El principio de causalidad como error metafísico
0Hasta, al menos, principios del siglo XX, la cosmovisión occidental ha interpretado la Naturaleza como un conglomerado de relaciones causales que idealmente, cuando no de hecho, confluían en un primer principio ordenador. Esta idea, que para el pensar común puede parecer obvia, es una posición hermenéutica condicionada por algunos axiomas de la metafísica aristotélica; podemos rastrear la génesis de tal modo de acercarse al mundo cuanto menos hasta Anaxágoras, aunque quizás en los físicos jonios se encuentre ya esbozada esta idea.
Si algo ocurre, ocurre por algo, este algo es la causa de lo que ocurre; ese principio causal tiene a su vez otro principio, y este otro más, etcétera. ¿Podría prolongarse esta cadena causal hasta el infinito? No, porque una cadena de causa infinita implica un tiempo infinito para que el efecto se manifieste; como observamos cambios, debemos concluir que la cadena causal es finita. Aristóteles sostiene que ese primer principio es único y causa final del cosmos; se aparta, por tanto, de otros autores como Empédocles que se inclinaban por la pluralidad e incluso la contrariedad de los principios causales del orden manifestado. En cualquier caso, el origen de la cadena causal, ya sea uno o muchos, no aparece como inequívoco en la conciencia del sujeto: observamos un ente y descubrimos su causa directa, pero la causa de ella o la causa de esta segunda causa, no aparece como evidente ante nuestra percepción, sino que debe ser supuesta. Así, para volver a los autores ya citados, el Motor Inmóvil aristotélico o el Amor-Odio de Empédocles, parecen ser el origen de los entes como presupuestos no como hechos observables; son venerables extrapolaciones, fruto de nuestro propio modo de pensar y ordenar el mundo.
A nivel inmediato la explicación causal es una herramienta imprescindible para dar forma coherente al mundo; así, los acontecimientos que observamos son comúnmente asociados a causas directas también observables, el problema es que cuanto más nos alejamos del acontecimiento concreto y nos remontamos por la cadena causal, más débil, más caprichooa se antoja el hilo que une los hechos con sus causas. Por ejemplo, un vaso de agua está a la orilla de la mesa, con mi mano lo empujo y cae; el acontecimiento queda explicado por el gesto de mi mano, pero ¿qué movió mi extremidad? Podríamos decir que huesos, músculos y tendones ayudaron a el movimiento, no obstante estamos tentados a ir más lejos, a intentar descubrir cómo y por qué decidí hacer ese movimiento. Una explicación fisiológica diría que una serie de reacciones químicas en mi cerebro me llevaron a tomar esa decisión y que circunstancias previas coadyuvaron para que tal decisión se diese… pero aquí ya nos metemos en un terreno nebuloso, un terreno de conjeturas, que desea seguir trenzando la cadena de causas a costa de perder contacto con lo que observamos. Una persona no aristotélica, afortunadamente la mayoría de la humanidad, simplemente concluiría que mi voluntad inició esa cadena causal que conllevó la quiebra del vaso, esa decisión no tiene una causa directa antecedente o si la tiene es una influencia, no una determinación.
Es precisamente la idea, obvia para el común, de que hay principios de cadenas causales plurales, interindependientes e, incluso, espontáneos, lo que quebranta la cosmovisión causalista defendida, no solo por Aristóteles, sino por el cientificismo vulgar que hace derivar todo de leyes matemáticas eternas; la búsqueda de una «teoría del todo» que pretende integrar la Relatividad general con el modelo estándar de partículas, está fundamentado en el citado prejuicio peripatético de que todo tiene una causa determinada y que esa cadena causal confluye en un principio originario. Hemos sustituido el Acto Puro del Estagirita por una partícula super densa que inició el Big Bang, sin percatarnos de que no hemos cambiado un ápice el marco explicativo subyacente; solo hemos sustituido un primer principio final por uno eficiente.
El principio de causalidad tiene, sin duda, un valor explicativo inmediato, pero el universo no es una máquina de Rube Goldberg, ni una secuencia de piezas de dominó en donde un movimiento inicial da lugar a una cadena férrea de consecuencias. El universo no es un sistema aislado sino interimplicado, cuando más nos alejamos del evento que pretendemos explicar, más se desdibuja la cadena causal y aparecen interferencias que anulan el valor de la explicación. Pese a ello, la interpretación causalista del universo se ha impuesto y aún pervive, ya que tranquiliza la conciencia haciéndola creer que el cosmos tiene un orden regular, estructurado, en donde las perturbaciones son aparentes, apenas significativas en el contexto general.
Es posible que haya hechos que acontezcan porque sí, sin relación causal, es más, es factible pensar, con Immanuel Kant, que la causalidad es una forma de estructurar el mundo manifestado y por tanto, no un principio intrínseco al mundo en sí. Desde la perspectiva causalistas se cae también en una cierta inconsistencia: si todo tiene una causa y la cadena de causa total debe iniciarse de algún modo en un primer principio, ¿cuál es el principio del primer principio? La respuesta se presenta como obvia: nada, el primer principio es condición de posibilidad del inicio causal y, por definición carece de causa. Ahora bien, si aceptamos una excepción al axioma de «todo ente tiene una causa» ¿por qué no admitir más? Así el cosmos podría ser multicausal y los principios de cadena de causas surgir espontáneamente y ser indeterminados si no infinitos en número. Las explicaciones causales que proyectamos en la manifestación no serían falsas pero la relación entre ellas sería de confluencia interdeterminante pero no de determinación cerrada ni de subordinación temporal.
Más allá de la polémica sobre cómo se configura la realidad de la manifestación y la relación entre sus partes, quiero volver a esa idea, clave en la filosofía occidental, según la cual lo que observamos tiene un principio oculto, pero, a la vez, más sublime que lo propiamente observable. El cosmos tiene en Dios su causa; los objetos sensibles provienen de Ideas trascendentes; lo aparente tiene como fundamento lo real en sí. Este esquema está también interiorizado, pareciéndonos evidente. Incluso en la mayoría de los pueblos originarios existe ese impulso de explicar lo que vemos con un orden oculto que escapa al conocimiento inmediato pero que puede ser intuido en la trama de los entes cotidianos. El Ser que es verdaderamente y permanece oculto, sustenta el orden de la manifestación, el orden de aquello que captamos tanto por nuestros sentidos como por nuestro intelecto.
Parménides ha sido malinterpretado de muchas maneras, la menos apercibida es su rechazo implícito al modelo explicativo que acabo de exponer: la idea de que el mundo que se nos aparece tiene su origen, su raíz y causa en una realidad trascendente que se nos oculta. En los fragmentos conservados, el sabio de Elea afirma que es cierto que «se es» y no puede ser que lo que es no sea; el no ser no puede darse porque es autocontradictorio. Esto que es, es único, inmóvil, sin partes, no sujeto a cambio ni perturbación, igualmente carece de intensidad, es ser homogéneo todo. Esta definición llega a la conclusión de que el tiempo es irreal ya que si una cosa cambia pasa del ser al no ser para llegar a ser otra cosa, lo que es contradictorio; o, pasa del no ser al ser, cosa igualmente imposible. ¿Qué valor tiene este mundo de cambios para el pensador? Es una mera ilusión, un engaño irreal. Desde muy pronto los exégetas se han interrogado sobre la naturaleza profunda que para Parménides tiene esa fantasmagoría persistente que insistimos en denominar «mundo real», ¿de dónde emerge? Lo vemos y sentimos a cada momento, ¿en qué medida y forma participa del Ser? Este será un problema metafísico básico que pretenderá resolver la tradición filosófica posterior, con Platón como paradigma de autor que busca conciliar el Ser con la apariencia, hacer derivar de lo oculto, trascendente y plenamente verdadero, en Parménides el Ser, en Platón el Bien, la Belleza, el Uno…, el mundo de los sentidos. No obstante, en ningún fragmento de los textos de Parménides conservados se puede concluir que establezca que el mundo manifestado es una derivación del Ser, sería incluso contradictorio: si algo derivase del Ser, el Ser ya no sería uno, ya estaría negada su esencialidad inmutable. Se intenta hacer de lo trascendente origen causal de los fenómenos, se busca reconciliar el mundo real con la plenitud oculta del Ser, pero la propia propuesta del autor, descarta esta posibilidad radicalmente.
¿De dónde proceden entonces la abigarrada legión de imágenes que aparecen en nuestra conciencia? Parménides no responde, porque no pretende responder. Debemos entender que los verdaderos problemas no tienen solución. No hay una relación causal, ni una derivación: el Ser es el Ser y eso es lo único real; por otro lado, vemos fantasmas que creemos reales pero no lo son, ¿de dónde proceden? No tenemos que responder a esta pregunta porque no pudiendo proceder del Ser por definición su procedencia o no procedencia es igualmente ilusoria. El eleático no se esfuerza, como los autores posteriores, en salvar las apariencias con el principio de la causalidad, sino que declara una dramática fractura, una herida que es insalvable entre nuestra cotidianidad y la verdad.
El error metafísico fundamental que Parménides condena implícitamente es pensar que el esquema explicativo que aplicamos al mundo manifestado, el esquema de causa-efecto, es pertinente para explicar la relación entre lo inmanifestado y el mundo que percibimos. Si escucho el canto de una chicharra, tengo cierto derecho a colegir que ese sonido lo hace un insecto concreto que se oculta en la floresta; así se estructuran los acontecimientos en el cosmos sensible, y aunque está por ver si esa causa oculta existe en sí o es una proyección a posteriori de la voluntad consciente construida en base a lo que sencillamente acontece, lo cierto y verdad es que aceptamos como razonable afirmar que ese sonido tiene una causa previa; como una planta que es guiada en su crecimiento por la luz del Sol. Sin embargo, si salimos del marco fenoménico es una extrapolación excesiva afirmar que lo previo al fenómeno es causa de este, que el Ser es fundamento y causa de lo sensible; ya que estamos aplicando un esquema causal fenoménico a lo que por definición no pertenece a ese ámbito. El Dios creador, las leyes naturales o el logos estoico, caen en este mismo abuso cuando son vistos como mero orden subyacente previo causante del mundo sensible. Desde el origen del pensamiento, lecturas alegóricas y místicas arriesgadas han señalado la limitación de este principio causal para explicar la relación profunda entre lo que acontece (fenómenos) y lo que se oculta (noúmeno).
Pero la pregunta continúa abierta: si el principio causal es insuficiente para explicar la relación entre lo que vemos y lo que se oculta más allá de la conciencia, ¿cómo se relaciona cada uno de los elementos de esa dicotomía? Afirmar que la conciencia subjetiva es origen de la manifestación es caer en el mismo error pero invertido, pues no haríamos más que trasladar el principio causal de lo absoluto a lo relativo. Pero si pensásemos que las conciencias subjetivas son meras funciones parciales de una conciencia que las abarca, y que fuera esa meta-conciencia la que proyectase desde la voluntad la manifestación, a la que solo accedemos por ventanas parciales que son, precisamente nuestras conciencias individuales; no avanzaríamos mucho para desembarazarnos del prejuicio causal. Porque, en último término, todo lo que se diga de aquello que queda fuera del mundo manifestado será falso por definición, usaremos herramientas cognitivas para hilar los fenómenos intentando explicar aquello que está fuera de lo fenoménico; en conclusión, solo podemos aspirar a una comprensión metafórica de esa relación. Así lo oculto, negrura primigenia, potencialidad, materia, nada, se representa como límite insondable a la comprensión; por contra, lo manifiesto es luz, espada, acción, sede, es la voluntad-conciencia en su doble determinación subjetiva y cósmica. Así, en definitiva, lo oculto y lo manifiesto son idénticos y, sin embargo, radicalmente otro.

