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Ética
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Escrito por FulgencioRobledero
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Jueves, 19 de Marzo de 2009 17:02 |
Desde el final de la Edad Media la filosofía occidental -separándose de la religión- adopta un carácter marcadamente crítico con lo tradicionalmente dado como verdadero. Este criticismo se exacerba en el siglo XIX -final de la modernidad- provocando una profunda crisis: nada parecía ser ajeno a la crítica o a la duda, nada parecía indudablemente cierto. En este entorno de crisis surge la filosofía de Friedrich Nietzsche (1844-1900) de la que somos aún hoy epígonos.
LA MUERTE DE DIOS: La frase “Dios ha muerto” es quizás una de las más célebres del autor alemán. Con ella Nietzsche quiere significar que la idea de Dios como fundamento de valores éticos y de certeza ha sido desdeñada o, en otras palabras, que Dios es una idea cuya vida históricamente ha llegado a su fin. Dios había sido tomado como base sobre la que se asentaban las verdades que hemos dado por válidas ¿qué ocurre cuando esta base desaparece bajo nuestros pies? Que no nos queda ninguna verdad en la que apoyarnos y caemos en el nihilismo, en la desolada constatación de que nada es verdad. Platón y sus herederos, los cristianos, habían construido un mundo ultramundano que sustentaba este mundo pero la muerte de Dios ha hecho desaparecer el “mundo de las ideas” sin embargo al desaparecer el mundo que le daba entidad a este desaparece el orden de certezas de nuestro mundo: el bien, el mal, lo verdadero y lo falso quedan confundidos. Para salir de este nihilismo no vale crear nuevos dioses, como el Hombre o la Razón, que sustituyan al viejo sino que debemos crear nuevos valores que reemplacen a los ya caducos, unos nuevos valores que dejen atrás el odio platónico por la vida abrazando la existencia en su salvaje sinsentido. La muerte de Dios es por lo tanto una experiencia dramática en tanto que nos deja huérfanos de cualquier certeza pero por otro lado, con la desaparición de Dios nos liberamos de las cadenas que nos ataban, de las falsas ilusiones que atenazaban y nos hacían negar la vida en aras de mundos celestes inexistentes. Entre esta tensión vive para Nietzsche el hombre de su tiempo.
LA GENEALOGÍA DE LA MORAL Y EL SUPERHOMBRE: Un tema clave de la filosofía nietzscheana es el origen de la moral. El autor alemán consideraba que en un principio las definiciones bueno/malo tenían un carácter descriptivo impuesto por la clase moralmente aristocrática. Para el hombre noble lo bueno es la vida misma y el impulso feroz que nos lleva a abrazarla a pesar del dolor, asumiendo su carácter absurdo y efímero; la voluntad de vivir del hombre noble es la alegría salvaje que se refleja en los cantos homéricos o en los cantos de los guerreros vikingos. Estos espíritus nobles llaman bueno a ese modo de vivir alegre, instintivo y despreocupado y consideran malo los valores del hombre vulgar, del rebaño que vive cobardemente una vida “larga y sin gloria”. Para el noble el esclavo merece su conmiseración, su lástima pero nunca su odio o resentimiento. Sin embargo la mentalidad del rebaño es diferente y construye una moral basada en el resentimiento, en el odio a la vida. El esclavo envidia la fuerza del noble pero se sabe incapaz de esa energía por lo que odia esa fuerza y la llama mal. A través del resentimiento el esclavo transforma su debilidad en virtud, y convierte su cobardía en prudencia, su incapacidad de luchar en mansedumbre, su odio a la vida en amor al más allá. En definitiva el esclavo transmuta los valores nobles y los convierte en vicios. Un claro ejemplo de esta transmutación es el “hombre de Dios” que práctica ayuno, celibato, ejercicios físicos límites, incomunicación y, en general, cualquier tipo de mortificación; su actitud es esencialmente contraria a la vida y antinatural, sus prácticas “ascéticas” son en realidad muestra de su desprecio a sí mismo y a la vida. En este ponzoñoso reconcentrarse en sí mismo el sacerdote se vuelve “inteligente” y con esta sagacidad resentida poco a poco engatusa a los espíritus nobles y pone de cabeza el orden moral. Para sustentar esta inversión de la moral el hombre religioso inventa otro mundo más allá del nuestro: el mundo celestial. El cristianismo es un “platonismo para el vulgo”, es decir, una simplificación del platonismo para ser entendido por la masa. El esquema “mundo celeste-mundo aparente” y el desprecio por los placeres corporales son dos rasgos comunes y definitores del cristianismo y la filosofía de Platón. Por lo tanto, el cristianismo es un ejemplo de moral de esclavos: la idea cristiana de que los pobres heredarán la tierra, de que la modestia, la humildad o la sencillez son verdaderas virtudes es un ejemplo manifiesto del odio del cristiano hacia la vida y de su moral de esclavos. Nosotros como occidentales hemos bebido de este veneno y ahora debemos librarnos de su influencia. Superando esta influencia perniciosa del cristianismo y asumiendo la muerte de Dios nace el superhombre. El superhombre –que no debe entenderse como un concepto racial- será quien cree los nuevos valores morales que afirmen la vida que el cristianismo ha negado. Estos nuevos valores son obra de la voluntad de poder gracias a la cual el superhombre al abrazar la vida en su crudeza afirmará nuevos valores que sustituirán a los ya caducos negadores de la vida. La voluntad de poder que se sitúa más allá del bien y del mal no debe de entenderse como voluntad de dominio o de poder político sino que es manifestación de una fuerza que afirma la vida y construye valores nuevos superando el nihilismo. Esta voluntad de poder tiene su máxima expresión en el concepto de eterno retorno: el superhombre debe vivir como si fuera a vivir la vida que ha elegido una y otra vez, eternamente. La obra de Nietzsche sigue siendo aún hoy controvertida. Muchos -obviando su antinacionalismo y antiestatalismo- lo consideran el padre del fascismo por su afirmación de la vida frente a la razón y su ideología claramente no democrática. Otros creen que Nietzsche construyó la primera filosofía verdaderamente rompedora con la tradición platónica-cristiana y elaboró un perspicaz análisis del desmoronamiento de los valores tradicionales. En todo caso, la originalidad de su filosofía está fuera de toda duda y el peso de sus ideas pesan aún sobre nuestro modo de entender el mundo que nos rodea.
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