Esparta como contraideal occidental
0Los antiguos griegos consideraban que los bárbaros eran ajenos a la libertad política, y se sentían diferentes a ellos ya que los sistemas de organización helenos garantizaban un espacio de libertad. Este concepto de libertad política ha sido profusamente analizado por Hannah Arendt: la política era el ámbito en donde el individuo, junto con otros iguales, podía mostrarse tal cual sin coacción. Los helenos veían en los bárbaros un tipo de organización social que no era política, que no garantizaba ese espacio de igualdad: bajo el mando del Faraón en Egipto o del Rey persa, todos eran esclavos. Lógicamente, no solo los bárbaros podían perder la vida política libre, los griegos, víctimas de las tiranías, también caían bajo esa esclavitud generalizada que presuponen los imperios y reinos.
En la Grecia clásica, por tanto, un sistema político legítimo era aquel que permitiera ese ámbito en donde fuera posible la libertad; no importaba tanto cuántos ejercieran la soberanía ni cómo lo hicieran sino que se posibilitase ese diálogo igualitario en torno a la dirección de la polis. Democracia u oligarquía podían convivir con otros sistemas mixtos sin que se erigiera uno como único y verdadero, los modos concretos de organizar la ciudad eran eventuales, siempre que se garantizara un espacio para la libertad. Cada ciudad establecía su propio sistema de gobernanza, a pesar de las diferencias e incluso conflictos entre los modos concretos de gobernanza de cada una de las polis, se sabía distinguir bien la peculiaridad del sistema político libre con respecto a las formas tiránicas, bárbaras de organización.
No solo las formas políticas griegas sino también las romanas, tanto la República como el Imperio, han sido modelos que retroactivamente han perfilado las estructuras de organización social en Occidente. Históricamente, unos azares y circunstancias materiales nos han ido conduciendo a un modo de jerarquización social u otro y, desde tal realidad, hemos vuelto la vista atrás a la Antigüedad para legitimarla, sin duda, pero también para darle forma y comprenderla. Así las monarquías medievales tenían como paradigma el Imperio Romano, y merced a ese eco del pasado se configuraron las relaciones entre el Papado y los monarcas; a su vez, la lectura de historiadores clásicos y romanos permitió, buscando otras inspiraciones en el pasado, que explorásemos diversos caminos para gobernarnos. En este devenir, a partir, sobre todo, del siglo XIX, Atenas comienza a abrirse paso como espejo democrático en el que autoanalizarnos; de nuevo, ciertos factores ideológicos como los principios liberales, unidos a factores materiales como fue el aumento de la población urbana tras la revolución industrial, propiciaron un novedoso sistema de gobierno: la democracia liberal. Una vez instituido el modelo, se buscó refrendo e inspiración en la democracia originaria: Atenas. Así, esta ciudad helena no fue la semilla de los actuales sistemas representativos de gobierno, pero sí reservorio conceptual, sí principio ideal de lo que se empezó a entender entonces y aún seguimos entendiendo como el sistema político deseable: la democracia. Esto, irónicamente, aun cuando el sistema de participación directa ateniense muy diferente al representativo actual.
En cualquier caso, a día de hoy innumerables países se declaran democráticos. Desde luego, ninguno lo es, ni puede serlo, en sentido ateniense, pero eso es lo de menos. Actualmente ha quedado establecido que un sistema político se legitima cuando la mayoría, si no todos los ciudadanos, tiene capacidad para participar en las decisiones de gobierno. Esta tesis ha sido defendida en la teoría y en la praxis política por muchas otras culturas no occidentales, que, al ser un principio ético universal, se ha expresado de diversas maneras a lo largo y ancho del planeta. No obstante, desde el siglo XIX, el colonialismo occidental y la popularización de sus filosofías contrahegemónicas, como por ejemplo el marxismo, favorecieron la extensión por todo el globo de la ideología democrática. Irónicamente, un sistema de dominación como el colonialismo importó una ideología que defendía, idealmente, la igualdad en el ejercicio de la soberanía para todos los hombres. A este respecto, es evidente que Occidente ha pecado y peca de manifiesto cinismo, ya que ha defendido la democracia al mismo tiempo que no ha dudado en apoyar regímenes tiránicos si eso favorecía sus intereses geopolíticos. Por todo ello, otros pueblos buscan legítimamente en su historia pasada un referente democrático distinto, pero nosotros, los occidentales, no podemos evitar ver en Atenas un antecedente en el que inspirarnos.
Pero al echar la vista atrás, el ideal ateniense tiene un contrapunto inquietante, igualmente idealizado en nuestra historia: Esparta. Son innumerables los autores que desde la Antigüedad hasta nuestros días han visto en el estado lacedemonio un modelo que emular. Según autores como Jenofonte en su Constitución de Esparta o Plutarco en su Vida de Licurgo, Esparta fue una polis orientada a la educación marcial de sus ciudadanos. Desde muy pequeños los niños eran educados en una estricta disciplina física que no solo incluía ejercicio, sino una continua vigilancia y jerarquía. En esta polis se fomentaba la competencia a la vez que la camaradería. Eran famosas sus comidas comunes (syssitia): todos los días antes del anochecer, los espartiatas, ciudadanos de pleno derecho, debían comer juntos en tiempos de paz; de este modo entendían que se favorecía el sentimiento de pertenencia al grupo.
Los lacedemonios pretendían que tanto jóvenes, hombres maduros,como ancianos compartieran los ejercicios y el ocio; así se evitaba que los adolescentes quedasen sin vigilancia, líder o sin corrección.Otro rasgo llamativo es que los espartanos habían desterrado de su ciudad las «artes superfluas», que no solo incluían las artes suntuarias sino también actividades como la poesía, el teatro o la retórica que no tuvieran como fin mejorar moralmente a los ciudadanos o una utilidad directa en las actividades productivas o bélicas. Eran tan celosos de sus costumbres que no permitían vocablos extranjeros en su dialecto así como viajar individualmente fuera de las fronteras del país a menos que fuera en una expedición diplomática. En coherencia, los ciudadanos espartanos no tenían más oficio que el de la guerra y el entrenamiento físico y moral para ella. Los periecos e hilotas, pobladores libres sin derechos políticos los primeros, esclavos del estado, los segundos, se dedicaban a las tareas productivas como el comercio, producción de bienes, además de la ganadería y agricultura. La situación de los hilotas era especialmente dura; ano tener derechos de ciudadanía se le sumaba que eran tratados con desdén, golpeados y diezmados a placer por los espartiatas. Tucídides en el libro IV de su Historia, capítulo 80, narra un acontecimiento que muestra esta crueldad: los lacedemonios,temerosos de que los hilotas pudieran rebelarse en el contexto de la Guerra del Peloponeso, anunciaron que liberarían a dos mil hilotas por los servicios prestados a la patria, tras coronarlos y festejar con ellos la supuesta liberación, los hicieron desaparecer.
En palabras de Plutarco, lo que Licurgo, mítico legislador de los espartanos, pretendía con este tipo de organización social era:
«acostumbrar a los ciudadanos a que no desearan ni supieran vivir en privado, sino que, creciendo siempre juntos, como abejas en comunidad, y apilados unos con otros en torno a su jefe, casi con olvido de sí mismos por su entusiasmo y pundonor, se entregaran en cuerpo y alma a la patria.»
Plutarco; Vida de Licurgo; 25, 5, en la traducción de Aurelio Pérez Jiménez para la editorial Gredos
Así, aunque nos miremos en el espejo de Atenas, aunque reivindiquemos a la antigua Grecia como las bases desde las que asentamos nuestra identidad colectiva; no podemos obviar que esa idolatrada Grecia también era espartana. Un estado total, cerrado, militarizado y negador de la diferencia. Esparta sacrificó la belleza y el conocimiento a su pervivencia; es decir, orientó sus energías a través de la disciplina, no a la creación de pluralidad sino al sostenimiento de la homogeneidad social. En Occidente, el ideal ateniense ha convivido con este ideal lacedemonio. Esta admiración nace de un deseo irrealizable de disolver la propia individualidad, la personal responsabilidad vital en un cuerpo social que regule todas las decisiones de sus miembros. No solo Jenofonte o Platón admiraron este sistema organizado, también el fascismo y la machosfera, a día de hoy, lo reivindican. Porque Esparta también forma parte de nuestra esencia cultural, aunque sea como contraideal sobre el que se dibuja la democracia ateniense.

