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La carretera de Cormac McCarthy PDF Imprimir E-mail
Blog - Libros
Escrito por FulgencioRobledero   
Sábado, 06 de Febrero de 2010 00:00
   La carretera de Cormac McCarthy es un libro duro pero también de un crudo lirismo. Un padre y un hijo pululan por un mundo devastado, en el que una densa capa de nubes impide la llegada de la luz del sol a la tierra. Para sobrevivir solo pueden saquear almacenes y casas abandonadas y huir continuamente de otros hombres que en su lucha por la supervivencia cazan a otras personas para devorarlas. La carretera guía los pasos de padre e hijo y los conduce a bosques destrozados por las llamas, pequeños pueblos saqueados y páramos helados en su recorrido hacia el mar.

    Aunque la novela solo cuenta con dos personajes principales y la acción parece difícil en un mundo apocalíptico, McCarthy consigue atraparnos en la lectura de esta breve novela: las vicisitudes de los personajes, el amor incondicional del padre hacia su hijo, el horror descarnado de hombres convertidos en lobos para otros hombres, subyugan nuestra atención y nos lleva de página a página hasta el final del libro. En cualquier momento, desde la primera hasta la última página, parece que la tragedia va a descargar sobre los protagonistas en cualquier instante, y esa tensión dramática también hace que la lectura del libro resulte adictiva.

    De un modo maestro McCarthy nos engaña sobre el final (no voy a hacer spoiler), el desarrollo de la novela parece marcar claramente un final, pero el autor nos sorprende con otro inesperado pero creíble.

    “La carretera” nos permite reflexionar sobre la fragilidad de nuestra civilización, esclava de las redes de distribución de alimentos y de la especialización. Si un horror como el que narra el libro ocurriera, la muerte sería el destino de la mayoría de nosotros. Pero a pesar de la desolación que trasmite, la novela también es una oda a la necesidad de conservar principios en las situaciones más desesperadas y en la urgencia de los afectos sinceros para sobrevivir.

    Vivaquearon en el bosque demasiado cerca de la carretera para su gusto. Tuvo que arrastrar el carrito mientras el chico lo guiaba desde atrás y encendieron fuego para que el viejo se calentara aunque eso tampoco le gustó demasiado. Comieron y el viejo se quedó allí sentado envuelto en su solitaria colcha y asiendo la cuchara como un niño. Solo tenían dos tazas y se bebió el café en el mismo tazón que había usado para comer, los pulgares montados sobre el borde. Sentado como un buda famélico y roñoso, la mirada fija en las brasas.
No puede venir con nosotros, ¿sabe?, dijo el hombre.
El viejo asintió.
¿Cuánto tiempo ha estado en la carretera?
Siempre estuve en la carretera. No te puedes quedar en un solo sitio.
¿Y cómo vive?
Voy tirando. Sabía que esto iba a pasar.
¿Sabía que iba a pasar?
Sí. Esto o algo parecido. Siempre creí en ello.
¿Intentó prepararse?
No. ¿Qué se podía hacer?
No lo sé.
La gente siempre se afanaba para el día de mañana. Yo no creía en eso. Al mañana le traía sin cuidado. Ni siquiera sabía que la gente estaba ahí.
Imagino que no.
Aunque supieras qué hacer luego no sabrías qué hacer. No sabrías si querías hacerlo o no. ¿Y si no quedaba nadie más que tú? ¿Y si te hacías eso a ti mismo?
¿Usted desearía morir?
No. Pero quizá desearía haber muerto entonces. Cuando estás vivo siempre tienes la muerte ahí delante.
O quizá desearía no haber nacido nunca.
Bueno. Un mendigo no puede elegir.
Piensa que eso sería pedir demasiado.
Lo hecho hecho está. Además, es estúpido pedir lujos en tiempos como estos.
Tiene razón.
Nadie quiere estar aquí y nadie quiere marcharse. Levantó la cabeza y miró al chico que estaba al otro lado del fuego. Luego miró al hombre. A la luz de la lumbre el hombre vio que sus ojillos le observaban. Sabe Dios qué vieron aquellos ojos. Se levantó para echar más leña al fuego y apartó los rescoldos de las hojas secas. Las chispas ascendieron en roja sacudida y murieron más arriba en la negrura. El viejo apuró su café y dejó el tazón delante de él y se inclinó con las palmas de las manos hacia el calor. El hombre le observó. ¿Cómo lo sabría si fuese el último hombre sobre la Tierra?, dijo.
No creo que pudiera saberlo. Lo sería y ya está.
Nadie lo sabría.
Eso no tendría ninguna importancia. Cuando mueres es como si todo el mundo se muriera también.
Supongo que Dios sí lo sabría, ¿no?
Dios no existe.
¿No?
Dios no existe y nosotros somos sus profetas.


Cormac McCarthy; La carretera; Circulo de Lectores 2007 pp. 141-142

 
Confesiones de un andaluz fumador de marihuana ( I ) PDF Imprimir E-mail
Blog - Reflexiones
Escrito por FulgencioRobledero   
Lunes, 01 de Febrero de 2010 00:00

    Introducción:

    Este artículo abre una serie de textos dedicados a recoger mis experiencias en el consumo de marihuana. Estos textos no pretenden ser una apología de las sustancias psicoactivas ni un alegato en contra de su uso. Las sustancias y técnicas alteradoras de nuestra conciencia ordinaria han acompañado a la humanidad desde sus inicios y todo hace pensar que nos acompañarán hasta nuestro fin. Vivimos bajo una realidad que creemos dada como autoevidente, pero esa realidad no es más que un modo de percibir el mundo, modo creado por la sociedad y por nuestras aptitudes biológicas. Otras realidades conviven con la realidad cotidiana en nuestra mente, a veces negando la cotidianidad y, en otras ocasiones, yuxtaponiéndose a ella. El valor de objetividad de lo real es una mera ficción, un burdo engaño que nuestra limitada conciencia cotidiana nos impone para que nos aferremos a ella, no hay tal objetividad. Inquisidores, psiquiatras y gerifaltes varios se han autoproclamado garantes y defensores de esa objetividad a despecho de las evidencias. Los sueños, los éxtasis y otros estados de conciencia no ordinarios se imponen como realidades autónomas que a veces penetran en nuestra realidad cotidiana para enriquecerla o para destruirla, en algunas ocasiones esas experiencias pasan por nuestra vida sin pena ni gloria, sin dejar rastro apreciable. Esos demonios y ángeles puede que no vivan más allá de nuestro corazón, pero su imperio es tan real como el timbre de la sirena que marca el fin de nuestra jornada laboral o el relámpago que ilumina la oscuridad de la noche. Como un experimento filosófico que pretende ir más allá de la realidad normalizada debe ser entendido esta serie de artículos. Si para el lector resultan ser una invitación al consumo de sustancias psicoactivas o una advertencia en contra de su uso es algo que escapa de mi intención.

    Contexto del consumo:


    Tras doce años sin consumir hachís, en este primer retorno al consumo fumo varias caladas de un primer cigarrillo ligado con marihuana y tabaco y varias caladas más intensas de un segundo cigarrillo liado únicamente con marihuana. La sustancia me es proporcionada por un compañero, desconozco la variedad de la planta y su grado de maduración. La experiencia se realiza inmediatamente después del consumo de una copa generosa de ron con lima. Estoy rodeado de cinco compañeros y tres compañeras. Es media noche y he tomado una copiosa cena. Es sábado 29 de noviembre del 2009.

    Descripción de los efectos alteradores de la conciencia ordinaria:


    Al poco rato de haber dado la última calada al segundo cigarrillo siento una maravillosa sensación en mis hombros. Es mi rebeca y mi camiseta interior que se posan sobre mis hombros como si me acariciasen, mi sentido del tacto parece muy excitado. Aunque hablo de caricia la sensación no tiene nada de sexual, es simplemente que el tacto de mi ropa sobre los hombros adquiere una centralidad casi total sobre el resto de mis sensaciones, y es una sensación muy dulce. Soy plenamente consciente de este cambio en mi percepción y de que es fruto del consumo de la droga. Miro mi mano y al mirarla la percibo como si estuviera viendo una película de tres dimensiones: los trazos están muy definidos sin llegar a ser luminosos. Al mirar mi mano lo que hay tras ella se difumina como fondo. De igual manera que sentía mi tacto concentrando la consciencia en mis hombros, ahora siento mi visión y mi mano como centro total de mi actividad perceptiva. Tras estos primeros efectos pierdo la noción del tiempo.
    Lo siguiente que siento e
s como las conversaciones de mis compañeros se entrelazan como si fuera música, todos hablan a su debido tiempo e incluso cuando las conversaciones se yuxtaponen lo hacen de manera armoniosa y bella. Me siento como si dirigiera una orquesta en donde la charla y la música de Antony & the Johnsons, que he puesto en el equipo, fueran diferentes instrumentos. Evidentemente sé que el ritmo de la charla y el jazz no dependen de mi voluntad pero juego con esa idea y me sobrevienen momentos de euforia que externalizo con risas y carcajadas. Un fenómeno sumamente hermoso es la sensación de que sé lo que va a decir cada contertulio; cuando alguien habla tengo una especie de deja vù continuo, es decir, la sensación de que “yo sabía que esta persona iba a decir esto antes de que lo dijera”, sin embargo esta idea solo cobra forma una vez que la persona ha hablado.
    Las bromas me hacen reír mucho, pero especialmente hermoso es cuando alguien hace reír a la concurrencia y todos ríen a la vez, entonces la música de la conversación se convierte en una auténtica sinfonía efímera.
    Digo algunas incoherencias que a mi me parecen grandes alardes de ingenio. Se ríen de mis incoherencias y yo me río también. Nadie ha fumado tanto como yo del segundo cigarrillo de marihuana, además soy muy sensible a cualquier sustancia psicoactiva; en definitiva, nadie ha llegado a tener un estado tan alterado como el mío. Me preguntan cosas para saber si me encuentro bien, en esos momentos dejo las risas y la introspección y respondo muy serio: “Estoy perfectamente” o frases por el estilo. Sueno convincente y a mi mismo me parezco convincente, con el paso del tiempo dejan de preguntarme. Escribo el nombre de mi chica trazándolo con mi dedo en la mesa desnuda, me da la sensación que todo el mundo conoce su nombre y se percatan de ello, pero sé que no es así. Vocalizo mudamente su nombre dividiéndolo en tres trozos, es un nombre hermosísimo y comprendo que aún en el estado que me encuentro mis sentimientos hacia ella son sinceros. Viéndolo retrospectivamente la sensación que me produce pronunciar su nombre me recuerda a la que describe Navokov al principio de “Lolita” cuando el protagonista deletrea el nombre de su musa “Lo-li-ta”.
    Las anteriores sensaciones auditivas y de vocalización no las puedo ubicar temporalmente, pero creo recordar que muchas de ellas me acompañaron durante buena parte del tiempo que duró los efectos de la marihuana en mi cuerpo. Recuerdo que mis compañeros cambiaron la música del equipo más tarde y cuando fueron a cambiarla yo aún podía percibir estas alteraciones auditivas. Sin embargo, tiendo a pensar que fue en la primera hora u hora y media cuando estos efectos tuvieron una mayor importancia.
    Tras las primeras fumadas dejé de consumir conscientemente. A pesar de mi estado, era plenamente consciente de que estaba bajo los efectos de la droga y de que debía moderarme si no quería la total disolución de mi conciencia. Mis compañeros siguieron fumando cigarrillos con tabaco y poca marihuana, además de beber más alcohol. Yo en la primera hora o media hora renuncié a seguir consumiendo, cuando me pasaban los cigarrillos los rehusaba. Ahora me extraño de mi autocontrol, ya que reía inmoderadamente y me quedaba mirando un punto fijo en cualquier lugar. A esto hay que añadir las alteraciones de la percepción e incluso alucinaciones que narraré más adelante, sin embargo, me propuse mantener la conciencia y controlar el consumo y pasé las dos horas siguientes sin tomar ninguna otra droga. El autocontrol me preocupaba, no quería ser indiscreto o mal educado con los compañeros, creía que podía perder la máscara social totalmente y olvidarme de la más mínima norma de cortesía; por esta razón me propuse controlar mis actos; a pesar de la alteración en la que me encontraba lo conseguí.
    Como ejemplo diré que unos amigos me regalaron unos libros. Ya estaba totalmente sumergido en los efectos de la marihuana. Los libros ya lo había leído y al preguntarme mis compañeros si los había leído les dije, diplomáticamente, que no, que conocía a los autores pero que no recordaba haber leído esos libros en concreto. Aún me extraño de haber sido capaz de dar una respuesta tan pertinente y aún más de recordar que aquellos libros en concreto los había leído. Parecería como si mi capacidad de autocontrol o mi máscara social estuviera debilitada pero que, por otra parte, pudiese hacer uso de ella en el momento en el que la necesitase.
    Me asalta una gran sed pero no me atrevo a levantarme por miedo a caerme. No creo que en esos primeros momentos pudiese mantener la verticalidad. La sed se hace más y más intensa. Siento también que el vómito por el alcohol parece acercarse. Me comprometo en luchar contra la necesidad de vomitar y la sed. Es una lucha titánica pero no me angustia, lo llevo con calma aunque, aunque me preocupa no es algo que domine mi espítitu. Creo que en esos momentos de lucha por mantener el control doy una imagen a los presentes de profunda circunspección por lo que ellos mismos han narrado; estos momentos de ensimismamiento se alternan con estallidos de risa.
    La primera alucinación es mirar al frente a mis compañeros y verlos rodeados de llamas blancas que le llegan al pecho. No siento el calor e incluso a la vista las llamas parecen frías. No me asustan lo más mínimo, son bellas. Mientras estas llamas congeladas les rodean, mis compañeros hablan entre sí con naturalidad. La segunda alucinación es ver a un compañero hablando y de repente se convierte en un torbellino, en ese torbellino se le distingue a él y a un esqueleto. El esqueleto es gris y de un metro de altura, con una cabeza desproporcionadamente grande. Dentro del torbellino parecen bailar. Me resulta una visión perturbadora, como si viese en su futuro o dentro de él, así que aparto la mirada de la visión: es como si bailase con la muerte. Aunque la descripción de las alucinaciones parezca siniestra, ni me aterran ni me desagradan. Hasta lo peor parece enhebrado por la belleza.
    No tuve ningún mal viaje. Jugué con la idea de que iba a morir cuando los efectos de la marihuana pasasen pero no conseguí angustiarme, era una idea expurea proveniente de mi intelecto. La introduje para ver que efecto producía, pero no produjo ninguno, no parecía importarme o sentía esa idea como ajena a mi estado de ánimo.
    Finalmente me levanté sin perder la verticalidad para ir a beber. Bebí y me sentí mucho mejor, la sed era muy fuerte. Oí a alguien decir que estaba bebiendo, entendí que mis compañeros se preocupaban por mi estado. Más tarde volví a levantarme para coger una manzana que comí en la mesa con ellos.
    Casi al final cambiaron la música, me preguntaron sobre un disco que tenía y supe contestar coherentemente sobre él. No estaba totalmente ajeno a lo real.
    En torno a las tres de la mañana la fiesta empezó a acabar, mis compañeros fueron marchándose paulatinamente. Yo seguía bajo los efectos de la marihuana, reía y me quedaba circunspecto intentando solucionar un puzzle de lazos de metal que tengo en mi casa. Aún así pude ser consciente del ruido que algunos hacían y les rogué que se callasen para no molestar a los vecinos. Otro que intentaba jugar con una espada de madera le tuve que recordar que tuviese cuidado con la lámpara. Tenía bastante conciencia del contexto espacial y social en el que me hallaba.
    Una vez se fueron me entró hambre. Fui a la cocina y cogí fruta variada, comí sobre todo algunos plátanos. Me desnudé y me duché sin problemas. Me fui a la cama y me dormí plácidamente entre risas.
    Al día siguiente los efectos de la droga persistían. Reía sin venir a cuento y al leer veía en la forma de construir las frases de la novela una armonía tan abstracta como hermosa. El efecto secundario más duradero fue la sequedad de boca que me acompañó más de una semana.
    En próximas experiencias calibraré la dosis y anotaré la variedad de marihuana para saber cuánto y qué estoy fumando. Intentaré llevar un registro horario exhaustivo para situar las alteraciones de la conciencia en el tiempo.

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Última actualización el Jueves, 21 de Enero de 2010 20:07
 
Negritos buenos y negritos malos PDF Imprimir E-mail
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Blog - Reflexiones
Escrito por FulgencioRobledero   
Miércoles, 27 de Enero de 2010 00:00

    Habiendo pasado ya el ciclón informativo del secuestro del pesquero español Alakrana a mano de bucaneros somalíes, y estando en pleno meollo mediático del secuestro de unos solidarios españoles en Mauritania, creo que es el momento de volver a reflexionar sobre la “solidaridad internacional”, “ayuda al desarrollo” o como queramos llamarlo en la neolengua bienpensante de nuestra época.
    Porque a pesar de su aparente neutralidad política la solidaridad a los desfavorecidos de la que hacen gala los países capitalistas tiene un radical sesgo político, al menos en su faceta más mediática y evidente. Por un lado, nos enternecemos y hacemos colectas benéficas cuando los medios de propaganda democráticos nos muestran niños demacrados por la miseria, mujeres llorando y aldeas arrasadas. Entonces el negrito que se muere de hambre es digno de nuestra compasión y apoyo económico. No me parece extraño que el natural sentimiento de fraternidad se sensibilice ante escenas tan crudas como las que narro. Lo que no me parece natural es que mientras los medios de propaganda burgueses y la ciudadanía democrática en general derrochan compasión y algunas migajas de su insultante riqueza en estos desheredados, por otro las imágenes de estos mismos desheredados en pie de guerra provoque nuestro rechazo. Si el negro que aparece en pantalla está muerto de hambre, rápidamente arañamos unos euros de nuestros bolsillos para acallar nuestras conciencias, pero si el negro sostiene un subfusil e intenta salir de la miseria y luchar contra los opresores, se convierte ipso facto en un terrorista desalmado al que eliminar de la faz de la tierra. ¿Tan difícil es comprender que el africano que sostiene ese arma es el mismo que en la foto anterior se moría de hambr
e, solo con una diferencia, que en la primera estaba indefenso contra la depredación capitalista y en la segunda no? Occidente esquilma los recursos pesqueros de Somalía, empujando a ciento de pescadores tradicionales a la miseria; con sus pesqueros de última generación nos paseamos por las costas de países depauperados y qué esperamos ¿qué los oprimidos nos saluden al pasar? ¿qué los que nada tienen respeten nuestra sacrosanta riqueza? En Mauritania llevamos ayuda humanitaria en lujosos todo-terrenos y haciendo alarde de las últimas tecnologías, cuando uno solo de nuestros artefactos tecnológicos como móviles o portátiles podría dar de comer durante meses, sino años, a una familia del tercer mundo, ¿qué esperamos? ¿qué nos sonrían y celebren nuestras generosas limosnas?
    El capitalismo no es inocente y solo reparte su riqueza y pone en marcha sus aparatos de propaganda a favor de los que no son una amenaza a sus intereses. El pueblo de Cuba, asolado por el embargo yanki tiene un defecto que no lo hace adecuado a nuestra compasión: es un pueblo en lucha. El pueblo palestino, asesinado lentamente por el cáncer sionista posee el mismo defecto; iraníes, venezolanos, FARC o EZLN son ejemplo de desheredados que han encontrado el medio para dejar de serlo. No son tan fotogénicos como aquellos que mueren de hambre ante los buitres, pero son los que se merecen mi apoyo económico y moral; y mi desprecio para aquellos que chalanean con el dolor de los más débiles para acallar su conciencia o para lanzar el mensaje a los oprimidos de que solo con la sumisión habrá limosnas para ellos.

Sé feliz

Última actualización el Miércoles, 27 de Enero de 2010 08:01
 
Discurso de la servidumbre voluntaria PDF Imprimir E-mail
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Blog - Política y actualidad
Escrito por FulgencioRobledero   
Viernes, 22 de Enero de 2010 00:00

   Étienne de La Boétie (1530-1563), amigo íntimo de Michel de Montaigne,  a pesar de su breve biografía ha pasado a la historia del pensamiento político por su corta obra “Discurso de la servidumbre voluntaria”. La obra, a su vez, adquirió relevancia en las disputas religiosas del XVI porque fue usada por los protestantes contra la monarquía católica francesa.
    El Discurso empieza planteando un problema empírico: ¿por qué los hombres viven bajo el imperio de otros hombres renunciando a su libertad política? Casi todos los hombres, constata de La Boétie, viven bajo el yugo de reyes, tiranos, funcionarios, líderes, etc. que les esquilman económicamente y que les niegan capacidad de decisión política. Sin embargo, estos mismos hombres bien podrían recuperar su libertad con el simple gesto de no obedecer las órdenes de los tiranos; los mismos oprimidos dan sus fuerzas a los opresores: con sus impuestos pagan las cadenas que los atan y con sus hijos forman los ejércitos que los asesinan. ¿Por qué ocurre esto, cuando bastaría la desobediencia para acabar con esta opresión? Parece que el autor está preconizando el ideario de la desobediencia civil, ejemplificado por Gandi, según el cual el mejor sistema para oponerse a la tiranía es desobedeciéndola.
    Ante esta pregunta de La Boétie se plantea la duda de si el amor a la libertad será algo natural o si el el hombre más bien será siervo por naturaleza. La constatación del amor por la libertad de los antiguos griegos o los romanos de la República nos dice a las claras que la libertad es un impulso connatural al hombre. Los mismos animales tienen este amor a la libertad y muchos prefieren morir a vivir cautivos.
    La primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre. Unos hombres de modo imprudente pierden la libertad y viven bajo el yugo de un tirano. Ellos que han conocido la libertad sufren esta opresión y el amor a la libertad perdida les acompañará mientras vivan; sin embargo, ¿qué pasará con sus hijos?, ellos han nacido esclavos y no han conocido la libertad, por lo tanto no podrán reclamar un privilegio que no han conocido. De esta manera los tiranos deben imponerse con mucha violencia, pero cuando se han asentado en el poder el tiempo corre a su favor inculcando la costumbre de servir a sus siervos. Aún así, de La Boétie reconoce que, como los caballos criados entre hombres que se resisten a ser montados, muchos hombres, sin haberla conocido, sienten en su alma ese deseo natural de libertad y se oponen en toda época y lugar a la tiranía. Esto reforzaría la tesis del autor de que el amor a la libertad es connatural a los hombres.
    La ramificación de los privilegios del poder es la segunda razón por la que vivimos en servidumbre voluntaria. El tirano no actúa solo, tiene cinco o seis cómplices que son sus “hombres de confianza”. Estos cómplices viven y acrecientan su fortuna gracias a su cercanía al tirano, por lo que ellos son firmes defensores del poder establecido. Pero estos cinco o seis ministros, chambelanes, consejeros... tienen otros clientes a los que favorecer con sus dádivas, por lo que también ellos defenderán la tiranía. Estos a su vez tendrán otros vasallos que se benefician de las migajas del poder, y así hasta que la sociedad se ve infectada por una enorme cantidad de tiranillos que debe a su mayor o menor cercanía al poder toda su fortuna; este ingente ejercito es el que defiende la tiranía. El consejero del último pueblo, el más mísero soldado de a pie, el último funcionario del Estado, deben su rol a su pertenencia a ese cuerpo de tiranía por lo que defenderán a ultranza la perpetuación del sistema opresor.
    El Discurso es un texto que intenta denunciar la opresión sin pretender la construcción de una nueva utopía política, por esto de La Boétie no explicita en ningún momento como sería el sistema político en el que fuera posible la libertad de los hombres. Cita a Atenas, Esparta, la Roma republicana y a su contemporánea Venecia como ejemplos de sistemas políticos libres, dejando entrever el modelo clásico de polis como contexto en donde la libertad es posible más allá de como se concrete la administración de lo político en esa polis: democracia u oligarquía. Parece entenderse que es crucial para la libertad de los ciudadanos la implicación directa de los individuos en la organización de lo público. Aunque su concepto de régimen político justo no queda explicitada su rechazo a la monarquía, a la que no distingue de la tiranía, es muy claro.
    El texto del francés tiene la evidente virtud de clarificar uno de los problemas centrales de la teoría política, el problema de la obediencia al poder. Además de exponer el problema de la obediencia en toda su realidad el autor intenta analizar las causas de la sumisión contraponiéndolas al deseo natural del hombre por la libertad. Este amor a la libertad política fue una constante fuente de reflexión para los clásicos como Tucídides, Cicerón o Demóstenes, de La Boétie en su espíritu renacentista cita continuamente a los clásicos y enlaza ideológicamente con ellos. Quizás el mayor defecto de la obra, comprensible por su brevedad, es que en el análisis de la obediencia se dejan otras motivaciones de la sumisión más profundas que la mera costumbre o la jerarquización de la tiranía: el miedo a la violencia del estado, el asumir el poder como legítimo-racional o el deseo de obedecer, quizás tan natural como el amor a la libertad en el hombre, etc. son otras motivaciones de la obediencia que nuestro autor pasa por alto.
    En todo caso, la obra de de La Boétie es altamente recomendable por su corrección en las conclusiones; su crítica feroz a la tiranía, tan necesaria hoy por hoy; y su fuerza retórica que no puede sino enaltecernos y dejarnos en el corazón el deseo de seguir preguntándonos ¿por qué la tiranía se impone por doquier a despecho del odio de los pueblos a los tiranos? Para muestra de la fuerza expresiva del Discurso dejo aquí un fragmento en la traducción de Pedro Lomba para la editorial Trotta:
    

    “¡Pobres y miserables pueblos insensatos, naciones obstinadas en vuestro mal y ciegas a vuestro bien! Os dejáis arrebatar ante vosotros lo mejor y lo más claro de vuestros bienes, saquear vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles antiguos y paternales. Vivís de suerte que no podéis jactaros de que nada sea vuestro, parecería que en adelante sería una gran fortuna disfrutar de vuestros bienes, vuestras familias y vuestras vidas tomadas en arrendamiento. Y todo este daño, este infortunio, esta ruina os viene no de los enemigos, sino ciertamente del enemigo, y de aquel de cuya grandeza toda sois vosotros los autores, por el cual vais con tanto ardor a la guerra, por cuya grandeza no escatimáis vuestras personas a la muerte. Aquel que tanto os domina sólo tiene dos ojos, sólo tiene dos manos, sólo tiene un cuerpo, y no tiene nada más que lo que el menor hombre del gran e infinito número de vuestras ciudades, a no ser las facilidades que vosotros le dais para destruiros. ¿De dónde ha sacado tantos ojos con que espiaros, si no se los dais vosotros? ¿Cómo tiene tantas manos para golpearos si no las toma de vosotros? Los pies con que pisotea vuestras ciudades, ¿de dónde los ha sacado si no son los vuestros? ¿Cómo osaría atacaros si no fueseis sus cómplices? ¿Qué podría haceros si no encubrieseis al ladrón que os saquea, si no fueseis cómplices del asesino que os mata y traidores vosotros mismos? Sembráis vuestras cosechas para que él las estrague; amuebláis y remozáis vuestras casas para proveer sus saqueos; criáis a vuestras hijas para que tenga con qué saciar su lujuria; criáis a vuestros hijos para que lo mejor que pueda hacerles sea llevarlos a sus guerras, conducirlos a la carnicería, convertirlos en ministros de sus codicias y ejecutores de sus venganzas; enderezáis vuestras personas a que pueda entregarse a sus deleites y solazarse con sus viles y sucios placeres; os debilitáis a fin de hacerle más fuerte y más inflexible para ataros en corto. Y de tantas indignidades que las mismas bestias, o no las sentirías, o no las soportarían, vosotros podéis libraros si intentáis, no ya libraros de ellas, sino simplemente querer hacerlo. Resolveos a no servir más, y seréis libres. No quiero que os lancéis sobre él, ni que le derroquéis, sino, solamente, que no le apoyéis más, y le veréis entonces como un gran coloso al que se le ha retirado la base y se rompe hundiéndose por su propio peso.”
         Étienne de La Boétie, Discurso de la servidumbre voluntaria; Editorial Trotta 2008, pp. 31-32.

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Educando a cínicos PDF Imprimir E-mail
Blog - Educación
Escrito por FulgencioRobledero   
Domingo, 17 de Enero de 2010 00:00

    Siempre han existido cínicos; en consonancia con el DRAE considero cínico a aquella persona que actúa irresponsablemente y es incapaz de asumir las consecuencias de sus actos. Un banquero que desfalca y sale impune de su robo es un cínico; un político corrupto que se escuda en su pertenencia al poder para no pagar sus culpas es un cínico. Como dije, siempre ha habido cínicos que han pretendido arrojar la piedra y esconder la mano, esperando con ello huir de toda responsabilidad. Esto no son cosas del hoy sino del ayer y, mucho me temo, también del mañana. Lo que sí es nuevo es un sistema pedagógico encaminado, consciente o inconscientemente, a inculcar el cinismo como actitud vital.
    Como educador constato como poco a poco se ha ido implementando a golpe de ley en las aulas españolas y europeas esta mentalidad que pretende exculpar al menor de la responsabilidad y por lo tanto de su libertad. Con la escusa de “es que es menor de edad” el niño en el aula y fuera de ella puede usar la violencia contra sus compañeros y profesores, puede vandalizar los recursos públicos y actuar según su parecer con la total seguridad que nada o casi nada le va a ocurrir. Es un menor y tiene derecho a ser educado aún cuando él conculque este derecho al resto de los alumnos y viole el derecho del trabajador educativo, es decir del profesor, a realizar su trabajo. El sistema educativo público español no cuenta con ninguna medida que impida el daño continuo a la convivencia que suponen los alumnos disruptivos, ellos saben que tienen la sartén por el mango, saben que son menores y tienen derecho a la educación, no pueden ser expulsados del sistema, no pueden ser castigados ni echados fuera del aula. Estos alumnos, que suelen vivir en familias desestructuradas, tienen en los padres la indiferencia culpable, buena escuela también para la irresponsabilidad, o, en el peor de los casos, la complicidad de los progenitores con los desmanes de sus hijos. Como educador puedo dar fe de lo que digo.
    La criminalidad juvenil crece a la sombra de este panorama pedagógico pero ¿qué educación está permitiendo el estado en sus centros? Aquella que dice que tus derechos están por encima de cualquier deber, incluso por encima de los derechos de los otros; el estado enseña a los niños que su edad les exime de responsabilidad ¿querrán a los dieciocho años que aprendan sentido del deber por ciencia infusa? Como educador me siento víctima y responsable de esta situación: de los institutos salen hombres que podrán ir a la universidad o aprender una profesión junto con energúmenos de dieciséis años que se creen con derecho a violentar la convivencia y se saben con la seguridad de que sus actos no tendrán consecuencias. ¿Qué será de ellos fuera de los centros educativos? ¿Los pedagogos buenrolleros son capaces de valorar el alcance de sus bellas teorías? ¿Se sentirán responsable de la deformación moral de toda una generación? Lo dudo, los apólogos del cinismo y la irresponsabilidad probablemente sean ellos también cínicos e irresponsables.
    El cinismo y la desvergüenza ha acompañado a la humanidad desde siempre, pero hoy un sistema pedagógico intenta inculcar esos valores como parte de su ideario. Las consecuencias son previsibles, en los países pedagógicamente “modernos” cada vez más menores se ven envueltos en violaciones, asesinatos, robos... quizás el sistema pedagógico no sea la única causa del incremento de la violencia juvenil, pero nadie me negará que algo tendrá que decir al respecto.

Sé feliz

 
Juego de tronos PDF Imprimir E-mail
Blog - Libros
Escrito por FulgencioRobledero   
Martes, 12 de Enero de 2010 00:00

Juego de Tronos es la primera novela de un ciclo inacabado de siete titulado “Canción de Hielo y Fuego”, el autor es el estadounidense  George R. R. Martin.

    Más allá de las distinciones de género cuando leemos “Juego de tronos” estamos ante una gran obra de literatura de entretenimiento. A pesar de sus numerosas páginas la lectura es ágil por el ritmo trepidante de la acción y la estructura novela-río de la obra.

    La acción de la novela trascurre en el mundo ficticio de Poniente y en menor medida en  otro continente de extensas llanuras separado de Poniente por el mar. Poniente está dividido en siete reinos gobernados por sus respectivas familias dinásticas, por encima de esas casas dinásticas está el rey Robert, llamado el Usurpador. Al norte de Poniente se erige un enorme muro custodiado por la Guardia de la Noche, el muro separa los siete reinos de las tierras salvajes, en las que aún viven pueblos y seres monstruosos. Mientras los siete reinos sufren el azote de las intrigas entre las casas y la desmesura del Rey Robert, al norte, en el muro, parecen agitarse seres que se creían desaparecidos. Por si fuera poco en las lejanas llanuras de los dothraki la legítima heredera del anterior rey asesinado se casa con un poderoso líder de los bárbaros nómadas.

    La acción presenta giros inesperados, los supuestos héroes mueren con tanta frecuencia como los villanos. La división entre bien y mal es a veces ambigua, caracterizándose a los personajes con una profundida
d inhabitual para este tipo de novelas de entretenimiento. Los elementos “fantásticos” típicos de este tipo de obra están solo anecdóticamente presentes, y van apareciendo en el desarrollo de la acción de manera muy paulatina y medida. Esto dota a la obra de verosimilitud, sin arrebatarle el regusto fantástico que el lector espera en ella.

    La lectura de “Juego de Tronos” nos invita a reflexionar sobre las razones del poder y de la ambición; además cuestiona otras motivaciones humanas como el honor, la búsqueda de la gloria y de aceptación, etc.

    Sin embargo, la serie de novelas no está finalizada y me temo que nunca lo será. La quinta novela de las siete debía publicarse en 2006 y a día de hoy sigue sin publicarse en inglés, a pesar del enorme éxito de público que ha tenido la obra. Dada la edad del autor y su falta de interés en terminar la serie (Juego de tronos se publicó en 1996 y quedan tres novelas por terminar) preveo que la saga “Canción de Hielo y Fuego” se convertirá en una maravillosa saga que pudo haber sido y no fue. Esta es la razón por la que me estoy planteando continuar leyéndola o no. Merece la pena pensárselo.

sé feliz

Última actualización el Martes, 12 de Enero de 2010 12:20
 
Cuando es mejor ser el que sobra PDF Imprimir E-mail
Blog - Reflexiones
Escrito por FulgencioRobledero   
Jueves, 07 de Enero de 2010 00:00

 

 

 Hace unos días vi el siguiente problema que ironiza sobre los cuestionarios psicológicos en microsiervos. El problema pertenece al blog de matemáticas de Tanya Khovanova y plantea la siguiente cuestión: ¿cuál de las figuras sobra en la sucesión? El dilema está incompletamente planteado, hay dos opciones: que sobre uno a que sobren los otros cuatros, es cuestión de como queramos ver las cosas. Interesante problema que merece una reflexión sobre la sociedad que queremos construir.

sé feliz

 

 
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