Verdad e ideología
0La realidad aparece como polarizada: luz frente a oscuridad, femenino y masculino, paz y guerra… Por tanto, cabe plantearse si tal polarización es metafísica o epistemológica, es decir, si el ser del mundo es en sí mismo una lucha de contrarios (Heráclito) o, de otro modo, la perspectiva dual del mundo es fruto de la configuración de nuestro propio aparato perceptivo que simplifica la pluralidad de estímulos en dicotomías. A pesar de la dilatada raigambre de teorías metafísicas como la del yin-yang que consideran la polaridad como una esencia del mundo en sí, a día de hoy, las explicaciones a tales oposiciones que se antojan fundamentales se inspiran en la psicología de la percepción y la teoría del conocimiento. En otras palabras, es la propia mente humana la que simplifica en una oposición un mundo que en sí es plural. Ciertamente, una de las herramientas más básicas con la que estructuramos las percepciones es la de afirmación-negación. Por ejemplo, si buscamos un pigmento rojo en una serie de tarros multicolores, podemos captar el color de cada uno de los pigmentos sin dificultad pero para la tarea encomendada nuestra mente funciona distinguiendo los objetos en «rojo»- «no rojo». Así, admitiendo que las sensaciones físicas son complejas y están graduadas, a la pregunta de «¿tienes sed?» nuestra mente comprende que la polaridad «sed»-«no sed» es la estructura básica desde la que debemos responder, siendo las situaciones intermedias (v. gr. «no mucha sed») posicionamientos eventuales en esa disyunción.
Esta simplificación dicotómica tiene su paralelismo en la reflexión política y, por tanto, en los debates ideológicos. La izquierda y la derecha no son más que el reflejo actual de esta polaridad, pero antes de ese antagonismo han existido otros parecidos en nuestra historia política: partido democrático vs. partido aristócrata en la Atenas clásica; güelfos y gibelinos en la Italia bajomedieval; jacobinos contra girondinos en la Revolución Francesa; liberales frente conservadores en la Europa del siglo XIX; prusianos y antiprusianos en la España neutral durante la Primera Guerra Mundial, etc. Este posicionamiento del propio sujeto frente a los otros, o mejor dicho, la comunidad de la que el sujeto se siente miembro contra los otros distintos es, de nuevo, una posición epistémica básica, podríamos decir que primaria pero, por eso mismo, eficiente en la categorización de mi opinión frente a las otras.
La ideología tiene una función socializadora antes que intelectual, cumple la función de hacernos sentir miembros de un grupo cuyos límites están trazados por los otros que piensan diferente; la raíz de esa pertenencia ideológica es emocional, satisface la necesidad gregaria de sentirse como parte de un colectivo. Por contra, al pretender dirimir cuestiones políticas de interés común, al menos idealmente la ideología debería ser expresión de nuestra racionalidad, es decir, fruto de una reflexión en el tiempo sobre los asuntos que afectan al cuerpo político al que pertenecemos o pretendemos pertenecer. Cuando Rousseau defendía la participación ciudadana en la toma de decisiones, lo hacía desde la posibilidad de que los miembros de la Asamblea de ciudadanos pudieran tomar decisiones dejando al margen sus intereses particulares, es decir, pensando en el bien común. Esta capacidad racional del ciudadano para tomar decisiones justas es el núcleo teórico de toda defensa clásica de los sistemas políticos de amplia participación. Vemos por lo tanto como la ideología política tiene una cariz emocional de pertenencia grupal y otra faceta que se pretende racional en tanto que está orientada a la toma de decisiones colectivamente beneficiosas.
Todo pensamiento ortodoxo es falso en tanto que no es libre, es decir, cuando una reflexión no es elaborada por el sujeto para dilucidar la verdad sino para encajar dentro de un dogma, ese pensamiento es inautentico, está alienado por el credo ante el cual deberá ser examinado. En este sentido, toda ideología como herramienta de pertenencia grupal es una ortodoxia que anula la capacidad de pensar en autenticidad, es decir, en verdad. Sin embargo, a pesar del desprecio racional, teórico que podemos sentir hacia la ideología, no podemos negarle realidad como hecho social: hasta ahora en las sociedades de masa, cuando las mayorías han accedido a la posibilidad de expresar su opinión política lo han hecho desde la polarización ideológica. Es demagógico achacar esta polarización a la financiación por parte de las élites plutocráticas, aunque tal financiación existe y es condenable, de nada serviría si no hubiera una propensión en las masas a posicionarse ideológicamente de manera dicotómica.
El drama de la democracia es que cuanto más irrestricta sea la participación más tendencia habrá a que se generen polaridades ideológicas. Contraviniendo la visión optimista de que todos los ciudadanos reflexionan sobre lo común buscando el bien colectivo, los hechos muestran que cuanto mayor sea el número de participantes en la toma de decisiones, más se simplifica la deliberación por una mera cuestión práctica. Una toma de decisión entre tres participantes permite establecer un consenso con más facilidad que si esa toma de decisiones implica a trescientos ciudadanos. La facilidad de alcanzar un consenso es inversamente proporcional a la cantidad de individuos implicados en la toma de decisiones; así, las agrupaciones amplias que deciden por votación cuanto más numerosas sean, más fácilmente crearán un disenso frente a la opinión que se determina como mayoritaria. Es por ello que en un sistema de participación amplio, la votación de propuestas no se basa en la racionalidad de las mismas sino en su capacidad movilizadora, es decir, en que adopten un formato ideológico acrítico. Es el dilema de Goebbels: cuanto más amplio sea el público que deba decidir, más vulgar, emocional y simple deben ser los mensajes, ya que la racionalidad aunque común a todos los hombres está graduada y su ejercicio implica tanto esfuerzo como tiempo, mientras que las emociones son primarias y comunes a todos. Esto mismo hace que cuanto más abierto sea un sistema político, más susceptible sea de ser manipulado por agentes externos si cuentan con presupuesto para hacerlo; la continua injerencia ideológica de Estados Unidos de Norteamérica en las democracias liberales actualmente es una muestra de ello.
Lo anterior no implica un rechazo a la democracia sino señalar algunos de sus problemas fundamentales. Cuanta más amplia sea la participación más difícil es sustituir la ideología emocional por la reflexión racional sobre el bien común en la toma de decisiones; no obstante, esto no implica que esa pretendida reflexión racional llegue a conclusiones unívocas sobre el bien colectivo. Los defensores de las dictaduras tecnocráticas parten de la idea de que la reflexión racional sobre cómo alcanzar el bien común llega a una conclusión teórico-práctica definitiva y única pero esto no es así; el pensamiento racional manifiesta su verdad en la pluralidad de propuestas que dialogan entre sí críticamente.
Tras el análisis anterior cabe preguntarse sobre el papel del intelectual en la práctica política de las democracias capitalistas actuales. Si el elemento movilizador son las ideologías y estas son contrarias a la labor intelectual, ¿qué hacer? Simplificando la cuestión podemos decir que el intelectual puede inhibirse de participar en la práxis política de su tiempo como Sócrates o, adoptar el ropaje de la ideología aún cuando internamente sea consciente de su parcialidad como podría haber hecho Marx. De todos modos, el papel del intelectual en la práxis política contemporánea solo interesa a los propios intelectuales, que es tanto como decir a nadie o casi nadie.
La lechuza de Minerva levanta el vuelo en la oscuridad; esto es aplicable a la influencia que tiene la reflexión política racional sobre la realidad social donde se inserta. La influencia de Sócrates, Locke o Kant en nuestras concepciones políticas actuales es incuestionable pero nadie puede pretender enarbolar el «Segundo tratado del gobierno civil» o «Sobre la paz perpetua» en una manifestación para derrocar un gobierno. Un politólogo en cuanto tal, así como un filósofo o un analista político en cuanto tales, no son portadores de ideologías, de dogmas mantenidos acríticamente sino, al contrario, posibilitadores de nuevas ideas que amplíen el discurso político actual o futuro. Así la reflexión política desideologizada muestra su función práctica por su capacidad de reorientar el marco ideológico general; es por ello que una sociedad abierta debe no solo tolerar sino alentar el trabajo intelectual que busca dilucidar el bien común y los medios para alcanzarlo porque tales reflexiones, a pesar de nacer en el ámbito teórico, tienen la potencialidad de hacer evolucionar el marco político dado, profundizando, haciendo más plural y, en definitiva, mejorando la adaptación de la ideología al curso de la historia.

