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Escrito por FulgencioRobledero   
Lunes, 16 de Noviembre de 2009 00:00

    Al menos desde que en el siglo IV a.n.e. Platón en su primer libro de las Leyes recomendase la ingesta de alcohol entre los jóvenes para que así sus educadores pudieran descubrir su verdadera naturaleza, la ebriedad ha sido admitida en Occidente como experiencia dilucidante , cuando no, directamente, iluminadora.
    Hoy por hoy, no obstante, el análisis de la ebriedad como experiencia de conocimiento es dejado al lado por el análisis de los efectos de otras drogas sobre la conciencia como los alucinógenos, el cannabis, los opiaceos, etc. En el presente artículo intentaré mostrar caminos de análisis sobre el fenómeno de la ebriedad como experiencia de autoconocimiento.
    En mi experiencia, la embriaguez permite un debilitamiento de la capacidad de raciocinio y potencia, consecuentemente, un debilitamiento de la estructura social del yo. La personalidad es, incluso etimológicamente, una máscara social que es fuertemente debilitada por la ingesta de alcohol. La ebriedad, por lo tanto, es un estado que asumido filosóficamente abre la posibilidad de una reconstrucción dinámica del yo, precedida de una deconstrucción.
    En cierto sentido podemos decir que determinado grado de intoxicación etílica se asemeja a la muerte en tanto que supone la disolución del yo como estructura organizadora. El miedo a la embriaguez o la prudencia que adoptamos cuando nos percatamos de la inminencia del derrumbe son muestras de como la embriaguez es una muerte simbólica del yo. EL miedo a “lo que pueda hacer en este estado” o a lo que se hizo es otro ejemplo del temor a la disolución temporal de nuestra personalidad.
    Esta disolución del yo va acompañada también por cierta invalidez física: mareos, vómitos, paso vacilante o tartamudeo son síntomas habituales del embriagado. Estos síntomas potencian también la sensación de debilidad y de dependencia en el individuo afectado por el consumo de alcohol, lo que a su vez refuerza la sensación de desvalimiento y de pérdida de la seguridad del yo. El yo heroico de nuestra conciencia se convierte en un inválido balbuciente que precisa de auxilio social para sostenerse. Esta experiencia de desamparo en el que nuestro orgulloso ego queda desvalido nos muestra crudamente la inconsistencia y debilidad de nuestro ser.
    Aún el cristianismo usa el vino en su comunión. El alcohol es una experiencia comunitaria que fortalece los vínculos sociales debilitando las estructuras de la máscara social que llamamos yo.
    Un tema sujeto a controversia sería si la embriaguez anula del nuestra conciencia moral. En mis observaciones sobre este tema he concluido que el alcohol anula o debilita profundamente las normas del decoro social que forman parte muy superficial de nuestra personalidad, pero los principios morales no sufren tan profundamente este debilitamiento. El bien y el mal pueden ser interiorizados como modos del aparecer social o como patrones de conducta válidos en sí, a mi juicio quien haya interiorizado su comportamiento moral de la primera manera tendrá una desinhibición moral más radical que la de aquel que haya realizado una interiorización moral más profunda.
    Sobre la permanencia de nuestros valores morales durante la embriaguez caben hacer muchas objeciones a mi tesis debido, en buena medida, a la confusión en la que caemos sobre qué es lo moral y qué es lo cortés. Lo cortés es algo que, como dije, pronto se pierde en la embriaguez, no así lo moral. Un ejemplo de esto es la bipolaridad afectiva que sufre el sujeto embriagado que puede amar y odiar con pasión consecutivamente a la misma persona durante el rapto alcohólico. La represión de sentimientos no es un acto moral sino más bien una máxima de cortesía social, la sinceridad del borracho junto con su bipolaridad afectiva son efectos del debilitamiento de la máscara social que es su yo. Quien viola, roba o mata embriagado, muy probablemente lo haría sobrio si estuviera, como el borracho, incapacitado para evaluar el castigo de su acción; no es el freno moral lo que se derrumba con la embriaguez sino la capacidad de evaluar las consecuencias sociales de sus actos.
    En conclusión, la intoxicación alcohólica severa permite al sujeto autoconocer sus impulsos y deseos ocultos tras la máscara social de su yo. Además le permite comprender la fragilidad de su personalidad y experimentar la incapacidad de valerse por sí mismo. Pero el valor supremo de la embriaguez como experiencia filosófica viene de la posibilidad que nos abre de reconstruir la estructura de nuestro yo tras su previa deconstrucción, fruto de los efectos secundarios del alcohol.

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