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Hacia un concepto no cristiano de compasión PDF Imprimir E-mail
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Escrito por FulgencioRobledero   
Jueves, 26 de Noviembre de 2009 00:00

   Mi encuentro en la adolescencia con la filosofía de Nietzsche marcó definitivamente mi escepticismo hacia el valor cristiano de la compasión. Efectivamente, la idea cristiana y budista de la compasión tiene una doble vertiente envenenadora. En primer lugar, la compasión hacia el débil aquieta nuestra voluntad y mutila nuestros impulsos más vivos. Las lágrimas han forjado más cadenas que los herreros; el chantaje emocional o la manipulación afectiva intentan conducirnos al redil con la soga cristiana de la compasión. ¿Cuántas veces habremos traicionado nuestros sentimientos más nobles para no herir, por pura lástima? En este sentido acertaba el alemán en criticar la compasión como mecanismo castrador de nuestra voluntad.
    En segundo lugar, la compasión cristiana es en buena medida un “mirar por encima del hombro”. Creemos en las bondades de la compasión pero ¿nos gustaría que alguien sintiese pena por nosotros? De hecho ser “penoso” o “digno de lástima” es considerado un insulto. Vemos claramente que la compasión cristiano-budista encubre, consciente o inconscientemente, un sentimiento de superioridad; pero además, de superioridad sobre los más miserables y débiles, lo que la hace doblemente perversa: por que alimenta el deseo de superioridad pero no alimenta el deseo de superar ya que solo se siente hacia los más degradados.
    Frente a esta acertada interpretación nietzscheana, se contrapone la certeza íntima de que el reconocimiento del sufrimiento en nuestros semejantes y el deseo de apaciguarlo es el sentimiento que nos dota de humanidad. ¿Podemos experimentar compasión más allá del concepto de compasión promovido por la tradición cristiano-budista, negadoras de la vida? Creo que sí...
    La compasión cristiana apunta hacia la pena paternalista y hacia la inacción; sin embargo, es posible una compasión fraternal, activa y creadora. Reconocer el dolor y desear paliarlo es un deseo natural y casi biológicamente determinado, el modo en como se exterioriza depende de la cultura y de la personalidad de cada cual.
    La compasión como sentimiento activo reconoce el sufrimiento del otro como un “este dolor es como mi dolor”. Este “como mi dolor” marca la diferencia del “tu dolor es el mio” del cristo-budismo y reconoce al yo compasivo como creador, distante pero no ausente y, en tanto tal, como un yo fraternal pero no un yo colectivo, homogeneizado y desdibujado. El yo fraternal vitalista reconoce no solo el dolor sino el valor redentor del sufrimiento, percibe el dolor como yunque en donde se forja el alma del hombre, como promesa de dicha; por esta razón aún cuando sintamos el deseo de paliar ese dolor no lo queremos negar ni eliminar porque sabemos que el dolor de cada uno es un pedazo preciado de nuestra alma que solo a cada cual pertenece.
    Esta compasión se opone a la compasión medrosa del cristiano que ve en el dolor y mal en sí mismo, visión que denota la debilidad de su carácter. Esta compasión debe guiar nuestros actos, no sirve solo la justicia, es necesaria también la dulzura. Debemos comprender que el sufrimiento es un mal y endulzarlo en lo posible, pero nunca olvidar que es un mal necesario que si se lo negamos a alguien le estamos robando parte de lo que él es.

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