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La Sangre del León Verde

Divulgación Filósofica y Pensamiento Libre

El proyecto político del bien común

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  • Por Ciudadano 014-Q
  • en Filosofía política
  • — 2 Oct, 2026

Que el fin último de la actividad política es el bien común parece un lugar común, sin embargo no ha sido la única teorización sobre cuál es el objetivo supremo de la acción política. Ciertamente, ya Platón y Aristóteles defendían que el bien del cuerpo político era el fin de la organización del Estado. Del mismo modo que la ética nos encamina a la vida propiamente humana, permitiéndonos desarrollar las facetas más notables de nuestra esencia como humanos; la política debería pretender, para estos antiguos filósofos helenos, lo mismo pero a nivel colectivo. Lógicamente el bien individual y el bien común entran en conflicto con suma frecuencia: un hombre puede sentir como preferible permanecer en su villa mientras otros van a guerrear en defensa de la polis, antes que ir a la guerra él mismo y morir. No había duda en los inicios de la reflexión filosófica occidental de la primacía de los intereses colectivos sobre los individuales, no a modo de una opresión de unos sobre otros sino de una armonía que se construía en la interacción entre ciudadanos; posibilitar y favorecer esta concordia en el tiempo es el objetivo de la acción política.

Tomás de Aquino era de la misma opinión: el poder político no está constituido para satisfacer los intereses particulares del monarca o de un pequeño grupo, sino aquellos que atañen a la comunidad en su conjunto. Introduce, eso sí, una salvedad no menor en el desarrollo de la teoría política: el poder político busca el bien terrenal de los hombres, pero el verdadero fin humano, donde reside su propia realización, es alcanzar el Reino de Dios; y posibilitar este fin le está reservado a la Iglesia, no al Estado.

Autores en apariencia tan descarnadamente realistas como Thomas Hobbes también defendían esta teoría sobre el fin último de la acción política. Que los hombres tengamos una tendencia natural a ser pendencieros y egoístas obliga a que el Estado ejerza la violencia firmemente para evitar el caos social, no obstante, el fin de esa violencia draconiana es, precisamente, garantizar la paz que es condición de posibilidad del bienestar general.

A pesar de lo anterior, no debemos dejar en el olvido que en la historia del pensamiento se han postulado otros fines diferentes al bien común para la acción política. Antes de nuestra era, autores legalistas chinos sostenían que el objetivo prioritario del ejercicio del poder es el mantenimiento del poder mismo. Es decir, se tiene la hegemonía como algo valioso en sí, por tanto, aquel que la ostente lo primero que debe buscar es continuar siendo el hegemón. El bien del pueblo es secundario, un medio para ese fin. Cara a los legalistas era la siguiente metáfora: un pastor cuida de su rebaño no por el bien del rebaño sino para beneficio del propio cuidador; si el pastor pretende curar a una oveja o alimentar a su ganado adecuadamente, no es para satisfacer a los animales, sino para poder usar de ellos óptimamente. Así, el gobernante agasaja, beneficia al pueblo no porque ese sea el fin de su poder sino porque es un medio adecuado para mantenerse en él.

Pero la excepción que suponen los legalistas o el Maquiavelo de El Príncipe, es más aparente que real. Ellos tratan de analizar la motivación de los que detentan el poder y proveerlos tanto de técnicas concretas como de marcos conceptuales amplios para afianzarse en la hegemonía. Aun así, el bien común ocupa en estas teorizaciones si no el primer lugar, sí uno bastante prioritario, en el caso de Maquiavelo, sirva de ejemplo, el bien del pueblo está antes que la satisfacción de los nobles como objetivo para mantener el poder. Por lo tanto, sea la que sea la perspectiva hermenéutica con la que analizamos el hecho político, encontramos que la búsqueda del bien común se nos presenta en la historia del pensamiento político como un principio de legitimidad.

¿Por qué es esto así? Detengámonos en la perspectiva de Max Weber sobre la legitimidad; aun cuando realiza el análisis desde la sociología, su diagnóstico nos puede ser de utilidad para comprender la centralidad que la búsqueda del bien común tiene en tantas teorizaciones sobre la política. Según el sociólogo alemán, existen tres tipos de legitimidad: carismática, basada en la atracción personal por méritos reales o supuestos que el líder genera en las masas que le siguen; la tradicional, que se fundamenta en costumbres heredadas que se consideran valiosas en sí mismas; y por último, la legitimidad legal-racional que se sustenta en la creencia en el valor de unas normas o principios impersonales. Esta teorización weberiana tiene justa fama porque podemos encuadrar cualquier tipo de liderazgo en una de estas tres legitimidades o en tipos mixtos de ellas, pero, más allá del marco weberiano, podemos constatar que existe una legitimidad de base que sustenta a todas las demás: la legitimidad que adquiere el poder por los beneficios que otorga a sus seguidores; la podemos llamar «legitimidad fáctica» o «legitimidad por los hechos». Por mucho carisma que tenga un líder, tanto la obediencia de sus súbditos como su proyecto político se desmoronan si no existe la sensación colectiva de que ese liderazgo es beneficioso para el propio grupo que se siente atado al líder. Esto no quiere decir que no se siga a líderes que nos exijan sacrificios, pero tales sacrificios son asumidos para alcanzar un fin futuro mejor, no por el gusto al sacrificio mismo. Si el poder se ejerce ineficientemente se cuestiona y la legitimidad carismática, tradicional o racional pueden apuntalarlo durante un tiempo pero no sostenerlo indefinidamente. Esto es así por una mera cuestión adaptativa, si los individuos aislados y las masas no tuviéramos la tendencia a buscar nuestro propio bien, pronto habríamos sido apartados en la lucha por la vida. Las masas pueden tener un nivel alto de resistencia a la adversidad, pero aceptar que esa resistencia a situaciones materialmente adversas es ilimitada es tanto como decir que el ser humano tiende a su propia autodestrucción. Ni el razonamiento ni los hechos históricos muestran tal cosa. Si la nación francesa siguió a Napoleón fue porque pensó que aumentaría su grandeza y mejoraría su bienestar, una vez se demostró lo erróneo de ese juicio, el emperador fue desterrado definitivamente en Santa Elena. Por tanto, aquella perspectiva filosófica que defiende que el bien común es el fin de la política no hace más que refrendar una tendencia histórica, reflejo, a su vez, de la ley natural que empuja a cada ser a afirmar su subsistencia.

Alguien diría que son precisamente los hechos históricos los que muestran grupos humanos guiados políticamente por líderes ineficaces o, incluso más, que llevaron a esas comunidades a su destrucción. Esto incuestionablemente es así, del mismo modo que un ave baja del cielo a alimentarse de un fruto que en realidad es un reclamo del predador que la destruye. Es decir, que la tendencia natural de los seres vivos sea a su propia supervivencia y que esa tendencia guíe a los seres humanos en sus decisiones colectivas, no implica que las decisiones que se tomen sean infalibles en cada ocasión. Máximamente en decisiones de gobernanza política en donde el bien común es complejo de definir y el acto decisorio en sí puede verse afectado por la manipulación de las élites dirigentes. No obstante, considerando todo lo anterior, podemos ver que aquellas comunidades que han sabido prever con más acierto su propio bien y los cauces para alcanzarlo, han sido las que han sobrevivido en la lucha histórica; tal triunfo no otorga a las sociedades triunfantes legitimidad moral alguna frente a otras menos exitosas, sencillamente su pervivencia se manifiesta como hecho.

Pero el bien común no se define solo como un estado de bienestar material; Hannah Arendt distinguía entre “lo social” y “lo político” para subrayar que si queremos comprender el desarrollo de las sociedades humanas no basta el reduccionismo materialista. Lo social representa el ámbito de la necesidad biológica perentoria, es decir, aquellas necesidades que como seres naturales precisamos para sobrevivir o valoramos por comodidad. El bien común socialmente entendido son unas condiciones materiales ventajosas. Irónicamente tanto el capitalismo como el comunismo han incidido en esta faceta del bienestar humano, de tal manera que una sociedad humana es exitosa en tanto que consigue desarrollar la producción para satisfacer el consumo de productos o servicios. No obstante, la filósofa citada añade “lo político” como otra columna que sostiene el bienestar humano. Frente a lo social que se asocia a la necesidad (biológica-material), lo político es la posibilidad de la libertad, la capacidad de un individuo o grupo de expresarse espontáneamente como particular, manifestación de la autenticidad, afirmación de la diferencia frente a la igualación homogeneizadora de las leyes de la necesidad. Así, una comunidad humana no busca simplemente llenar la panza y descansar, sino expresar lo que ella es en particular y mantenerse en su ser propio evolucionando según los medios a su alcance. Si solo existiese lo social los seres humanos seríamos algo así como pedazos de carne que interaccionan entre sí según leyes darwinistas; pero los hechos históricos muestran individuos y comunidades que sacrificaron su pervivencia o comodidad en aras de lo político. No podemos contextualizar esto como excepciones o aberraciones de supuestas leyes materialistas, toda vez que esos hechos nos inspiran por su altura de miras; lo político forma parte, como lo material, del objetivo político del “bien común” y es el olvido de este hecho lo que nos induce en la actual sociedad mercantil-productivista a que consideremos la lucha por la dignidad humana mero romanticismo frente a las leyes inexorables del mercado.

Tanto en las sociedades opulentas como en las desarrolladas se observa un fenómeno llamativo: el aumento de la insatisfacción vital en grupos humanos que objetivamente tienen un alto grado de bienestar material. Que el bienestar material aumente la sensación subjetiva de felicidad tiene un límite; en las primeras fases del desarrollo existe una relación directa entre desarrollo material y felicidad colectiva. Por ejemplo, si una comunidad llega a un nivel de desarrollo material tal que permite evitar la muerte infantil prematura por desnutrición o enfermedades en una proporción significativa, eso supondrá objetivamente un aumento en el bienestar colectivo. Menos padres deberán enfrentarse a la muerte temprana de sus hijos. No obstante, llegados a cierto nivel de desarrollo la relación se rompe e incluso puede invertirse ya que la felicidad es un estado de ánimo subjetivo condicionado por el nivel de logro que se considera normal en un contexto social dado, pero sobre todo por la percepción subjetiva que el individuo hace de su propia condición en el tiempo. Así, si un campesino trabaja de sol a sol para conseguir un mísero cuenco de alimento y se traslada a una fábrica en la ciudad en donde es explotado durante las mismas horas que trabajaba en el arrozal, pero con los años puede permitirse comer mucho mejor, garantizar la educación a sus hijos e incluso comprarse una pequeña motocicleta, se podrá sentir subjetivamente satisfecho aunque las instituciones internacionales digan que vive rozando el umbral de la pobreza. Si los hijos de ese campesino que han vivido en chabolas viendo a sus padres sobretrabajar, consiguen un puesto en el sector servicios de ocho horas al día y además de los bienes que disfrutaban en su familia, ahora pueden comprarse un coche e, incluso, irse unas semanas de vacaciones, seguirán percibiendo su situación como ventajosa, se sentirán afortunados. Por esto en los países en vías de desarrollo los niveles de satisfacción subjetiva aumentan con las mejoras materiales, porque comparativamente los individuos sienten la mejoría. Pero este desarrollo tiene un límite: cuanto más mejoramos materialmente lo hacemos a costa de consumir cada vez más recursos finitos, además las diferencias sociales van aumentando lo que induce a comparaciones con sujetos materialmente más afortunados que rebajan subjetivamente la autopercepción del bienestar.

Este precisamente es el problema de las sociedades occidentales contemporáneas, a pesar de su alto nivel de desarrollo material, crece la insatisfacción subjetiva, el malestar psíquico. El fenómeno de la “generación de cristal” es un hecho cierto, los jóvenes y adultos jóvenes muestran una mayor incidencia de depresión o ansiedad frente a generaciones anteriores que, en muchos casos, vivieron en entornos socioeconómicos más hostiles. Pero esta realidad no es tan peculiar como pensamos, en un contexto de desarrollo económico prolongado en el tiempo, la generación posterior ha sido, generalmente, menos resiliente a la adversidad que la anterior porque las situaciones de carencia a la que estaban habituados sus antecesores se convierten en excepción para ellos. Cierto es que, en ocasiones, caemos en un culto a la debilidad del carácter, en convertir, inadvertidamente, la empatía hacia el otro en una manera de reforzar su aparente fragilidad como medio de llamar la atención. Siendo real este hecho, no lo es menos que a mayor nivel de desarrollo material, más fácilmente nos frustramos ante adversidades que nuestros progenitores consideraron banales.

Lo anterior no pretende denostar a las nuevas generaciones, sino que busca manifestar un hecho social y comprender su necesidad. Contestar a los jóvenes estresados por la explotación laboral que “tu abuelo tenía dos trabajos de lunes a lunes y no se quejaba” es tanto como decirle a una mujer agredida sexualmente que en el Paleolítico las mujeres se enfrentaban a violencia sexual cotidianamente y no se lamentaban tanto. No estamos en los tiempos de nuestros abuelos, ni en la prehistoria, aunque parece cada vez más que algunos deseasen volver a ellos. Es, precisamente, esa sensibilización ante el contexto social-material lo que abre la posibilidad de “lo político”, permite el desarrollo pleno de la libertad entendida como expresión ante iguales. El orillamiento de lo político como elemento constitutivo del “bien común” lleva a las sociedades desarrolladas a la insatisfacción, a un camino sin salida en donde el crecimiento económico no redunda en mayor bienestar sino en mayor capacidad para la frustración. Si observamos a nuestro alrededor la libertad política se ha transformado en un bien de consumo: eres libre en tanto compras o tienes. Pero la libertad no es una abstracta quimera, es la posibilidad de pensarnos y expresarnos en comunidad, en ser humanos entre humanos. La falta de un debate radical sobre quiénes somos o quiénes queremos ser en la arena pública es una muestra más de nuestra renuncia consciente o inconsciente a seguir creyendo en un verdadero proyecto colectivo tanto social como, sobre todo, político.

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Tags: Hannah ArendtlegalismolegitimidadMax Weber

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