con una sinceridad clarividente. Algunos han usado la idea “es mejor ser temido que amado” como clave para las relaciones de poder interpersonales como las de jefe-subordinados o profesor-alumnos. A un nivel político los tiranos se han guiado por la máxima maquiavélica, sin embargo, en las relaciones interpersonales cara-a-cara el temor puede ser fácilmente conjurado por la relación humana directa. El jefe “cruel” no es un príncipe, es cercano a nosotros y conocemos sus faltas; en una empresa, el trabajo en equipo aguijoneado por el miedo no es tan productivo como el trabajo basado en tácticas de cooperación. Es cierto también que en las relaciones cara-a-cara el temor deshumaniza las relaciones, convierte al otro en un extraño, en una competencia e, incluso, en un enemigo; a nivel psicológico, este tipo de relación es frustrante pues los sentimientos de mutuo reconocimiento humano quedan adormecidos cuando no anulados.
    En definitiva, aunque la táctica de que es mejor ser temido que amado puede ser productiva a un nivel político, en las relaciones cara-a-cara suele ser estéril. Un padre que trate con el temor a su hijo pierde la posibilidad de relacionarse con su vástago de otra manera que no sea la sumisión. Evidentemente, el temor siempre va a persistir y así debe de ser en casi toda relación interpersonal, pero la centralidad que le otorga Maquiavelo en lo político no tiene porque ser extrapolable a lo ético.

sé feliz

Última actualización el Domingo, 21 de Febrero de 2010 09:04
 
Memorias del Ogro PDF Imprimir E-mail
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Escrito por FulgencioRobledero   
Lunes, 15 de Febrero de 2010 00:00

          Llevaba algún tiempo pensando en escribir un libro que analizase las motivaciones de la crueldad humana, no me bastaba un análisis distante, aséptico y descriptivo, quería ver más cerca lo más turbio del alma de un hombre. Fruto de ese deseo he escrito este librillo, que en formato PDF dejo para uso público bajo una licencia libre. En el un pretendido Ogro narra la manera de atrapar a las víctimas de su crueldad, como someterlas, adularlas y mantenerlas con vida todo el tiempo posible antes del golpe final. En un cuento de miedo pero tan real que a cada segundo una legión de ogros rien y suspiran a cada momento en nuestras ciudades, trabajos y hogares. No es una amenaza para tomarse a la ligera, algunos viven dentro de nosotros. Salud.

 LINK ::::::: Memorias del Ogro por Fulgencio Robledero

          "Este libro pretende ser una reflexión sobre la crueldad del hombre. El deseo de dominar a otros, renunciando a los naturales vínculos de fraternidad que unen a los hombres, en favor de la opresión, ha sido, hasta hoy, el sueño de algunos. Ni de todos, ni de muchos, solo de algunos. Esta raza ha sembrado la tiranía a su paso desde el inicio de los tiempos. Gengis Kan, A. Hitler, Dionisio, Artajerjes, G. W. Bush o Julio Cesar eran movidos por los mismos sueños que alientan al matón del colegio, al acosador del trabajo, al maltratador de su pareja... la voluntad de someter a otros hombres, la incapacidad de verlos como iguales. De ellos trata este libro, de esa raza de ogros que como hombres viven entre nosotros. Ríen, comen, hablan como nosotros pero no sienten nada; un viento helado sopla en el hueco que tienen por alma y a eso lo llaman sentir, como enormes escarabajos antropomorfos pululan nuestras calles, nuestras ciudades y nuestras vidas en definitiva. Pobres diablos que llevan el infierno en la yema de cada uno de sus dedos, y en cada una de sus palabras y lo extienden por doquier como un olor nauseabundo.
    De ellos trata este libro, que es una advertencia, un cuento de terror con final feliz o un empujón a una puerta que se resiste a abrirse."

Fragmento de "Memorias del Ogro"

Última actualización el Lunes, 15 de Febrero de 2010 19:38
 
Modos de legitimación de los universos simbólicos PDF Imprimir E-mail
Blog - Política y actualidad
Escrito por FulgencioRobledero   
Jueves, 11 de Febrero de 2010 00:00
    En la obra, ya clásica, de Peter Berger y Thomas Luckmann La construcción social de la realidad, se reflexiona sobre como se genera la realidad como construcción de pautas y símbolos dentro de la interacción social. En el artículo de hoy me voy a detener en como los universos simbólicos se legitiman en la sociedad.
    Por universo simbólico los autores entienden una estructura de significados que intentan explicar por qué el mundo es tal como es y no conviene que sea de otro modo. Como ellos mismos reconocen su concepto de universo simbólico se acerca al de “religión” de Durkheim. Los universos simbólicos dotan a la realidad socialmente construida de legitimidad; por ejemplo, los roles hombre-mujer, cazador-aprendiz, padre-hijo, que han surgido en la interacción social tal cual, son “justificados” por un universo simbólico que los dota de necesidad. Se entiende como, por ejemplo, el rol de la mujer en las sociedades patriarcales queda legitimado por explicaciones simbólicas del tipo del mito de Adán y Eva o de la caja de Pandora. Estos mitos, a su vez, se integran en un sistema de símbolos que pretenden explicar no solo los roles hombre-mujer sino todo los demás roles y patrones de conducta socialmente aceptados como válidos.
    El universo simbólico legitima la realidad social admitida, es una legitimación de primer orden; sin embargo, puede ocurrir que surjan legitimaciones de segundo orden cuando ese mismo universo simbólico precise ser legitimado. Solo es posible que nazca esa necesidad de legitimar el universo simbólico cuando este se ha explicitado en un sistema ordenado y jerarquizado. En un momento de su desarrollo este universo simbólico ordenado se vuelve problemático, la cuestión a tratar es por qué los universos simbólicos son problemáticos.
    La simple necesidad de trasmisión que tiene todo universo simbólico lo convierte en problematizable. La trasmisión nunca es del todo fidedigna ya que la socialización del individuo nunca es completa, o, dicho con otras palabras, los hombres no estamos construidos por moldes, por lo que cada uno estará dotado de rasgos idiosincráticos que influyan en el modo en como conciben en universo simbólico y, por lo tanto, en el modo en como lo trasmitan. Si este problema se acentúa puede llegar a crearse un grupo dentro de la sociedad que tenga un versión diferente del universo simbólico hegemónico. Si se piensa en el nacimiento de todas las religiones o los movimientos políticos, vemos que se ajustan a este patrón: la trasmisión del universo simbólico hegemónico se degrada en trasmisiones sucesivas hasta que un grupo dentro de la sociedad llega a vivir en un universo simbólico diferente al que el grueso de la sociedad considera el “auténtico”.
    Los “grupos de herejes” son un peligro para el universo simbólico pero también, y sobre todo, para el orden social e institucional que esos universos simbólicos hegemónicos legitiman.
    Los primeros motores por los que los universo simbólicos se han legitimado han sido, precisamente, las herejías. El universo simbólico dominante se ve amenazado y como reacción busca una autoexplicación y una teorización de los errores de los herejes.
    Otra amenaza para los universos simbólicos son el contacto con otras culturas con otros universos simbólicos diferentes. Este contacto es un grave riesgo para los universos simbólicos de ambas culturas, ya que la simple existencia de otro universo simbólico demuestra que el nuestro no es el inevitable. Defender nuestro universo simbólico frente al otro precisa de un mecanismo argumentativo sofisticado, sin embargo, en la historia de los contactos con otras culturas las defensas de los universos simbólicos se han realizado con el ejercicio de la fuerza. Los españoles, por ejemplo, no discutieron teológicamente con los nativos de Sudamérica sino que el “triunfo” de la fe católica se produjo gracias a la fuerza militar.
    El primer intento de legitimar los universos simbólicos es la mitología. Con ella se pretende ordenar las diferentes narraciones en un orden que se interrelaciona. Cuando las mitologías se hacen más y más complejas y abstractas nacen las teologías; la teología se diferencia de la mitología por su mayor grado de sistematización teórica. Además la teología es una disciplina que pertenece a una élite de teorizadores; mientras que la mitología es conocido por todo el cuerpo social, la teología distingue entre el profano y el especialista. Esta distinción entre profano y élite teorizadora la comparte la teología con otros sistemas de legitimación de universos simbólicos como pueden ser la filosofía o la ciencia.
    Además de legitimación de segundo orden, el cuerpo social necesita de procedimientos que permitan minimizar el daño que le hace la herejía a su universo simbólico particular. Para esto se estructura un elenco de herejías y diversos modos de exorcismo. El hecho de teorizar sobre estas herejías es ya un modo de legitimar el propio universo simbólico. Con la terapia el sistema legitimador controla y trata las desviaciones, eventualmente curándolas.
    Mientras que la terapia pretende curar las desviaciones para asumirlas dentro del cuerpo social,  el otro sistema de defensa contra las desviaciones, la aniquilación, pretende la anulación y liquidar la amenaza hasta situarla fuera de la sociedad. La aniquilación suele anular ontológicamente la desviación: el desviado es un bárbaro, un animal, un loco, etc; esta anulación ontológica de la diferencia puede derivar, lógicamente, a una anulación literal del desviado.
    Considero el análisis de los autores interesante. Si analizamos el capitalismo, la ciencia o la salud mental como universos simbólicos amenazados que precisan legitimación, observamos con facilidad innumerables paralelismos entre la actualidad y el análisis sociológico que hoy expongo.


    
Última actualización el Viernes, 08 de Enero de 2010 22:33
 
La carretera de Cormac McCarthy PDF Imprimir E-mail
Blog - Libros
Escrito por FulgencioRobledero   
Sábado, 06 de Febrero de 2010 00:00
   La carretera de Cormac McCarthy es un libro duro pero también de un crudo lirismo. Un padre y un hijo pululan por un mundo devastado, en el que una densa capa de nubes impide la llegada de la luz del sol a la tierra. Para sobrevivir solo pueden saquear almacenes y casas abandonadas y huir continuamente de otros hombres que en su lucha por la supervivencia cazan a otras personas para devorarlas. La carretera guía los pasos de padre e hijo y los conduce a bosques destrozados por las llamas, pequeños pueblos saqueados y páramos helados en su recorrido hacia el mar.

    Aunque la novela solo cuenta con dos personajes principales y la acción parece difícil en un mundo apocalíptico, McCarthy consigue atraparnos en la lectura de esta breve novela: las vicisitudes de los personajes, el amor incondicional del padre hacia su hijo, el horror descarnado de hombres convertidos en lobos para otros hombres, subyugan nuestra atención y nos lleva de página a página hasta el final del libro. En cualquier momento, desde la primera hasta la última página, parece que la tragedia va a descargar sobre los protagonistas en cualquier instante, y esa tensión dramática también hace que la lectura del libro resulte adictiva.

    De un modo maestro McCarthy nos engaña sobre el final (no voy a hacer spoiler), el desarrollo de la novela parece marcar claramente un final, pero el autor nos sorprende con otro inesperado pero creíble.

    “La carretera” nos permite reflexionar sobre la fragilidad de nuestra civilización, esclava de las redes de distribución de alimentos y de la especialización. Si un horror como el que narra el libro ocurriera, la muerte sería el destino de la mayoría de nosotros. Pero a pesar de la desolación que trasmite, la novela también es una oda a la necesidad de conservar principios en las situaciones más desesperadas y en la urgencia de los afectos sinceros para sobrevivir.

    Vivaquearon en el bosque demasiado cerca de la carretera para su gusto. Tuvo que arrastrar el carrito mientras el chico lo guiaba desde atrás y encendieron fuego para que el viejo se calentara aunque eso tampoco le gustó demasiado. Comieron y el viejo se quedó allí sentado envuelto en su solitaria colcha y asiendo la cuchara como un niño. Solo tenían dos tazas y se bebió el café en el mismo tazón que había usado para comer, los pulgares montados sobre el borde. Sentado como un buda famélico y roñoso, la mirada fija en las brasas.
No puede venir con nosotros, ¿sabe?, dijo el hombre.
El viejo asintió.
¿Cuánto tiempo ha estado en la carretera?
Siempre estuve en la carretera. No te puedes quedar en un solo sitio.
¿Y cómo vive?
Voy tirando. Sabía que esto iba a pasar.
¿Sabía que iba a pasar?
Sí. Esto o algo parecido. Siempre creí en ello.
¿Intentó prepararse?
No. ¿Qué se podía hacer?
No lo sé.
La gente siempre se afanaba para el día de mañana. Yo no creía en eso. Al mañana le traía sin cuidado. Ni siquiera sabía que la gente estaba ahí.
Imagino que no.
Aunque supieras qué hacer luego no sabrías qué hacer. No sabrías si querías hacerlo o no. ¿Y si no quedaba nadie más que tú? ¿Y si te hacías eso a ti mismo?
¿Usted desearía morir?
No. Pero quizá desearía haber muerto entonces. Cuando estás vivo siempre tienes la muerte ahí delante.
O quizá desearía no haber nacido nunca.
Bueno. Un mendigo no puede elegir.
Piensa que eso sería pedir demasiado.
Lo hecho hecho está. Además, es estúpido pedir lujos en tiempos como estos.
Tiene razón.
Nadie quiere estar aquí y nadie quiere marcharse. Levantó la cabeza y miró al chico que estaba al otro lado del fuego. Luego miró al hombre. A la luz de la lumbre el hombre vio que sus ojillos le observaban. Sabe Dios qué vieron aquellos ojos. Se levantó para echar más leña al fuego y apartó los rescoldos de las hojas secas. Las chispas ascendieron en roja sacudida y murieron más arriba en la negrura. El viejo apuró su café y dejó el tazón delante de él y se inclinó con las palmas de las manos hacia el calor. El hombre le observó. ¿Cómo lo sabría si fuese el último hombre sobre la Tierra?, dijo.
No creo que pudiera saberlo. Lo sería y ya está.
Nadie lo sabría.
Eso no tendría ninguna importancia. Cuando mueres es como si todo el mundo se muriera también.
Supongo que Dios sí lo sabría, ¿no?
Dios no existe.
¿No?
Dios no existe y nosotros somos sus profetas.


Cormac McCarthy; La carretera; Circulo de Lectores 2007 pp. 141-142

 
Confesiones de un andaluz fumador de marihuana ( I ) PDF Imprimir E-mail
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Blog - Reflexiones
Escrito por FulgencioRobledero   
Lunes, 01 de Febrero de 2010 00:00

    Introducción:

    Este artículo abre una serie de textos dedicados a recoger mis experiencias en el consumo de marihuana. Estos textos no pretenden ser una apología de las sustancias psicoactivas ni un alegato en contra de su uso. Las sustancias y técnicas alteradoras de nuestra conciencia ordinaria han acompañado a la humanidad desde sus inicios y todo hace pensar que nos acompañarán hasta nuestro fin. Vivimos bajo una realidad que creemos dada como autoevidente, pero esa realidad no es más que un modo de percibir el mundo, modo creado por la sociedad y por nuestras aptitudes biológicas. Otras realidades conviven con la realidad cotidiana en nuestra mente, a veces negando la cotidianidad y, en otras ocasiones, yuxtaponiéndose a ella. El valor de objetividad de lo real es una mera ficción, un burdo engaño que nuestra limitada conciencia cotidiana nos impone para que nos aferremos a ella, no hay tal objetividad. Inquisidores, psiquiatras y gerifaltes varios se han autoproclamado garantes y defensores de esa objetividad a despecho de las evidencias. Los sueños, los éxtasis y otros estados de conciencia no ordinarios se imponen como realidades autónomas que a veces penetran en nuestra realidad cotidiana para enriquecerla o para destruirla, en algunas ocasiones esas experiencias pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, sin dejar rastro apreciable. Esos demonios y ángeles puede que no vivan más allá de nuestro corazón, pero su imperio es tan real como el timbre de la sirena que marca el fin de nuestra jornada laboral o el relámpago que ilumina la oscuridad de la noche. Como un experimento filosófico que pretende ir más allá de la realidad normalizada debe ser entendido esta serie de artículos. Si para el lector resultan ser una invitación al consumo de sustancias psicoactivas o una advertencia en contra de su uso es algo que escapa de mi intención.

    Contexto del consumo:


    Tras doce años sin consumir hachís, en este primer retorno al consumo fumo varias caladas de un primer cigarrillo ligado con marihuana y tabaco y varias caladas más intensas de un segundo cigarrillo liado únicamente con marihuana. La sustancia me es proporcionada por un compañero, desconozco la variedad de la planta y su grado de maduración. La experiencia se realiza inmediatamente después del consumo de una copa generosa de ron con lima. Estoy rodeado de cinco compañeros y tres compañeras. Es media noche y he tomado una copiosa cena. Es sábado 29 de noviembre del 2009.

    Descripción de los efectos alteradores de la conciencia ordinaria:


    Al poco rato de haber dado la última calada al segundo cigarrillo siento una maravillosa sensación en mis hombros. Es mi rebeca y mi camiseta interior que se posan sobre mis hombros como si me acariciasen, mi sentido del tacto parece muy excitado. Aunque hablo de caricia la sensación no tiene nada de sexual, es simplemente que el tacto de mi ropa sobre los hombros adquiere una centralidad casi total sobre el resto de mis sensaciones, y es una sensación muy dulce. Soy plenamente consciente de este cambio en mi percepción y de que es fruto del consumo de la droga. Miro mi mano y al mirarla la percibo como si estuviera viendo una película de tres dimensiones: los trazos están muy definidos sin llegar a ser luminosos. Al mirar mi mano lo que hay tras ella se difumina como fondo. De igual manera que sentía mi tacto concentrando la consciencia en mis hombros, ahora siento mi visión y mi mano como centro total de mi actividad perceptiva. Tras estos primeros efectos pierdo la noción del tiempo.
    Lo siguiente que siento e
s como las conversaciones de mis compañeros se entrelazan como si fuera música, todos hablan a su debido tiempo e incluso cuando las conversaciones se yuxtaponen lo hacen de manera armoniosa y bella. Me siento como si dirigiera una orquesta en donde la charla y la música de Antony & the Johnsons, que he puesto en el equipo, fueran diferentes instrumentos. Evidentemente sé que el ritmo de la charla y el jazz no dependen de mi voluntad pero juego con esa idea y me sobrevienen momentos de euforia que externalizo con risas y carcajadas. Un fenómeno sumamente hermoso es la sensación de que sé lo que va a decir cada contertulio; cuando alguien habla tengo una especie de deja vù continuo, es decir, la sensación de que “yo sabía que esta persona iba a decir esto antes de que lo dijera”, sin embargo esta idea solo cobra forma una vez que la persona ha hablado.
    Las bromas me hacen reír mucho, pero especialmente hermoso es cuando alguien hace reír a la concurrencia y todos ríen a la vez, entonces la música de la conversación se convierte en una auténtica sinfonía efímera.
    Digo algunas incoherencias que a mi me parecen grandes alardes de ingenio. Se ríen de mis incoherencias y yo me río también. Nadie ha fumado tanto como yo del segundo cigarrillo de marihuana, además soy muy sensible a cualquier sustancia psicoactiva; en definitiva, nadie ha llegado a tener un estado tan alterado como el mío. Me preguntan cosas para saber si me encuentro bien, en esos momentos dejo las risas y la introspección y respondo muy serio: “Estoy perfectamente” o frases por el estilo. Sueno convincente y a mi mismo me parezco convincente, con el paso del tiempo dejan de preguntarme. Escribo el nombre de mi chica trazándolo con mi dedo en la mesa desnuda, me da la sensación que todo el mundo conoce su nombre y se percatan de ello, pero sé que no es así. Vocalizo mudamente su nombre dividiéndolo en tres trozos, es un nombre hermosísimo y comprendo que aún en el estado que me encuentro mis sentimientos hacia ella son sinceros. Viéndolo retrospectivamente la sensación que me produce pronunciar su nombre me recuerda a la que describe Navokov al principio de “Lolita” cuando el protagonista deletrea el nombre de su musa “Lo-li-ta”.
    Las anteriores sensaciones auditivas y de vocalización no las puedo ubicar temporalmente, pero creo recordar que muchas de ellas me acompañaron durante buena parte del tiempo que duró los efectos de la marihuana en mi cuerpo. Recuerdo que mis compañeros cambiaron la música del equipo más tarde y cuando fueron a cambiarla yo aún podía percibir estas alteraciones auditivas. Sin embargo, tiendo a pensar que fue en la primera hora u hora y media cuando estos efectos tuvieron una mayor importancia.
    Tras las primeras fumadas dejé de consumir conscientemente. A pesar de mi estado, era plenamente consciente de que estaba bajo los efectos de la droga y de que debía moderarme si no quería la total disolución de mi conciencia. Mis compañeros siguieron fumando cigarrillos con tabaco y poca marihuana, además de beber más alcohol. Yo en la primera hora o media hora renuncié a seguir consumiendo, cuando me pasaban los cigarrillos los rehusaba. Ahora me extraño de mi autocontrol, ya que reía inmoderadamente y me quedaba mirando un punto fijo en cualquier lugar. A esto hay que añadir las alteraciones de la percepción e incluso alucinaciones que narraré más adelante, sin embargo, me propuse mantener la conciencia y controlar el consumo y pasé las dos horas siguientes sin tomar ninguna otra droga. El autocontrol me preocupaba, no quería ser indiscreto o mal educado con los compañeros, creía que podía perder la máscara social totalmente y olvidarme de la más mínima norma de cortesía; por esta razón me propuse controlar mis actos; a pesar de la alteración en la que me encontraba lo conseguí.
    Como ejemplo diré que unos amigos me regalaron unos libros. Ya estaba totalmente sumergido en los efectos de la marihuana. Los libros ya lo había leído y al preguntarme mis compañeros si los había leído les dije, diplomáticamente, que no, que conocía a los autores pero que no recordaba haber leído esos libros en concreto. Aún me extraño de haber sido capaz de dar una respuesta tan pertinente y aún más de recordar que aquellos libros en concreto los había leído. Parecería como si mi capacidad de autocontrol o mi máscara social estuviera debilitada pero que, por otra parte, pudiese hacer uso de ella en el momento en el que la necesitase.
    Me asalta una gran sed pero no me atrevo a levantarme por miedo a caerme. No creo que en esos primeros momentos pudiese mantener la verticalidad. La sed se hace más y más intensa. Siento también que el vómito por el alcohol parece acercarse. Me comprometo en luchar contra la necesidad de vomitar y la sed. Es una lucha titánica pero no me angustia, lo llevo con calma aunque, aunque me preocupa no es algo que domine mi espítitu. Creo que en esos momentos de lucha por mantener el control doy una imagen a los presentes de profunda circunspección por lo que ellos mismos han narrado; estos momentos de ensimismamiento se alternan con estallidos de risa.
    La primera alucinación es mirar al frente a mis compañeros y verlos rodeados de llamas blancas que le llegan al pecho. No siento el calor e incluso a la vista las llamas parecen frías. No me asustan lo más mínimo, son bellas. Mientras estas llamas congeladas les rodean, mis compañeros hablan entre sí con naturalidad. La segunda alucinación es ver a un compañero hablando y de repente se convierte en un torbellino, en ese torbellino se le distingue a él y a un esqueleto. El esqueleto es gris y de un metro de altura, con una cabeza desproporcionadamente grande. Dentro del torbellino parecen bailar. Me resulta una visión perturbadora, como si viese en su futuro o dentro de él, así que aparto la mirada de la visión: es como si bailase con la muerte. Aunque la descripción de las alucinaciones parezca siniestra, ni me aterran ni me desagradan. Hasta lo peor parece enhebrado por la belleza.
    No tuve ningún mal viaje. Jugué con la idea de que iba a morir cuando los efectos de la marihuana pasasen pero no conseguí angustiarme, era una idea expurea proveniente de mi intelecto. La introduje para ver que efecto producía, pero no produjo ninguno, no parecía importarme o sentía esa idea como ajena a mi estado de ánimo.
    Finalmente me levanté sin perder la verticalidad para ir a beber. Bebí y me sentí mucho mejor, la sed era muy fuerte. Oí a alguien decir que estaba bebiendo, entendí que mis compañeros se preocupaban por mi estado. Más tarde volví a levantarme para coger una manzana que comí en la mesa con ellos.
    Casi al final cambiaron la música, me preguntaron sobre un disco que tenía y supe contestar coherentemente sobre él. No estaba totalmente ajeno a lo real.
    En torno a las tres de la mañana la fiesta empezó a acabar, mis compañeros fueron marchándose paulatinamente. Yo seguía bajo los efectos de la marihuana, reía y me quedaba circunspecto intentando solucionar un puzzle de lazos de metal que tengo en mi casa. Aún así pude ser consciente del ruido que algunos hacían y les rogué que se callasen para no molestar a los vecinos. Otro que intentaba jugar con una espada de madera le tuve que recordar que tuviese cuidado con la lámpara. Tenía bastante conciencia del contexto espacial y social en el que me hallaba.
    Una vez se fueron me entró hambre. Fui a la cocina y cogí fruta variada, comí sobre todo algunos plátanos. Me desnudé y me duché sin problemas. Me fui a la cama y me dormí plácidamente entre risas.
    Al día siguiente los efectos de la droga persistían. Reía sin venir a cuento y al leer veía en la forma de construir las frases de la novela una armonía tan abstracta como hermosa. El efecto secundario más duradero fue la sequedad de boca que me acompañó más de una semana.
    En próximas experiencias calibraré la dosis y anotaré la variedad de marihuana para saber cuánto y qué estoy fumando. Intentaré llevar un registro horario exhaustivo para situar las alteraciones de la conciencia en el tiempo.

Sé feliz   

 

Última actualización el Jueves, 21 de Enero de 2010 20:07
 
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