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Política y actualidad
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Escrito por IF...
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Jueves, 26 de Enero de 2012 00:00 |
 En su conferencia de 1919 “La política como vocación”, Max Weber analiza algunos elementos fundamentales de la vida política de su tiempo: la definición de Estado, la partidocracia, los modos de legitimación de poder, etc. Entre estos elementos imprescindibles, según el alemán, para entender la política del momento está el periodismo. Para el autor, la aparición del estado constitucional y de la democracia en Occidente conllevaron que la jefatura política del estado fuera, y sea, habitualmente detentada por un “demagogo”. Weber utiliza esta palabra sin matiz peyorativo, demagogo fueron tanto Cleón como Pericles; fueron ellos, en la asamblea, los que dirigieron al pueblo. El demagogo utiliza el discurso para convencer y guiar al pueblo, sin embargo, hoy en día, aunque se sigue usando el discurso como herramienta política, es más frecuente el uso de la palabra escrita para dirigir a la masa de seguidores. Pero ¿quién es el que escribe la palabra impresa que posteriormente moldea los actos de los seguidores de los líderes políticos (jefes de partidos)? El periodista y, en menor término, el publicista político (asesores). El periodista representaba, en el momento en el que se impartió la conferencia que comentamos, la figura más notable del demagogo, sin embargo, rara vez el demagogo-periodista se convierte en jefe de partido, como era natural anteriormente, ¿por qué? En primer lugar porque el periodista, como el abogado y el artista, pertenece a una especie de casta social “paria” que los miembros “respetables” de la sociedad considera moralmente peor. Hoy en día, sobre todo en EE.UU., la figura del abogado sigue siendo denostada; la del artista también en casi todo occidente: unos y otros adoptan, en el imaginario colectivo, modos de vida y de moralidad “distintos” cuando no peores. El periodista también y aunque quizás esa imagen no sobreviva entre nuestros tópicos sociales con tanta fuerza como a principios del XX, sigue manteniéndose un cierto desprecio, entre algunas capas de la población, hacia la figura y la profesión periodística. A pesar de esto, Weber defiende esta figura, ya que aunque se subraye en nuestra memoria la obra periodística irresponsable o complaciente con los intereses creados; la labor del periodista es un trabajo plagado de peligros, como por ejemplo la redacción por encargo, y de dificultades materiales.
“Como lo que se recuerda es, naturalmente, la obra periodística irresponsable, a causa de sus funestas consecuencias, pocas gentes saben apreciar que la responsabilidad del periodista es mucho mayor que la del sabio y que, por término medio, el sentido de la responsabilidad del periodista honrado en nada le cede al de cualquier otro intelectual. Nadie quiere creer que, por lo general, la discreción de un buen periodista es mucho mayor que la de las demás personas, y sin embargo así es.”
Weber, Max; La política como vocación; Alianza Editorial 2009, trad. Francisco Rubio Llorente; p. 118.
Además el periodista encuentra otra dificultad para llegar a ser jefe de partido y es la falta de libertad ya que al ser un trabajador remunerado que necesita trabajar para subsistir, la mayoría de los periodistas se encuentran en esta situación, su actividad como articulista tendrá que satisfacer las exigencias de sus patronos antes que las necesidades propias como intelectual. Por eso llega afirmar Weber que la influencia política que pierde paulatinamente el periodista es adquirida por los magnates de la industria editorial, el sociólogo pone el ejemplo concreto de Alfred Harmsworth, lord Northcliffe. Por estos peligros la profesión de periodista es un medio importante para llegar a la “política profesional”, aunque no para alcanzar la jefatura. El periodista puede convertirse en los estados democráticos constitucionales en un elemento activo del discurso político, aunque esa posibilidad no esté al alcance de todos y menos aún de “los caracteres débiles” (Ibíd., p. 121) ya que, los peligros internos a los que no puede sustraerse ningún periodista con amplitud de mirada y las necesidades materiales hacen complicado un trabajo periodístico que vaya más allá de repetir tópicos o que evite la eventualidad de convertirse en mera propaganda.
El análisis de Weber me resulta acertado. En tiempos como los actuales, de profunda crisis, es necesario un periodismo comprometido. Lleva siendo necesario hace mucho tiempo pero la pérdida de independencia de los periodistas, que están, muchas veces, supeditados a los partidos y a los Alfred Harmsworth actuales, ha promovido que estemos en la actual situación. No solo está en crisis la economía y los valores sino la libertad de pensamiento. Internet ha supuesto la ruptura del monopolio de la información, el articulismo, la palabra escrita (ya no impresa) parece, poco a poco, erosionar terreno al periodismo de la imagen y recuperar su antiguo papel. Si el periodista a principios del XX corría el riesgo de vender su alma al mejor postor, el periodista del XXI, convertido en bloguero, se enfrenta al ruido de la red si quiere ser escuchado e influyente. El debilitamiento de la televisión como medio de dirigir a la masa, fruto del nacimiento de otros modos de comunicación más directos pero igualmente masivos, nos lleva a una esperanzadora situación similar, pero a la inversa, a la que constató Weber: el bloguero gana cada vez más influencia como constructor de opinión en detrimento de los grandes grupos de capital que monopolizaron la construcción de la opinión pública hasta no hace mucho.
sé feliz
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Última actualización el Jueves, 26 de Enero de 2012 19:27 |
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Análisis del actual sistema educativo -
Análisis del actual sistema educativo
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Escrito por IF...
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Sábado, 21 de Enero de 2012 00:00 |
Creo que puedo partir de la tesis según la cual para que un individuo que desarrolla una labor sienta satisfacción en su ejecución, es preciso que la dificultad específica de ese desempeño esté adaptada, en mayor o menor grado, a las habilidades y capacidades del sujeto. En el actual sistema educativo, sin embargo, los alumnos son forzados a desarrollar unilateralmente ciertas facultades intelectuales en detrimento de otras facultades intelectuales y la mayoría, si no todas, de las facultades manuales, artísticas o morales. Esta educación parcial, por lo tanto, condena a la insatisfacción vital a buena parte de la población que no posee las capacidades o intereses que según los ideólogos educativos de nuestro sistema deben poseer todos los sujetos que integran la sociedad. Por otro lado, el hecho de que nuestra educación fomente ciertas capacidades y olvide otras, lleva a que muchos alumnos no descubran jamás una verdadera vocación o labor en donde desarrollar sus habilidades. Irónicamente, es posible que muchos estudiantes universitarios estén en esta situación: han estudiado lo que se suponía que debían estudiar, sin tener acceso a otras actividades que, quizás, les hubieran aportado mayores satisfacciones que la intelectual. Peor aún es la situación de aquellos alumnos con capacidades en ciertos ámbitos no valorados por nuestro sistema de formación, estos chicos lucharán por encontrar un lugar en la sociedad y cuando lo encuentren pueden sentirse infravalorados ya que la labor en la que muestran mayor habilidad podría ser una habilidad no académica y por lo tanto de menos valor subjetivo. La razón por la que se valora menos la mayoría de las habilidades manuales frente a las intelectuales es compleja y merece una reflexión antropológica y sociológica profunda; pero es evidente que el nulo o ínfimo espacio que tienen en nuestras escuelas e institutos de educación secundaria obligatoria las competencias propias de un carpintero, mecánico o agricultor, por ejemplo, ayuda mucho a que estas profesiones no tengan un estatus social tan privilegiado como otras que precisan de una formación más intelectual. La aspiración de la mayoría de los progenitores es que sus hijos lleguen alto dentro del sistema de formación académica intelectualista que sufrimos, la mayoría de los padres prefieren neciamente que sus hijos sean abogados en vez de carpinteros, profesores en vez de mecánicos o arquitectos en vez de agricultores. Esa cruel mentalidad, que condena a miles de jóvenes por imposición parental a estar dentro de un sistema de formación que no cumple con sus expectativas, es parte de nuestra secular estupidez, no cabe duda, pero también es explícitamente fomentado por nuestro intelectualismo pedagógico. Es triste tener que argumentar lo obvio, así que de momento me voy a eximir de explicar por qué tal mentalidad sobre lo que “deben” ser nuestros hijos es una idiotez; lo importante es subrayar que esta mentalidad y el sistema educativo que la mantiene condenan a la frustración a muchos alumnos que no ven potenciadas sus capacidades propias ni atendidos sus intereses legítimos y que son, desde muy pequeños, clasificados y orientados según su “validez” dentro de un sistema estandarizado no atento a la realidad social ni humana. También conviene sacar otra de las consecuencias de esta mentalidad y es que mientras que se incrementa el número de personas con estudios superiores, cada vez es más difícil encontrar a alguien que sepa cultivar la tierra, hacer una instalación eléctrica o reparar electrodomésticos. Esta mentalidad también fomenta, en último término, una fractura social entre los que trabajan manualmente y los que trabajan prioritariamente con el intelecto. Aún así lo anterior no es lo peor a nivel social. A nivel social este modelo educativo corta las alas a un nuevo sistema de producción en donde el pleno empleo sea una meta realista y posible y no la utopía que es a día de hoy. Efectivamente, creamos a jóvenes con títulos académicos de escaso valor y exiliamos a una masa ingente de fuerza productiva de nuestra educación. Pues es claro que aún cuando no sepamos a donde nos lleva la crisis económica, el sistema económico nuevo o reformado que sustituya al actual, valorará al trabajador especializado tanto como al que posea múltiples habilidades y quizás a este último antes que al primero, y es igualmente claro que nuestro actual sistema de educación no forma a los jóvenes ni de un modo ni de otro. Además, la desatención de la formación profesional que se produce por las razones antes aducidas, condena a ciertas áreas de producción a la subcualificación, lo que potencia el estatus social irracionalmente degradado que pesa sobre algunas profesiones o tareas. Que todo estos factores debilitan nuestro sistema productivo es algo que se concluye fácilmente de lo anterior, aunque no podemos olvidar que para el mantenimiento de muchas democracias capitalistas la existencia de amplias capas de población insatisfechas y frustradas es una necesidad vital. Es difícil imaginar que una población formada integralmente y en donde la mayoría han podido desarrollar sus habilidades específicas en libertad asista al expolio económico, asistencial y ecológico de su país con la pasividad que demuestran muchos de nuestros conciudadanos y vecinos. Pero eso es otra cuestión. Lo que me interesa aquí es mostrar que el intelectualismo que domina la educación de la siguiente generación, condena a esta misma juventud a vivir en una sociedad fracturada y con un dudoso porvenir.
Este artículo forma parte de un conjunto en el que analizo el actual sistema educativo.
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Última actualización el Miércoles, 11 de Enero de 2012 19:08 |
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Fragmentos
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Escrito por IF...
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Lunes, 16 de Enero de 2012 00:00 |
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Hoy quiero compartir con los lectores del blog un fragmento de la obra de Tito Livio en la que narra como la generosidad de un general romano puso fin a un enfrentamiento armado. He puesto en negritas en el texto aquellas reflexiones del general Camilo en donde pondera más alto el respeto a los derechos naturales entre los hombres que la victoria militar. Que existe un derecho de gentes y un derecho de guerra, parecen invenciones novedosas pero el pueblo romano se nos adelantó más de dos mil años en esa consideración. Quizás, triste es decirlo, aún estén en esto, como en tantas otras cosas, muy por delante de nosotros, que pertetramos y consentimos contínuos crímenes de lesa humanidad. ``Tenían por costumbre los faliscos encargar a una misma persona el magisterio y la custodia de sus hijos, y eran confiados muchos niños a la vez al cuidado de un solo maestro, lo cual aun en nuestros días sigue dándose en Grecia. Los hijos de los notables, como casi siempre, eran instruidos por quien parecía sobresalir por su saber. Tenía éste por costumbre, en tiempo de paz, sacar a los muchachos a jugar y hacer ejercicio fuera de la ciudad, y no habiendo interrumpido tal práctica durante la guerra, a base de tiempo los fue alejando de la puerta a distancias primero más cortas y, luego, más largas con juegos y charlas diversas; cuando se presentó la ocasión, se alejó más de lo acostumbrado y los llevó por entre los puestos de guardia enemigos y de allí al campamento romano hasta el pretorio, a presencia de Camilo. Allí su acción infame añadió unas palabras más infames aún, diciendo que entregaba Falerios en manos de los romanos, al poner en su poder a aquellos muchachos cuyos padres estaban en la ciudad al frente del gobierno. Cuando Camilo oyó esto, dijo: “Infame, tanto tú como tu oferta, no has acudido ni a un pueblo ni a un general semejante a ti. No nos unen con los faliscos las relaciones que establecen con un pacto los hombres, pero las que genera la naturaleza las hay y las habrá entre ellos y nosotros. Existe también un derecho de guerra, lo mismo que de paz, y hemos aprendido a respetarlo tan justa como valerosamente. Tenemos armas no para dirigirlas contra una edad a la que se respeta incluso en la toma de las ciudades, sino contra unos hombres armados a su vez, que sin haber recibido daño ni provocación por nuestra parte, atacaron el campamento romano en Veyos. A esos, tú los has vencido, en cuanto a ti dependía con una infamia sin precedentes; yo los venceré al estilo romano, a base de valor, trabajo y armas, como a Veyos.” A continuación, se lo entregó a los muchachos desnudo, con las manos atadas a la espalda, para que lo llevaran de nuevo a Falerios, y les dio varas para azotar al traidor mientras lo llevaban a la ciudad. Ante este espectáculo, primero se formó una aglomeración de gente, luego los magistrados convocaron al senado para tratar del extraño asunto, y los ánimos experimentaron un cambio tal de actitud que la población, que, momentos antes, presa de un odio y una cólera feroz, casi prefería un final como el de Veyos a una paz como la de Capena, pedía unánimemente la paz. La lealtad romana, la equidad del general eran comentados en el foro y en la curia; por acuerdo general, parte una embajada a presencia de Camilo al campamento y, desde allí, con el consentimiento de Camilo, hacia Roma a presencia del senado para entregar Falerios. Introducidos ante el senado hablaron, dicen, en estos términos, “Padres conscritos: vencidos por vosotros y vuestro general con una victoria que no puede provocar resentimiento de ningún dios ni de ningún hombre, nos entregamos a vosotros, convencidos, y esto es lo más hermoso para un vencedor, de que viviremos mejor bajo vuestra autoridad que bajo nuestras leyes. El desenlace de esta guerra proporciona dos saludables ejemplos al género humano: vosotros habéis preferido la lealtad en la guerra a una victoria inmediata; nosotros, movidos por vuestra lealtad, os hemos dado la victoria espontáneamente. Estamos en vuestro poder; enviada a alguien a hacerse cargo de las armas, los rehenes, la ciudad; las puertas están abiertas. Ni vosotros vais a tener queja de nuestra lealtad, ni nosotros de vuestra autoridad.” A Camilo le dieron las gracias tanto los enemigos como sus conciudadanos. A los faliscos se les exigió dinero para pagar a los soldados aquel año, a fin de que el pueblo romano quedase exento del impuesto. Ajustada la paz, el ejército volvió a Roma.´´ Tito Livio; Historia de Roma desde su fundación; Editorial Gredos 1990; traducción de José Antonio Villar Vidal; lib. V, cap. 27 sé feliz
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Análisis del actual sistema educativo -
Análisis del actual sistema educativo
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Escrito por IF...
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Martes, 10 de Enero de 2012 00:00 |
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A lo largo de nuestra vida descubrimos incontables individuos que se dedican con éxito y placer a las actividades más diversas desde la pesca a la geología, pasando por la alfarería. Menos frecuente, es que alguno de esos individuos se ganen la vida desarrollando esa actividad en la que encuentran su deleite. A primera vista cuesta comprender que es lo que hace que el instrumentista pase largas horas pegado a su instrumento, ensayando y perfeccionando su técnica solo tras mucho esfuerzo; o lo que empuja al corredor o ciclista a sufrir el rigor del invierno o de la canícula, a veces, desgraciadamente poniendo en riesgo su vida, en una actividad física agotadora; o lo que hace que el mecánico dedique su tiempo a componer y descomponer aparatos sin apenas valor. Las motivaciones de estas personas en apariencia tan distintas tienen una raíz común, que un sujeto se dedique a una de estas actividades o a una labor intelectual depende del azar y de las capacidades de cada cual. Como expuse en un artículo anterior el placer asociado al ejercitamiento de las capacidades de abstracción lógico-lingüísticas es de doble naturaleza, negativa y positiva. El placer negativo en la praxis de la abstracción es el que se produce cuando cesa la tensión mental a la que está sujeto el individuo. Es el mismo placer que experimenta el hambriento cuando come: finaliza un estado de déficit y se inicia un estado de “plenitud”. Este placer negativo se puede experimentar en cualquier actividad humana ya sea corporal, mental o espiritual, por lo tanto no es extraño que muchos lo hayan sentido en el desempeño de su labor o afición, sea esta de la naturaleza que sea. En ocasiones este placer que proviene de la liberación de la tensión previa se vive como fin de una presión psicológica externa, por ejemplo, cuando el niño escucha el dulce y liberador sonido del timbre que anuncia el fin de la jornada escolar. Por lo tanto, aunque el placer negativo que haya el científico en la abstracción matemática es el mismo que el del artesano o el del artista con esto no hemos avanzado mucho porque es, en definitiva, un placer negativo que puede ser sentido, probablemente, por cualquier ser sensible. En cuanto al placer positivo nos encontramos en una situación similar aunque aquí los matices son más ricos. El insight que siente el traductor, el intelectual o el científico ¿se lo negaremos al escultor o al relaciones públicas? Esta es la baza principal del intelectualismo, su falta de empatía con otros profesionales no intelectuales. No es necesario forzar mucho nuestra imaginación ni este discurso para mostrar que, efectivamente, el tallista o el mecánico, por ejemplo, no se hallan tan lejos en su actividad manual-mental de la del intelectual. Porque, por un lado, precisan habilidades que han debido adquirir tras una larga práctica, habilidades que solo unos pocos poseen en un alto grado; y porque, por otro, la sensación al arreglar un motor o encontrar su falla, la sensación de haber dado la forma apropiada a una talla y la sensación de insight que se experimenta cuando se resuelve un problema abstracto no deben de distar mucho. Es más, aquellos afortunados que no han deformado su alma hasta parecer solo cerebro, solo manos o solo lengua y que han cultivado distintas disciplinas manifiestan y muestran que encuentran un placer similar en el ejercicio de cada una de esas actividades. Quizás las actividades físicas más toscas escapen a este análisis. No me refiero a todas las actividades físicas sino aquellas repetitivas y en donde nuestra actividad mental este adormecida. Tanto el ejercicio físico pautado como el trabajo físico alienante entran dentro de este tipo de actividades. Son las menos y reciben la poca atención que se merecen en nuestros sistemas educativos. También es cierto que las motivaciones que eran para el intelectual secundarias pueden transformarse para otros profesionales en primarias o cuasi primarias. Dije que las satisfacciones secundarias en un intelectual eran: liberarse del flujo de lo real, aumentar la autoestima y obtener el reconocimiento social. En muchas otras actividades estas motivaciones seguirán siendo las secundarias pero en algunas no, aunque esto siempre depende del sujeto particular. Por ejemplo, es más que probable que en ciertas actividades cara al público (actores, cantantes, modelos...) lo prioritario sea el reconocimiento social, en algunas otras, el aumento del ego y en otras, fundamentalmente alienantes, la huida del flujo de lo real. No me he detenido a evaluar el dinero como motivación para el desarrollo de las habilidades del sujeto porque es un motivo esencialmente mediato y la mayoría de las veces es subsidiario de alguna motivación secundaria. El dinero puede ser entendido como un medio para la satisfacción del ego o un sistema abstracto de reconocimiento social, sea entendido como sea entendido y a pesar de vivir en una sociedad moralmente enferma, creo que pocos negarán que es extraño, por no decir inaudito, que el niño o el genio tengan como motivación principal de su labor el dinero. El niño aprende y mide sus habilidades con los otros y el medio, como parte de su instinto natural que busca el autodesarrollo; al llegar a la edad adulta, la cultura puede malear hasta tal punto su conducta que olvide el placer sencillo de dibujar, correr tras un balón o resolver problemas de geometría y bastardee sus habilidades para guiarlo en pos del éxito o el dinero. No obstante, me es difícil imaginar una vida plena y feliz en tal olvido y, por tanto, no puedo considerar que esas sean las motivaciones primarias que guíen la actividad de cualquier profesional normal. Cuando el brillo social y la riqueza se convierten en fines prioritarios de una actividad vocacional, esta actividad pierde su carácter de vocación y se convierte en una suerte de esclavitud espiritual. Esclavitud espiritual que, dicho sea de paso, fomenta nuestro sistema productivo y pedagógico. En conclusión, considero que cualquier actividad humana que potencie alguna capacidad intelectual, manual, social, artística o deportiva es una actividad que puede proveer al sujeto de placer y felicidad; y que todos los hombres podemos tener acceso a esa vida teórica que tanto celebraba Aristóteles como cúspide de la vida humana. El de Estagira, como filósofo que era, consideró que la labor vocacional por excelencia era la intelectual, pero, repitiendo una pregunta que ya he planteado, ¿qué hubiese pensado el autor griego si hubiera sido, por ejemplo, carpintero? La vida eminentemente humana no es la intelectual, es la vocacional. La vida intelectual es solo una forma de vida vocacional.
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Píldoras de Filosofía
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Escrito por IF...
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Jueves, 05 de Enero de 2012 00:00 |
 “Estado es aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el “territorio” es elemento distintivo), reclama (con éxito) para sí el monopolio de la violencia física legítima. Lo específico de nuestro tiempo es que a todas las demás asociaciones e individuos sólo se les concede el derecho a la violencia física en la medida en que el Estado lo permite. El Estado es la única fuente del “derecho” a la violencia.”
Weber, Max; La política como vocación; Alianza Editorial 2009, trad. Francisco Rubio Llorente; pp. 83-84.
La relación estrecha entre violencia y Estado que supo ver Weber a principios del siglo XX ha influido en la sociología y la teoría del Estado actual. Aquellos que desconocen el pensamiento del sociólogo alemán pueden entender que el autor pretendía denostar o criticar al Estado subrayando esa relación, pero nada más lejos de la realidad. El Estado se puede definir de muchas maneras, sin embargo, la menos ambigua es aquella que lo define por su medio específico: la violencia. Hoy se nos educa en la idea de que la violencia es mala per se, pero eso es algo francamente contradictorio: el Estado que sufraga campañas a favor de la paz vende y posee más armas que el conjunto de la ciudadanía. El Estado, cualquier Estado, intenta deslegitimar la violencia ajena a sí mismo, pero en ningún caso deja de hacer uso de la violencia para autosustentarse. El grupo criminal que usa la violencia y el Estado se distinguen porque el grupo criminal usa la violencia sin que pueda reclamar con éxito el monopolio de tal uso, el Estado sí. Por ejemplo, si un grupo terrorista exige a un ciudadano un impuesto revolucionario, el ciudadano se puede oponer y sufrir la violencia de esa organización; no obstante, esa violencia es considerada criminal y es perseguida. Se muestra diáfanamente que el grupo terrorista no posee tal monopolio porque debe “ejecutar” su violencia de espaldas al poder legítimo y, además, existe un cuerpo de leyes que exigirá que esa violencia sea juzgada y reprimida. Por contra, si el Estado reclama a alguien una cierta cantidad de dinero (impuestos) y el ciudadano se opone, el Estado ejercerá impunemente, o mejor dicho, legalmente la violencia sobre él (cárcel, incautación de propiedades, pérdida de derechos civiles...). Aunque hoy nos resulte políticamente incorrecta, la afirmación de que la violencia legítima es el medio específico del Estado es una idea común en la sociología actual y que se considera, casi paradigmáticamente, como cierta. Pero esta afirmación nos plantea nuevas preguntas ¿Cómo legitima el Estado su violencia? ¿Es posible un orden social sin un grupo o grupos que ejerzan la “violencia física legítima”? ¿Por qué, fuera de los círculos académicos, no se conoce esta idea? Para que el lector las responda dejo un clásico fragmento de Agustín de Hipona rico en sugerencias:
“Con toda finura y profundidad le respondió al célebre Alejandro Magno un pirata caído prisionero. El rey en persona le preguntó: “¿Qué te parece tener el mar sometido a pillaje?”. “Lo mismo que a ti – respondió- el tener el mundo entero. Sólo que a mí, como trabajo en una ruin galera, me llaman bandido, y a ti, por hacerlo con toda una flota, te llaman emperador”.
Agustín de Hipona; La Ciudad de Dios; Tecnos 2007; trad. de Santos Santamarta y Miguel Fuentes; p.181.
(la anécdota también se encuentra en la obra de Cicerón De republica, 3, 14) sé feliz
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Última actualización el Lunes, 07 de Noviembre de 2011 20:30 |
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