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La Sangre del León Verde

Divulgación Filósofica y Pensamiento Libre

La insubordinación del héroe

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  • Por Ciudadano 014-Q
  • en Historia de la Filosofía
  • — 5 Jun, 2026

En tiempos de auge del tribalismo en Europa, aviesamente financiado por un Imperio sanguinario en descomposición, urge definir nuestra identidad colectiva; y para este propósito es insoslayable asomarnos al reflejo de nuestra tradición. Nadie puede negar que nuestras más profundas raíces culturales se asientan en la civilización helena; la historia no se escribe como una novela, ni es un diseño arquitectónico en donde los cimientos sostienen las paredes y estas al tejado. No, cuando nos separa más de 2500 años de los primeros textos griegos, hablar de una continuidad entre ellos y nosotros es inexacto. Si siguen influyéndonos es porque desde entonces hasta ahora hemos vuelto a leer a Homero, Esquilo, Tucídides como quien vuelve a beber de una fuente amable que sació su sed en la infancia; así, la influencia de la cosmovisión helena en la nuestra ha sido como olas pretéritas que han acariciado nuestro presente para inspirar el futuro. Así, nunca es demasiado tarde ni extemporáneo volver a leer los clásicos para comprendernos colectivamente, buscando inspiración en aquellos que nos dieron luz como cultura diferenciada.

En esa eterna relectura de los clásicos no puede faltar la Ilíada, obra que los mismos antiguos consideraban fundacional. Los temas que abarca esta oda son infinitos: desde cómo la hybris descompone el mundo humano y aboca a la destrucción, hasta el sentido de la competición como enfrentamiento pero también lugar para el reconocimiento entre iguales. De todas estas cuestiones, me gustaría subrayar el carácter trágico de la existencia humana que refleja esta narración y que tanto la aleja de la pusilanimidad escatológica cristiana. Efectivamente, el héroe homérico es trágico en el sentido de que asume su mortalidad, pero también lo que la muerte significa: degradación de la carne palpitante, viva, que se convierte sin más en «pasto para los perros y las aves»; no hay un cómodo refugio tras el último trance, a lo sumo convertirse en sombras que deambulan por el Hades prefiriendo ser «un labrador asalariado, sirviendo a otro hombre» que señorear en el sombrío reino. Así el hombre homérico se entrega con fruición al banquete, a la contienda y al placer, teniendo presente el carácter pasajero de la vivencia. No hay redención de la vida más que en el vivir mismo y es la conciencia de esto lo que empuja al héroe en la Ilíada a aceptar trágicamente un destino que es inevitable, abrazando la vida en toda su crudeza. La tensión emocional que esta actitud implica conllevó que, incluso antes del cristianismo, el mundo heleno prestara oídos a pregoneros de mundos ultraterrenos que intentaban conciliar mejor nuestros deseos con los hechos.

Sin duda, el personaje principal de todo el relato es Aquiles, hijo de Peleo y la divinidad marina Tetis; su ira al ser agraviado por Agamenón, líder del contingente aqueo que sitia Ilión, marca el desarrollo de toda la trama. El Atrida Agamenón arrebata una esclava del botín de Aquiles; este oprobio sobre el héroe desencadena una tensa discusión en el primer canto de la Ilíada que no termina en un enfrentamiento directo entre los dos personajes por la providencial intervención de Atenea, diosa que cuida con especial celo a los aqueos. Este conflicto no solo dibuja la personalidad de Aquiles, sino que también supone el inicio de un arquetipo heroico que ha tenido profundas consecuencias en nuestros modos de concebir al sujeto moral.

Agamenón representa el poder político institucional, es quien lidera a los griegos, organiza y decide en las acciones bélicas que llevan a cabo en común. Sin embargo, en el campo de batalla no es el más sobresaliente de los guerreros, el mando no va asociado a la virtud guerrera individual y tiene sentido que así sea: la eficiencia en el liderazgo guerrero depende antes de la capacidad organizativa, el carisma o el número de hombres que aporte a la campaña que del mero valor en el combate. Por contra, Aquiles sí es reconocido por aqueos y los mismos troyanos como el guerrero más fuerte, casi invulnerable en la batalla; la virtud, el mérito individual no coincide con el liderazgo político y de esta contradicción emerge el conflicto entre ambos guerreros. Homero no toma partido en su obra, Agamenón no es un tirano cobarde que abusa de su fuerza sin más, en un primer momento intenta evitar el conflicto con Aquiles cuando discuten en la asamblea; tampoco Aquiles adopta una parcialidad malintencionada, ambos se ven empujados inevitablemente al conflicto, y ninguno se verá beneficiado por ello. La decisión de Aquiles de retirarse del combate llevará al ejército aqueo al mayor peligro, Agamenón perderá soldados y prestigio ante sus huestes; Aquiles perderá a su compañero Patroclo por su terquedad y, al enfrentarse a Héctor, acortará los días que le quedan sobre la tierra.

Por lo tanto, el centro sobre el que orbita la Ilíada será el enfrentamiento entre la valía subjetiva y el dominio político; en este enfrentamiento Aquiles representa el sujeto que se sabe mejor, que se sabe víctima de la injusticia y que, finalmente, se rebela. Este conflicto directo con el poder va a marcar el arquetipo heroico para el Occidente cristiano; arquetipo entendido como modelo en el que nuestra historia se inspirará para construir nuevas subjetividades heroicas. Porque, a pesar de la primacía en valor de Aquiles sobre Agamenón, a pesar del éxito interno en su enfrentamiento con el poder, Aquiles pierde; primero pierde la cordura atrapado en los lazos de la hybris, pierde a su compañero amado, precipita su destino y en vez de morir en singular combate perecerá por la flecha lanzada por uno de los troyanos más timoratos: Paris. Aquiles en su rebelión frente contra Agamenón vence internamente, incluso vence frente a la posteridad, pero en el mundo concreto donde los hombres viven ha perdido demasiado.

Este modelo de héroe que afirma su mérito frente al poder político, quizás no sea exclusivo de Occidente, pero sí lo es la centralidad que ha adquirido en nuestra tradición. Si Sócrates ha pasado a la historia inmortal de nuestra cultura es porque representa este heroísmo clásico: el sujeto que en su interioridad es mejor y no puede ni quiere doblegarse ante la dominación externa. El filósofo ateniense bien podría haber pedido disculpas en el juicio, haber renunciado a su labor filosófica para salvar la vida; por contra, Sócrates, tras ser encontrado culpable de los cargos que se le imputan, propone como pena ser contado entre los ciudadanos agasajados en el Pritaneo. De nuevo, el compromiso con ese espacio interior de virtud se opone a las exigencias de la vida práctica, e incluso del beneficio personal. Sócrates, igual que Aquiles, también perdió, en este caso la vida pero, de nuevo como el joven héroe, en cierta manera triunfó, fue destruido pero no doblegado. El héroe insubordinado ya no es guerrero sino intelectual.

Este arquetipo heroico que se fue forjando durante toda la Antigüedad aterrizó fuera precisamente del ámbito cultural en el que se forjó. El héroe espiritual que encarna la otra tradición sobre la que asentamos nuestra esencia, Jesús de Nazaret, era indudablemente judío, sin embargo su figura histórica no pudo arraigar en otra tradición heroica que no fuera la iniciada por Aquiles y continuada por Sócrates: el héroe como un sujeto subversivo que en el mundo contingente del poder que lo oprime, sin duda fracasa, pero que, por otro lado, con su fracaso alcanza un triunfo más pleno. Frente a héroes espirituales de otras tradiciones que mueren ancianos rodeados de discípulos, o triunfan militarmente contra los infieles, o desaparecen misteriosamente sin dejar rastro tras haber convencido a reyes y emperadores; Jesús de Nazaret encarna en la Palestina romana el ideal del héroe contrahegemónico, como Sócrates no busca ese enfrentamiento, pero, también como el ateniense, su virtud íntima, en este caso su virtud espiritual, lo convierte en un subversivo contra su propia voluntad. En otros contextos culturales, la muerte en la cruz hubiera sido la prueba evidente de la insuficiencia del magisterio del Nazareno; por ello no es de extrañar que tan pocos judíos abrazasen la nueva fe, ¿cómo podía el Mesías morir como un desarrapado cualquiera? El mundo grecolatino, por contra, tenía el terreno preparado para acoger a otro héroe trágico que en su defensa de la interioridad, ese ámbito íntimo que la bota de ningún soldado ni hegemón podrá hollar jamás, se dio de bruces contra la realidad. Nada representa mejor la diferencia entre el Occidente cristiano y el Occidente musulmán que la interpretación que da el Corán sobre el verdadero destino de Jesús de Nazaret: según el libro sagrado de los musulmanes Jesús no murió en la cruz sino que fue elevado al Cielo directamente, otro hombre fue confundido y sacrificado en su lugar. El Occidente musulmán rompe con la figura del héroe trágico, Mahoma triunfa, vence en la batalla; coherentemente, por tanto, esta tradición no puede aceptar un destino tan amargo como la muerte en la cruz para ʿĪsā, un profeta de Dios.

Ante la imagen del Cristo clavado en la cruz, las masas de creyentes cristianos siguen sintiendo lo mismo que los lectores de la Ilíada conocedores del destino de Aquiles. Ese sentimiento amargo sobre la radical injusticia de un mundo en donde en ocasiones el poder aplasta a los mejores, y que, por tanto, hace más digna la resistencia que el éxito. Aquiles, Sócrates y el Nazareno son los arquetipos heroicos que han conformado nuestra mentalidad hasta el día de hoy, sus figuras inadvertidamente aún condicionan nuestra visión del mundo, de lo que somos y debemos aspirar a ser.

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Tags: AquilescristianismoHomeroIlíadaJesús de NazaretSócrates

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