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Escrito por FulgencioRobledero
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Martes, 27 de Octubre de 2009 00:00 |
Aunque en nuestra vida cotidiana usemos las palabras bien y mal, bueno y malo, etc. con ligereza, en la reflexión filosófica occidental determinar el referente al que señala estas palabras ha sido objeto de eternas consideraciones. Un niño es bueno, cuando es sumiso, tranquilo y pasivo; es malo, por contra, cuando alborota; un joven está bueno cuando es sexualmente atrayente; un libro mal escrito es aquel que no dice nada o es aburrido; en el estado español usamos el giro de “tener una cosa mala” para referirnos a padecer un cáncer. Bien o bueno, en nuestro lenguaje vulgar, hace referencia a cosas gratas o aceptadas como correctas; la palabra mal se refiere a lo que es indeseable. Sin embargo, desde muy pronto detectamos la ambigüedad de estos conceptos: lo que hoy parece malo, puede resultarme bueno mañana; bien y mal no tienen una estabilidad temporal en nosotros sino que parecen conceptos que se construyen biográficamente. Por si fuera poco, la película que me parece mala, a otra persona le parecerá buena; la acción que evalúo como buena, algún otro puede definirla como perversa. En conclusión, lo bueno y lo malo es variable y, ocasionalmente, llegan a ser conceptos intercambiables. No uso la expresión “bien y mal son subjetivos” porque me parece una perogrullada que hoy por hoy saben hasta los niños. Bien y mal como conceptos lingüísticos solo surgen en la interacción del sujeto con lo real, y en tanto que fruto de esa interacción, bien y mal son conceptos del sujeto, es decir, subjetivos. Más que subrayar el valor subjetivo del bien y del mal me gustaría detenerme en la ambigüedad de tales conceptos; ambigüedad que proviene tanto de su variabilidad e intercambiabilidad, como de los múltiples contextos en donde estos vocablos son aplicables. Por ejemplo, las frases “el niño ya está bueno”, “este pastel está bueno”, “es un buen libro”, “dar limosnas es bueno” o “hace buen tiempo”, usan la palabra “bueno” con distintos referentes, por lo tanto son palabras iguales que hacen referencia a una realidad significativamente diferente. En la primera frase bueno sería sinónimo de sano, en la segunda de delicioso, en la tercera de interesante, en la cuarta de correcto y en la quinta significaría “soleado” Constatando esto, vamos analizar los contextos de usos más habituales de las palabras bueno y malo. Estos contextos de uso que analizaremos se yuxtaponen y se enfrentan en ocasiones. No es mi intención definir qué sea el bien y el mal sino aclarar los usos más frecuentes de esos conceptos. Conocer y asumir que los referentes reales de las palabras bien-mal son múltiples, y suelen estar en conflicto entre sí, nos permitirá comprender los continuos choques sociales fruto de referentes distintos para lo bueno y lo malo, pero también lo complejo que es determinar en lo personal, cuando actuamos bien o mal. He encontrado que existen cuatro campos de referencia a los que aludimos cuando usamos los vocablos bueno-malo. Probablemente existirán otros marcos de referencia, o, incluso, alguno de los cuatro puedan ser absorbidos por alguno de los tres restantes. En todo caso, es evidente que el esquema que propongo está abierto a cualquier reelavoración. Los cuatro contextos de uso en los que usamos las expresiones bien-mal son: el bien y el mal como lo agradable y lo desagradable; el bien y el mal como lo beneficioso y lo perjudicial; el bien y el mal como lo permitido y lo prohibido; y el bien y el mal como lo puro y lo sucio. La ordenación de estos contextos de referencia no se hace siguiendo ningún orden genético ni de prioridad “ontológica”. Se subrayará en cada sección el sustrato de intersubjetividad-objetividad que podría contener y la relación con los otros contextos de referencia.
El bien y el mal como lo agradable y lo desagradable: Este marco de referencia quizás sea uno de los más primarios. Lo agradable aparece en la mente del niño casi a la par que su propia consciencia. Incluso los animales con sistema nervioso menos complejo tienden instintivamente hacia lo grato (comida, cobijo, satisfacción de los impulsos sexuales...) y evitan lo desagradable; de otro modo la misma supervivencia sería inviable. No es necesario decir que en la evolución del individuo este uso de las palabras bueno-mal es el primero. El para el bebe el “niño malo” es aquel que nos daña y nos desagrada. El infante llama “malo” al padre que le riñe, a la piedra que le hace caer o a quien se interpone a la realización de sus deseos. El marco presente tiene un referente biológico profundo, mientras que la etiquetación de este referente biológico y psicológico con los nombre bueno-malo es fruto de un proceso cultura. No obstante es esperable que siendo la estructura biológica de todos los hombres similar, lo bueno-agradable y lo malo-desagradable sean coincidentes entre la mayoría de las personas. No hablo aquí de lo bueno-útil, que presupone un mayor desarrollo social y personal del individuo. Lo bueno-útil varía enormemente de una cultura a otra, pero lo bueno-agradable no tanto: la comida, la bebida, el placer, etc. son cosas universalmente gratas y calificadas como buenas. Es fácil distinguir lo bueno-agradable de lo bueno-útil porque en numerosas ocasiones entran en conflictos. Para un sujeto puede ser bueno-agradable consumir recursos alimenticios a placer, mientras que para el conjunto social tal comportamiento puede ser perjudicial y catalogado como malo. Este conflicto entre lo bueno-agradable y lo bueno-útil es uno de los más importantes. En Occidente, se trata que lo bueno-agradable se imponga cuando el conflicto con lo bueno-útil no se produzca. En este sentido, la libertad sexual es un ejemplo en el que el enfrentamiento entre ambos conceptos-referentes no se produce. Lo bueno-agradable es equiparable a la felicidad para la mente infantil, sin embargo, el adulto elabora más la idea de felicidad, asumiendo que lo malo-perjudicial puede ser un mal menor en su economía vital. En nuestro Occidente hipersocializado el conflicto entre lo bueno-agradable, lo bueno-útil y lo bueno-normativo suele resolverse por el último concepto-referencia, ya que se sobrentiende que guiarse por lo que a uno le apetece es un síntoma de carácter asocial. Los mismos individuos que actúan bajo lo bueno-agradable se sienten culpables de su comportamiento, llegando a admitir que actúan mal según los parámetros sociales de utilidad o de legalidad. Aún así, como señaló Kant, instintivamente el hombre busca la felicidad y nuestra razón, que buscaría el bien útil o lo normativamente aceptado, es seducida por el instinto para que se incline hacia la búsqueda del placer inmediato. El bien-agradable tiene dos facetas fundamentales que son elegidas según el modelo antropológico de cada cual. Como pensaba Nietzsche, para algunos pocos lo afirmativo, la vida en su salvaje flujo, será lo “bueno” y lo elegible; mientras que otras mentalidades más pasivas optarán por considerar agradable la quietud, la ataraxia y el control. El concepto de agradable se desliza, de este modo, entre la siesta (pasividad) y la orgía (actividad), sin ser incompatibles estos dos extremos es evidente que cada cual siente una mayor o menor atracción por uno de ellos.
El bien y el mal como la útil y lo perjudicial: Aunque este contexto de referencia para los vocablos bien-mal puede ser confundido con el anterior, ya he mostrado que la diferencia entre lo útil y lo grato es que el primero es un concepto intelectualmente más desarrollado, mientras que lo agradable se situaba casi en lo fisiológico y lo sensual, lo útil precisa de un cálculo, de una aritmética de pros y contras para construirse. Mientras que lo agradable posee un marcado acento individual, lo bueno-útil tiene una doble dimensión individual y social que están en ocasiones en conflicto. El individuo puede considerar “bueno” aparcar en zona prohibida, mientras que la sociedad evalúa ese acto como malo-perjudicial. Como pasaba con lo bueno-agradable, el individuo suele ser consciente de la parcialidad en la que incurre cuando evalúa como bueno un acto individualmente útil pero socialmente perjudicial. No obstante, esta consciencia de parcialidad no es tan fuerte como cuando tratamos de lo bueno-agradable. Es frecuente que las personas nos decantemos por nuestra propia utilidad y racionalicemos nuestra opción con argumentos del tipo: “¿por qué tengo yo que sacrificarme para que...?”. Relacionar lo bueno con lo útil es una operación sencilla y que debió de suceder en los albores de la humanidad. Lo bueno-útil, analizado con detenimiento, no es más que la visión a largo plazo de lo bueno-agradable, por lo necesita cierta madurez y reflexión intelectual. Efectivamente, lo útil es aquello que en un plazo de tiempo corto o largo nos proveerá de sensaciones placenteras y gratas. El buen jefe tribal es el que es útil a su tribu y le proporciona caza, protección, guaridas... En las sociedades agrarias con deficit de población tener muchos hijos es bueno; mientras que en las sociedades superpobladas es bueno, precisamente, el control de la natalidad. La calificación de bueno o malo a los anticonceptivos tiene relación, en muchas ocasiones, con las necesidades de incrementar o reducir el número de pobladores en un territorio. Lo bueno-útil tiende a fosilizarse en normas sociales y así confundirse con lo bueno-normativo, pero tampoco son ideas isimorficas, ya que precisamente la fosilización de lo bueno-útil en normas sociales puede acarrear que las normas reflejen un concepto de utilidad pertinente en una sociedad desaparecida pero no en la actual. Es, por lo tanto, posible que lo bueno-útil social choque con lo bueno-normativo. Los tabúes alimenticios en una sociedad actual podrían tener sentido en un mundo con recursos y situaciones sanitarias diferentes a las de hoy, pero en la actualidad se comprende la inutilidad de la mayoría de estos tabúes. Vemos que existen tres niveles de referencia para lo bueno y lo malo: lo bueno-agradable, lo bueno-útil individual y lo bueno-útil social. Aunque los dos primeros suelen coincidir, los dos últimos entran en conflicto. Esta conflictividad entre las distintas ideas-referencias para lo bueno y lo malo es lo que potencia que la definición del bien y del mal esté en continua redefinición.
El bien y el mal como lo legal y lo prohibido: El tabú o la ley como sistema de definición entre lo bueno y lo malo debería surgir casi tan pronto como las sociedades humanas. Aunque es cierto que el niño carece de ello, en sus primeros años de vida, la idea malo-prohibido se implanta muy pronto en su mente, e incluso el niño en la socialización con sus iguales construye lo prohibido y lo legal equiparándolo con lo malo y lo bueno. Un cuarto o un armario, sin nada particular, se transforma, vía este ejercicio en un lugar prohibido, peligroso y, en último término, malo. Aunque muchos pueblos han vivido constreñidos por corsés normativos que frenaron su evolución e, incluso, lo llevaron a la destrucción, es evidente que la construcción de un marco legal es imprescindible tanto por razones antropológicas como sociales para todo conjunto humano. El individuo precisa de “las tablas de la ley” para tener un marco de referencia al que aferrarse, saber, más allá de consideraciones subjetivas, donde está el bien y el mal. Es vitalmente inviable estar continuamente decidiendo en donde está lo correcto y lo incorrecto, no es factible que una persona altruista calcule las veinticuatro horas del día qué actos son beneficiosos para el conjunto social y cuales perjudiciales. Esto exigiría una energía y una tensión intelectual enorme. Por lo tanto, necesitamos pautas fijas de conductas para dirimir mecánicamente lo aceptable y lo inaceptable, aunque se admita excepciones a la norma. La necesidad social de un marco normativo es evidente. Ningún grupo social puede cohesionarse si carece de un conjunto de patrones comunes mediante los que orientar sus actos. Lo normativo, por lo tanto, suele coincidir con lo útil. Harris evidenciaba en su obra Bueno para comer que ningún tabú culinario era ajeno al entorno material: si la religión musulmana prohíbe el consumo de cerdo es por que este animal necesitaba grandes cantidades de agua para criarse, recursos de los que carecía la zona en donde nació el islam. Si en Europa es repugnante comer insectos y en las selvas del Oriente Asiático no, es porque en Europa el tamaño de los insectos impiden que sean una fuente económica de proteínas, mientras que en las selvas citadas sí lo son. No obstante lo anterior, no podemos negar que lo bueno-normativo entra, a veces, en conflicto con la bueno-útil social. Muchas personas han muerto de hambre por no romper un tabú alimenticio como el canibalismo. El conflicto entre lo normativo y la utilidad social es continuo, y hoy en día lo observamos en Europa en los debates sobre la legislación sobre la eutanasia, el aborto, las drogas, etc., lo que viene a mostrar que lo útil social y lo legal no siempre coinciden, aunque la mayoría de las sociedades intenten conjugarlo en lo posible por razones de supervivencia. Cuando lo bueno-normativo cristaliza y se anquilosa despreciando la utilidad social lleva a los grupos humanos a la autodestrucción, la barbarie y el fanatismo. Los regímenes como Corea del Norte y los grupos teocráticos son ejemplo de ello. Lo bueno-normativo entre en conflicto con lo bueno-útil social pero también con lo bueno-útil personal y lo bueno-agradable. De suyo se entiende que lo bueno-normativo tiene un carácter más social que no puede menos que entrar en conflicto con los otros conceptos-referentes de lo bueno citados que tienen un cariz más individualista. Pero además, lo bueno-normativo entre en conflicto consigo mismo cuando culturas diferentes entran en contacto. Como lo bueno-normativo se funda en lo bueno-útil social y los contextos culturales difieren entre sí, es inevitable que cuando dos culturas que han construidos sus marcos normativos en contexto de utilidad distintos tendrán marcos normativos distintos. Cuando culturas así entran en contactos, es lógico las diferencias. Además, lo bueno-normativo también se funda en lo irracional, toda vez que satisface una necesidad innata del hombre, la necesidad de seguridad. Lo bueno- normativo se construye creando pautas de coherencia, racionalidad y roles bastante aleatorias, cuyo único fin es constituir un conjunto de conductas ordenadas y previsibles. Normas como que las mujeres vistan con faldas y los hombres no, que no se puede comer carne los viernes o que el alcohol esté prohibido, son normas que si alguna vez tuvieron utilidad social, en la actualidad la han perdido. Estas normas parecen más orientadas a crear roles y orden que a satisfacer una utilidad social real. Asumiendo que lo bueno-normativo varía de unas culturas a otras y constatando que vivimos en un mundo en donde los flujos de migratorios son más intensos que nunca, cabe plantearse como administrar la conflictividad entre los diferentes marcos normativos. Se han escrito innumerables páginas sobre esta cuestión pero me gustaría esbozar las líneas de posible confluencia que, a mi juicio, podrían existir entre los diferentes modos normativos que están obligados a entenderse en el mundo contemporáneo. Lo fundamental para que este conflicto se desdramatizase, sería subordinar lo bueno-normativo a lo bueno-útil social y evitar, en lo posible, mezclar decisiones del ámbito privado con el público. Ya mostré como lo bueno-normativo hundía sus raíces tanto en lo buen-útil social como en el deseo de crear pautas, roles y un entorno predecible. Este deseo de orden frente al caos es constitutivo del hombre y de los animales, al menos de los más complejos, pero a veces degenera en una pulsión neurótica, esclerotizada e irracional. Evitar que lo bueno-normativo en la sociedad multiculturas beba de esta pulsión de orden degenerada e intentar fundar lo bueno-normativo en la utilidad social, permitiría que la conflictividad intercultural se redujese al máximo. Lo complejo es, obviamente, identificar los rasgos irracionales y socialmente perniciosos de los respectivos marcos normativos. Otra solución a esta conflictividad es la propuesta por el positivismo jurídico que identifica bueno con legal. Cada individuo tendría que atenerse a los marcos legales de cada país e interiorizarlos como lo realmente bueno. Este relativismo de compartimentos estancos plantea evidentes dilemas en nuestra sociedad: ¿no es legítimo luchar porque las leyes (buenas en sí según el positivismo ético) sean cambiadas? ¿si la ley de un país, los USA de los años 50, es racista, homófoba o sexista, debo obedecerla ya que es lo bueno-legal? Evidentemente, a pocos autores ha seducido la simplicidad del iuspositivismo.
El bien y el mal como lo puro y lo impuro: Hasta ahora este artículo ha ido presentando los distintos conceptos de bien y mal y sus respectivos contextos de referencia desde una perspectiva bastante racionalista. Hemos analizado las motivaciones más o menos obvias para la construcción del binomio bien-mal. En este último apartado quisiera tratar de como el bien y el mal se construyen también como categorías que nacen en el inconsciente y a través de asociaciones de ideas no lineales; en definitiva, me gustaría constatar que bien y mal son, además de todo lo anterior, categorías simbólicas. Por esta razón he elegido las palabras puro-impuro para denominación este último contexto de uso de las palabras bien y mal; lo puro y lo impuro son las denominaciones más frecuentes que se les da a lo bueno-malo cuando ha sido categorizado simbólicamente. Todos reconocemos la fuerza de esta categorización toda vez que los adultos solemos educar a los menores con expresiones como “eso es caca” con las que intentamos asociar a lo malo el, lo impuro y lo sucio. Efectivamente, el niño pronto aprende los objetos y acciones impuras y más tarde construye su propio universo simbólico de lo puro e impuro. El niño en sus primeros años desconoce que los excrementos, cucarachas, animales descuartizados, etc. poseen connotaciones negativas. A todos nos extraña como el niño juega o convive con objetos que en nuestro universo simbólico están cargados de negatividad. Esto vendría a mostrar el carácter social de lo bueno-puro. En este apartado habría que incluir valores estéticos que catalogan como bello-bueno unos objetos, rasgos, sonidos, etc. frente a otros dependiendo de consideraciones sociales de naturaleza simbólica. Si bien es cierto que podríamos achacar ciertas conceptualizaciones de lo impuro a razones higiénicas y, por lo tanto, de utilidad; lo cierto es que no todas las conceptualizaciones podrían ser explicadas así. El tabú sobre los excrementos podría explicarse por motivos de lógica higiene y utilidad social, pero otros tabúes como no mirar a una mujer embarazada o no entrar en determinadas zonas del bosque, son difícilmente explicables a través del agrado o la utilidad social real. Debemos asumir que como la vida biológica, la vida simbólica sigue sus propios derroteros y dinamismos; es difícilmente predecible y se mueve en todas las direcciones posibles. Frente a la causalidad lineal de la utilidad, el universo simbólico se rige por una linealidad interrumpida, difusa, dialéctica y contradialéctica. Aunque las relaciones entre lo bueno-útil social y lo bueno-puro son evidentes no son suficientes para explicar las conceptualizaciones simbólicas de lo bueno y lo malo. Escapa de mi propósito explicar exhaustivamente como se construyen los conceptos de lo puro y lo impuro o de lo bello y lo feo, aunque el binomio puro-impuro suele tener paralelismos con otras dualidades como: humano-inhumano; yo-el otro; definido-indefinido; cotidiano-extraño; luz-obscuridad; etc. Lo bueno-puro rara vez entra en conflicto con lo bueno-legal ya que ambas conceptualizaciones tienen un marcado tinte social y conservador. Lo legal de un pueblo además de recoger lo socialmente útil de una colectividad suele recoger los conceptos de puro-impuro prohibiendo lo tabuado y encomiando explicita o implícitamente lo considerado puro. En algunos pueblos aborígenes lo prohibido y lo impuro simplemente coinciden sin casi distinción. Lo bueno-puro sí suele entrar en conflicto con lo bueno-útil en sus dos acepciones o con lo bueno-agradable. Muchos tabúes sexuales son difíciles de cumplir por lo apetecible del acto; otros tabúes alimenticios que podrían haber tenido utilidad en otras épocas suponen un lastre para la pervivencia de algunos colectivos sociales. Ya vimos como este nivel de definición de lo bueno-malo genera conflictos interculturales de difícil resolución ya que se fundamenta en categorías simbólicas no compartidas por todas las culturas y no en motivaciones más o menos comunes a todas las sociedades y las personas como, por ejemplo, la utilidad social.
Conclusiones: He intentado mostrar en este artículo los diferentes contextos de referencia de las palabras bueno-malo. Aunque los cuatro contextos se interrelacionan entre sí con desigual intensidad, es evidente, según el análisis, que son cuatro niveles irreductibles entre sí. Bien y mal no solo dependen del individuo o la cultura que los enuncie sino que dependen, en mayor medida, del contexto al que haga referencia el discurso valorativo. En la definición del binomio bien-mal no entra solo el conflicto sociedad-individuo o el conflicto intercultural sino la confusión entre los diferentes contextos de referencia. Para un mismo individuo, un acto se puede representar como bueno o como malo según se atenga a un marco de referencia u otro. La voluntad de encontrar un marco de referencia universal es loable pero debe de ser consciente de que nunca alcanzará su objetivo plenamente. Quizás en el ámbito de la utilidad-social puedan encontrarse líneas de confluencias entre unas culturas y otras, pero el carácter inalienable que en algunas sociedades tiene el individuo, el carácter de creador de pautas del discurso ético y el fuerte referente simbólico de los conceptos valorativos, hacen imposible, y probablemente indeseable, una conceptualización definitiva y de carácter universal de los conceptos bien y mal.
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Escrito por FulgencioRobledero
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Jueves, 19 de Marzo de 2009 17:02 |
Desde el final de la Edad Media la filosofía occidental -separándose de la religión- adopta un carácter marcadamente crítico con lo tradicionalmente dado como verdadero. Este criticismo se exacerba en el siglo XIX -final de la modernidad- provocando una profunda crisis: nada parecía ser ajeno a la crítica o a la duda, nada parecía indudablemente cierto. En este entorno de crisis surge la filosofía de Friedrich Nietzsche (1844-1900) de la que somos aún hoy epígonos.
LA MUERTE DE DIOS: La frase “Dios ha muerto” es quizás una de las más célebres del autor alemán. Con ella Nietzsche quiere significar que la idea de Dios como fundamento de valores éticos y de certeza ha sido desdeñada o, en otras palabras, que Dios es una idea cuya vida históricamente ha llegado a su fin. Dios había sido tomado como base sobre la que se asentaban las verdades que hemos dado por válidas ¿qué ocurre cuando esta base desaparece bajo nuestros pies? Que no nos queda ninguna verdad en la que apoyarnos y caemos en el nihilismo, en la desolada constatación de que nada es verdad. Platón y sus herederos, los cristianos, habían construido un mundo ultramundano que sustentaba este mundo pero la muerte de Dios ha hecho desaparecer el “mundo de las ideas” sin embargo al desaparecer el mundo que le daba entidad a este desaparece el orden de certezas de nuestro mundo: el bien, el mal, lo verdadero y lo falso quedan confundidos. Para salir de este nihilismo no vale crear nuevos dioses, como el Hombre o la Razón, que sustituyan al viejo sino que debemos crear nuevos valores que reemplacen a los ya caducos, unos nuevos valores que dejen atrás el odio platónico por la vida abrazando la existencia en su salvaje sinsentido. La muerte de Dios es por lo tanto una experiencia dramática en tanto que nos deja huérfanos de cualquier certeza pero por otro lado, con la desaparición de Dios nos liberamos de las cadenas que nos ataban, de las falsas ilusiones que atenazaban y nos hacían negar la vida en aras de mundos celestes inexistentes. Entre esta tensión vive para Nietzsche el hombre de su tiempo.
LA GENEALOGÍA DE LA MORAL Y EL SUPERHOMBRE: Un tema clave de la filosofía nietzscheana es el origen de la moral. El autor alemán consideraba que en un principio las definiciones bueno/malo tenían un carácter descriptivo impuesto por la clase moralmente aristocrática. Para el hombre noble lo bueno es la vida misma y el impulso feroz que nos lleva a abrazarla a pesar del dolor, asumiendo su carácter absurdo y efímero; la voluntad de vivir del hombre noble es la alegría salvaje que se refleja en los cantos homéricos o en los cantos de los guerreros vikingos. Estos espíritus nobles llaman bueno a ese modo de vivir alegre, instintivo y despreocupado y consideran malo los valores del hombre vulgar, del rebaño que vive cobardemente una vida “larga y sin gloria”. Para el noble el esclavo merece su conmiseración, su lástima pero nunca su odio o resentimiento. Sin embargo la mentalidad del rebaño es diferente y construye una moral basada en el resentimiento, en el odio a la vida. El esclavo envidia la fuerza del noble pero se sabe incapaz de esa energía por lo que odia esa fuerza y la llama mal. A través del resentimiento el esclavo transforma su debilidad en virtud, y convierte su cobardía en prudencia, su incapacidad de luchar en mansedumbre, su odio a la vida en amor al más allá. En definitiva el esclavo transmuta los valores nobles y los convierte en vicios. Un claro ejemplo de esta transmutación es el “hombre de Dios” que práctica ayuno, celibato, ejercicios físicos límites, incomunicación y, en general, cualquier tipo de mortificación; su actitud es esencialmente contraria a la vida y antinatural, sus prácticas “ascéticas” son en realidad muestra de su desprecio a sí mismo y a la vida. En este ponzoñoso reconcentrarse en sí mismo el sacerdote se vuelve “inteligente” y con esta sagacidad resentida poco a poco engatusa a los espíritus nobles y pone de cabeza el orden moral. Para sustentar esta inversión de la moral el hombre religioso inventa otro mundo más allá del nuestro: el mundo celestial. El cristianismo es un “platonismo para el vulgo”, es decir, una simplificación del platonismo para ser entendido por la masa. El esquema “mundo celeste-mundo aparente” y el desprecio por los placeres corporales son dos rasgos comunes y definitores del cristianismo y la filosofía de Platón. Por lo tanto, el cristianismo es un ejemplo de moral de esclavos: la idea cristiana de que los pobres heredarán la tierra, de que la modestia, la humildad o la sencillez son verdaderas virtudes es un ejemplo manifiesto del odio del cristiano hacia la vida y de su moral de esclavos. Nosotros como occidentales hemos bebido de este veneno y ahora debemos librarnos de su influencia. Superando esta influencia perniciosa del cristianismo y asumiendo la muerte de Dios nace el superhombre. El superhombre –que no debe entenderse como un concepto racial- será quien cree los nuevos valores morales que afirmen la vida que el cristianismo ha negado. Estos nuevos valores son obra de la voluntad de poder gracias a la cual el superhombre al abrazar la vida en su crudeza afirmará nuevos valores que sustituirán a los ya caducos negadores de la vida. La voluntad de poder que se sitúa más allá del bien y del mal no debe de entenderse como voluntad de dominio o de poder político sino que es manifestación de una fuerza que afirma la vida y construye valores nuevos superando el nihilismo. Esta voluntad de poder tiene su máxima expresión en el concepto de eterno retorno: el superhombre debe vivir como si fuera a vivir la vida que ha elegido una y otra vez, eternamente. La obra de Nietzsche sigue siendo aún hoy controvertida. Muchos -obviando su antinacionalismo y antiestatalismo- lo consideran el padre del fascismo por su afirmación de la vida frente a la razón y su ideología claramente no democrática. Otros creen que Nietzsche construyó la primera filosofía verdaderamente rompedora con la tradición platónica-cristiana y elaboró un perspicaz análisis del desmoronamiento de los valores tradicionales. En todo caso, la originalidad de su filosofía está fuera de toda duda y el peso de sus ideas pesan aún sobre nuestro modo de entender el mundo que nos rodea.
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Escrito por FulgencioRobledero
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Viernes, 16 de Enero de 2009 21:48 |
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La historia de la teoría del conocimiento y la ética tienen un punto de inflexión en el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804). En teoría del conocimiento su Crítica de la Razón Pura supuso un verdadero “giro copernicano” a la gnoseología mientras que su ética meramente formal contrasta con las éticas materiales propuestas hasta entonces. Su teoría ética asume como principio la libertad y dignidad de todos los hombres, hecho que conecta su pensamiento con la ideología de las revoluciones burguesas de su tiempo y a través de ellas con la actualidad. LA ÉTICA KANTIANA: Para Kant es un hecho que lo único objetivamente bueno es una buena voluntad. La inteligencia, el valor, la riqueza y todo lo que solemos considerar valioso dejan de tener valor y se vuelven incluso cosas perniciosas si van acompañados de una voluntad torcida. También la felicidad, meta de muchas teorías éticas, tiene un valor relativo frente a la buena voluntad ya que la felicidad del malvado genera repulsión al observador objetivo como si solo fuéramos dignos de ser felices cuando poseemos una buena voluntad. Que la buena voluntad es buena incondicionalmente podemos demostrarlo como sigue. La naturaleza no hace nada en vano, si un ser natural posee un órgano para satisfacer una función ese órgano es adecuado y perfecto para esa función. El hombre posee razón e instinto y la razón no tiene solo una función teórica sino también práctica que busca el bien moral. Pero la razón difícilmente nos puede hacer felices, el hombre sabio descubre pronto que todas las preocupaciones que nos muestra nuestro intelecto (muerte, enfermedad, pobreza, incertidumbre...) y que los actos buenos de nuestra razón práctica no conducen a la felicidad; sin embargo, el hombre sencillo haya la felicidad sin necesidad de su razón con su mero instinto. Concluye Kant que si el fin del hombre fuera la felicidad la naturaleza no nos hubiese dotado de una razón práctica que elabora juicios morales que no conducen por sí mismos a la felicidad. De este modo sostiene Kant que el hombre ha sido dotado por la naturaleza de razón práctica para otro fin más alto que la felicidad: el bien moral. El bien moral se manifiesta claramente en el concepto de deber. La búsqueda de la felicidad o de la riqueza nos fuerza a acciones cuyo valor está condicionado a la consecución de un fin mientras que los actos del deber impuestos por nuestra razón práctica tienen valor por sí mismos. De este modo concluimos que los actos morales no son evaluables por sus resultados porque no son elegidos para alcanzar algo sino por ellos mismos. El resultado de un acto bueno puede ser perjudicial pero el acto seguirá siendo bueno porque lo importante de un acto moral es el principio por el que se realiza. Para mostrar esto Kant habla de tres tipos de actos: los actos por deber, conforme al deber o contra el deber. Utilizando el famoso ejemplo del tendero Kant nos explica que un tendero puede actuar conforme al deber al no engañar a un niño en su comercio para defender su negocio de la mala fama. ¿Es este acto por deber? No, porque no se ha hecho por sí mismo, no se ha realizado por respeto al deber sino buscando algo; el acto tampoco es contra el deber ya que el tendero no engaña sino que es un acto conforme al deber, es decir, hecho “como si” se obrase guiado por el deber pero realmente guiado por fines espurios. Kant criticará de este modo muchas de las teorías éticas cristianas ya que ser bueno para ser recompensado por Dios en el cielo es igualmente un comportamiento conforme al deber pero no por deber. Los actos mandados por el deber tienen forma de imperativo categórico. Además del imperativo categórico existen imperativos hipotéticos que mandan algo para conseguir otra cosa, “si quieres ser famoso haz X”, son mandatos condicionados por un fin. El imperativo categórico manda por sí mismo sin fin alguno, por respeto al deber. Si el hombre es capaz de mandarse a sí mismo es claro que es un ser libre; mientras que los demás entes se guían por leyes naturales de causa-efecto el hombre es capaz de ser autónomo, es capaz de decidir por si mismo como actuar con indiferencia del mundo natural de leyes. En esta libertad reside la dignidad específica del ser humano. El imperativo categórico debe mandar por sí mismo, sin mirar otros objetivos que él mismo por lo que debe ser universal más allá de cualquier circunstancia. De este modo Kant enuncia este imperativo como “obra de tal manera que puedas querer que el principio que guíe tu acción sea un principio universal”. Por ejemplo, si decido eludir las deudas con excusas para no pagar ¿puedo querer que este principio sea universal, es decir, puedo querer que todos los hombres lo sigan? Dice Kant que no es posible querer un mundo así ya que nadie confiaría en nadie y el principio “es bueno eludir las deudas si se puede” se autodestruiría. El hombre es un ser autónomo y libre, no es por lo tanto un eslabón más de la cadena de causas sino que su libertad moral lo convierte en algo valioso en sí mismo. Mientras que los objetos son “cosas para algo” el hombre es principio de la cadena de causas por lo que tiene dignidad. Así otro modo de enunciar el imperativo categórico podría ser “obra de tal manera que te relaciones con los hombres siempre como fin y nunca sólo como medio”. En el ejemplo anterior veríamos que no es legítimo usar a las otras personas como instrumentos para obtener dinero, las estaríamos usando como medios no como seres valiosos en sí. Naturalmente la voluntad del hombre busca la felicidad mientras que la razón moral busca el bien por lo tanto en muchas ocasiones se produce el conflicto entre nuestro deseo de felicidad y nuestro deber; cuando esto ocurre el instinto usa de todo tipo de argumentos capciosos para seducirnos e imponerse a nuestros sentimientos morales. Generalmente el hombre vive atrapado en este conflicto por lo que es necesaria la reflexión filosófica sobre el bien moral, para delimitar con claridad la naturaleza del deber frente a los intentos del deseo de felicidad de confundirnos. La ética de Kant es una ética formal porque mientras que otras teorías éticas han buscado el modo de alcanzar un fin (la felicidad, la tranquilidad, el Cielo...) y son por lo tanto “instrucciones para”, la ética kantiana propone que nos centremos en la forma de nuestras decisiones éticas. A pesar de su rigorismo la ética de Kant no deja de ser una meta noble y un firme alegato a favor de la libertad y la dignidad intrínseca de todos los seres humanos.
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Escrito por FulgencioRobledero
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Jueves, 25 de Diciembre de 2008 20:30 |
Para los estoicos, como para Epicuro, la filosofía de la naturaleza, la teología y la antropología debían de servir para unos preceptos éticos y políticos determinados; la ética, para la mayoría de los filósofos helenísticos, era la cúspide del sistema de la filosofía.
Según el estoicismo antiguo el hombre está compuesto de tres realidades: cuerpo, aliento vital y espíritu. El cuerpo es la realidad material y evidente. Miembros, órganos, fluidos etc. El cuerpo es el cascarón que recubre y transporta a los otros dos elementos, más importantes del hombre. Para el estoicismo las perturbaciones del cuerpo son las que provocan las sensaciones de dolor y placer. El hombre debe preservar y cuidar a su cuerpo; las perturbaciones, en lo posible, deben evitarse y, sobre todo, si el cuerpo es perturbado esto no debe afectar al espíritu. El sabio estoico no persigue el placer ni huye del dolor sino que afronta estas perturbaciones tal y como vengan. La razón de esto es que buscar el placer genera dolor cuando surge la carencia de lo que producía placer; o inestabilidad del ánimo por perseguir el placer que se anhela. El dolor no debe rehuirse pues es connatural al destino del hombre y a veces no sólo es connatural a su destino sino que a veces sufrir el dolor es una obligación moral, por ejemplo, afrontar el dolor de una tortura antes que delatar a un amigo ante un tirano.
Para el estoico, podemos decir, aferrarse al cuerpo (buscando el placer y huyendo al dolor) es aferrarse a una cosa que se derrumba carcomida. Lo corporal no es la esencia del hombre ya que no serías menos tú mismo si te amputaran un brazo. Ser esclavo de lo inesencial es ser esclavo de fantasmas y de sombras; es impropio de un hombre sabio el aferrarse a lo que es efímero, perecedero y ajeno a nuestra esencia.
La segunda parte que conforma la realidad que llamamos hombre es el “aliento vital”. El “aliento vital” es algo no sólo propio del hombre sino que, de un modo u otro, todos los seres vivos poseen ese “ímpetu” que le lleva a ser seres vivos en vez de seres inertes. Con este aliento vital, el hombre tiene ciertas obligaciones como intentar mantenerlo en lo posible. No obstante el verdadero compromiso lo tiene el hombre con el tercer elemento que le constituye: el espíritu o “guía interior”.
El espíritu es la porción de la divinidad que a cada uno nos ha tocado en suerte. Es de naturaleza racional y sociable. Este guía interior pertenece al hombre como ser racional y es ajeno a los animales, vegetales o seres inertes. Para entender este concepto es necesario explicar, aunque sea someramente, la filosofía natural y la teología estoica.
El estoicismo fue un movimiento filosófico panteísta. El panteísmo plantea que Dios no es trascendente a la Naturaleza sino inmanente a ella. En otras palabras: Dios y la Naturaleza son caras de una misma moneda o, en ocasiones, realidades idénticas. Frente a la visión trascendentalista de muchas religiones el panteísmo sostiene que no hay nada más allá del cosmos y que, por lo tanto, Dios no puede ser diferente al Universo mismo.
El orden natural es el orden divino. Las leyes de la naturaleza, la belleza y orden del mundo muestran la presencia de Dios en el cosmos. Los aparentes desórdenes (epidemias, cataclismos, guerras etc.) tienen sólo un carácter superficial ya que tras ese aparente sin sentido está el designio de Dios que se conoce como destino. El Dios estoico, hay que subrayarlo, no es un Dios personalista que quiera, odie, ame, conceda favores etc. sino que Dios es sencillamente, como se dijo ya, el orden del mundo.
El espíritu o como también lo llaman algunos estoicos “el dios que tenemos dentro” es la parte de este orden total que poseemos dentro de nosotros. En el hombre Dios ha adquirido la conciencia. Este “guía interior” es social ya que el Orden es un orden total del todo y sus partes, por esto el hombre tiende a la organización social: tiende a la universalidad, a la totalidad. Por otro lado, el espíritu es racional ya que representa una porción del Todo ordenado.
Este espíritu racional y social es, lógicamente, la parte más noble y esencial del hombre. Como individualidad muere al morir el sujeto pero, como es parte del conjunto universal, cuando el hombre muere como cuerpo y aliento vital se disuelve, el espíritu se reintegra en la unidad de Dios-Naturaleza como una gota de agua que se confunde en el mar: deja de existir como elemento diferenciado pero no desapareciendo en la Nada sino reintegrándose en el conjunto del Todo.
Estas consideraciones acerca del hombre y del mundo tienen unas implicaciones éticas concretas que vamos a ver a continuación:
La aceptación del destino:
Todo lo que nos ocurre depende de la Naturaleza-Dios. La muerte es inevitable y estamos destinados a ella pero, igualmente, la vida, la fama, la riqueza, la pobreza, el dolor o la alegría forman parte de nuestro destino. Nada ocurre fuera de la Naturaleza luego, nada ocurre fuera de los designios de las leyes del Universo. Todo tiene un sentido y una razón.
Los estoicos usaban el símil de un perro amarrado a una carroza, cuando la carroza anda el perro debe ir detrás de ella pero lo puede hacer de dos modos: aceptándolo y siguiéndola al trote o sin aceptarlo y siendo arrastrado por el pescuezo.
Una vez aceptado el destino el hombre se conforma a él y es feliz. La primera y más importante aceptación es la de nuestra fugacidad y fragilidad: la vida es efímera, comparándonos con los millones de años que tiene el Universo no somos más que un destello en una obscuridad infinita; asumir esto es asumir nuestra fugacidad. Por otro lado, cualquier momento puede ser el último y nada ni nadie puede garantizarnos que al instante siguiente no vayamos a estar muertos; asumir esto es asumir nuestra fragilidad. Quien niega su fugacidad se cree eterno, quien niega su fragilidad se cree invulnerable. Quien se cree eterno e invulnerable se engaña y el engaño conlleva sufrimiento. Para evitar este sufrimiento debemos aceptar nuestro destino inapelable: la muerte y el olvido.
El desapego al mundo:
De la aceptación estoica del destino se sigue el desapego al mundo. El Universo se nos muestra como un continuo fluir de elementos. Felicidad y dolor, vida y muerte, creación y destrucción etc. aparecen unidos de manera constante en el mundo material que conocemos. Aferrarse a estas realidades transitorias es como querer permanecer en una casa en llamas; en ella, como en el mundo, nada es estable ni permanente. Aferrarse a lo impermanente como si fuera permanente solo puede producir sufrimiento.
Esta impermanencia, no obstante está sustentada en la permanente: la Naturaleza-Dios. Nuestro espíritu forma parte de esa ley universal, de esa Naturaleza-Dios pero, en el momento de nuestra muerte todas las experiencias individuales desaparecen para siempre y quedamos unidos y confundidos en y con Dios.
Los bienes materiales, la fama, incluso la salud son cosas transitorias. La felicidad y el dolor son estados de nuestra mente y de nuestro juicio, si elevamos nuestro juicio hacia lo permanente estaremos en lo esencial más allá de esas dos opiniones que son: “soy feliz” y “soy desgraciado”.
Frente a las cosas materiales (riqueza, salud, belleza...) y a los estados de nuestra mente (alegría, tristeza, envidia...) que son transitorios nuestro guía interior, nuestra razón aparece como eterna. En esa ciudadela que es lo más elevado de nosotros mismos debemos retirarnos a través del desapego al mundo.
Vivir conforme la razón:
Como los rasgos del espíritu más importantes son su carácter social y racional y dado que debemos vivir conforme este espíritu el hombre bueno tendrá, para los estoicos, dos rasgos esenciales: será racional y social.
Que el hombre sabio es un hombre racional significa que la mesura, la imperturbabilidad y la tranquilidad deben ser las características más acusadas de su carácter. El hombre que vive en la virtud tendrá un carácter ecuánime y justo en todas las circunstancias. Actuará en público como en privado no dando cabida, ni siquiera en la soledad de sus pensamientos, a reflexiones desmedidas, apasionadas o de las que se deba avergonzar. La máxima dicha para el hombre es este estado de comunión con el Universo en el que se comprende el sentido profundo de todo.
Que el hombre sabio es un hombre sociable significa que, en contra de lo que decían los epicúreos, debe implicarse en la vida ciudadana. Por otro lado, el estoico se siente miembro de una comunidad social que va más allá de su ciudad o provincia: el estoico es un cosmopolitas (literalmente “ciudadano del cosmos”) ya que el espíritu es propio de todos los hombres, todos los hombres poseen la misma dignidad; el hombre sabio mirará con compasión a todos los habitantes del mundo, sintiéndose parte de esa comunidad que va más allá de las fronteras de su patria. Esta pertenencia a la comunidad de todos los hombres también alimenta en el hombre bueno la tranquilidad de ánimo que es, como ya se dijo, la más alta meta para cualquier hombre según los estoicos.
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