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_01.jpg) En su obra de 1872 “El nacimiento de la tragedia” Friedrich Nietzsche intenta revolucionar la visión racionalista que se tenía del mundo griego en su época. Aunque resulte extraño aún muchos siguen manteniendo el mito, al que se opuso Nietzsche, según el cual el mundo griego antiguo fue un contexto en donde lo racional era el eje vertebrador de la vida cultural, social y política.
Nietzsche afirma que no es la filosofía ni la política la cúspide de la cultura griega sino que es la tragedia el fruto más maduro del mundo heleno. En la tragedia confluyen dos fuerzas que habían servido de inspiración a toda la producción griega: lo apolíneo y lo dionisíaco.
Apolo como dios del sueño, de la luz y del arte representa perfectamente lo apolíneo. Esta fuerza que ha guiado a buena parte del arte griego antiguo intenta plasmar la belleza serena del mundo, construir una isla en donde el individuo se encuentre resguardado del flujo caótico del universo y de la existencia. Lo apolíneo es un principio sosegador y aquietador, y en las obras bajo el influjo de lo apolíneo nos sumergimos en la tranquila serenidad de la apariencia bella. En otras palabras, el solar Apolo representa el principio de racionalización gracias al cual nos sustraemos del flujo salvaje de nuestras vidas, es el descanso luminoso de nuestras almas. Nietzsche lo asocia al sueño -que no a la pesadilla- en donde la realidad vaporosa y vagamente se nos presenta como cumplimiento de nuestros deseos.
Frente a este impulso onírico y aquietador de la apolíneo el filósofo alemán sitúa lo dionisíaco representado por la embriaguez. Lo dionisíaco se manifiesta como una explosión de vitalidad salvaje en la que desaparecen incluso los límites de la individualidad. Dionisos, dios del vino y del éxtasis, celebra la danza orgiástica de las bacantes, de los danzantes de San Vito o San Juan o de los cultos afrocubanos. El sujeto, arrebatado por el baile y la música, pierde la noción del yo y se funde en la vorágine vital que es la esencia del mundo (este concepto está estrechamente relacionado con la idea schopenahaueriana de “voluntad”). Lo apolíneo y dionisíaco son modos diferentes de entender la experiencia vital en pugna pero complementarios. La tragedia de Esquilo y Sófocles, no la de Eurípides, aunaron correctamente estos dos impulsos sin anular la fuerza de ninguno.
Fue con Sócrates que llegó la degeneración del ideal heleno, con él murió la tragedia y el espíritu de la Grecia clásica. Eurípides fue el ejecutor del ideario socrático y Platón su más eficaz difusor. Sócrates pretende convertir en inteligible todo, intelectualiza la pregunta sobre la virtud, sobre el sentido de la vida y, en definitiva, la pregunta sobre la vida misma. El socratismo estético, tan bien representado por Platón, afirma que “solo lo que puede ser entendido es bello”, disocia lo instintivo del arte y busca un arte útil, didáctico, es decir, con moraleja. Sócrates es para Nietzsche el heraldo de la decadencia, lo opone a lo dionisíaco pues mientras que Dionisos afirma la vida en su radical belleza y en su radical crueldad, Sócrates solo cree en la vida inteligible negando todo lo demás, negando, para Nietzsche, la vida misma. Mientras que lo apolíneo pugnaba con lo dionisíaco, lo admitía ya que asumía que la belleza aquietadora era una creación efímera, aparente, un divino juego de nuestra imaginación. El socratismo llega más lejos y pervierte el espíritu de Apolo en el momento en el que cree que la hermosa ilusión apolínea de orden y estaticidad es lo real, negándole al flujo vital su realidad... aborreciendo a Dionisos y, por lo tanto, a la vida misma.
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